Capítulo 9: El Plan Perfecto

1904 Palabras
Lucía sentía una incomodidad latente, una intuición que le decía que la presencia de Isabella no era una simple coincidencia. Al analizar su apariencia, Lucía percibió algo más, una sutil elegancia y una seguridad que parecían ir más allá de lo superficial. Isabella no era una extraña en la vida de Nicolás; eso era algo que su intuición le gritaba. El silencio se alargó por unos segundos que parecieron eternos. Isabella, sintiendo el peso de las miradas de ambos sobre ella, se armó de valentía y, con un gesto sutil, intentó proyectar una calma que, en su interior, era un torbellino de emociones. Sabía que su presencia en aquel momento era un riesgo, pero también sentía una mezcla de orgullo y decisión que la empujaban a no retroceder. Era consciente de que aquella era una escena que podría cambiar el curso de sus vidas, y aunque el temor le atenazaba el corazón, no estaba dispuesta a dejarse intimidar por la situación. Lucía fue la primera en romper el silencio, dirigiéndose a Isabella con una sonrisa que apenas ocultaba el veneno detrás de sus palabras: —Vaya, parece que has hecho buenas amistades, Nicolás−. Nicolás, atrapado entre ambas mujeres, sintió una oleada de incomodidad. Podía percibir la tensión en cada palabra de Lucía y, al mismo tiempo, el esfuerzo de Isabella por mantenerse firme. No deseaba que la situación se convirtiera en un espectáculo, pero en su mente, era como si las paredes se estrecharan, como si no hubiera salida. Isabella, sin perder la compostura, respondió con una voz calmada, aunque su corazón latía con fuerza: —El mundo es pequeño, Lucía−. A veces nos encontramos en los lugares menos esperados. La respuesta de Isabella fue directa, pero educada, y Lucía sintió el peso de esas palabras. Sabía que, aunque no había prueba clara, había algo más profundo entre ellos que iba más allá de una simple amistad o casualidad. Cada palabra, cada gesto, cada mirada que intercambiaban parecía contener una carga emocional que solo quienes se conocían muy bien podían compartir. Nicolás, viendo que la conversación tomaba un rumbo peligroso, se interpuso entre ambas, buscando desviar la tensión que crecía en el ambiente: —Creo que no hay necesidad de tensar más la situación−. Estamos aquí por distintas razones, y no tiene por qué convertirse en un problema. Lucía lo miró con escepticismo, sin dejar de observar a Isabella de reojo. Años de matrimonio le habían enseñado a leer las señales, a captar aquellas miradas furtivas y los cambios en el tono de voz que indicaban que algo no era lo que parecía. Sabía que su esposo estaba tratando de minimizar lo evidente, y esa actitud solo aumentaba su suspicacia. Decidió que no era el momento de hacer una escena, pero en su mente, la semilla de la duda ya había germinado. Con una frialdad calculada, Lucía se giró hacia Nicolás, mostrando una sonrisa que no llegaba a sus ojos: —No te preocupes, cariño−. No pretendo interrumpir tus −planes−. La forma en que enfatizó la palabra −planes− hizo que Nicolás sintiera una punzada de culpa, aunque trató de no mostrarlo. Sabía que, en el fondo, ella estaba dándole una advertencia, una señal de que había entendido mucho más de lo que él quería admitir. Por su parte, Isabella sintió un ligero temblor en su mano, pero logró disimularlo, sosteniendo su copa de vino con firmeza. No quería parecer vulnerable frente a Lucía, ni permitir que su presencia afectara el poco control que ella misma tenía sobre la situación. Entendía que el juego en el que se encontraba era peligroso, y que la frialdad de Lucía no era más que una cortina que ocultaba su verdadera percepción. Finalmente, Lucía se retiró, dejando a Nicolás e Isabella en un silencio cargado de emociones reprimidas y pensamientos sin resolver. Mientras la figura de Lucía desaparecía entre las mesas del restaurante, Nicolás sintió cómo su cuerpo se relajaba levemente, aunque la sensación de peligro no desaparecía del todo. Con un suspiro profundo, se volvió hacia Isabella, quien lo miraba con una mezcla de comprensión y tristeza. Ambos sabían que aquella escena había cambiado algo entre ellos, que la realidad había golpeado su pequeño mundo de fantasía. Sin embargo, en aquel momento, también comprendieron que, pese a las complicaciones, estaban dispuestos a enfrentar cualquier consecuencia por mantenerse juntos. Isabella regresó del tocador y tomó asiento, pero no pudo evitar sentir las miradas penetrantes de Lucia, que parecían cuchillos lanzados directamente hacia ella. Aunque intentaba mantener la compostura, el ambiente entre ellos se había vuelto incómodo y tenso. Era imposible ignorar la presencia de la esposa de Nicolás, quien no disimulaba su desconfianza. —Me retiro, para que sigan con su “reunión de colegas”. —dijo Lucia, con un tono que dejaba claro que no había comprado la excusa de Nicolás. Isabella respiró aliviada cuando Lucia finalmente se marchó hacia su cena. Sin embargo, el nerviosismo aún la mantenía inquieta. Unos minutos después, poco a poco, el alma le volvió al cuerpo, pero junto con ella, las ganas de devorarse mutuamente también regresaron, como una marea imparable de deseo. A pesar de eso, Isabella no podía evitar sentirse aún nerviosa. Sus manos temblaron ligeramente al levantar la copa de vino, y en un momento de descuido, derramó un poco del líquido sobre su vestido. —Disculpa, voy a tener que volver al tocador. —dijo, sonrojándose mientras se levantaba para ir a limpiarse. Mientras Isabella se retiraba nuevamente al baño, Nicolás también se encontraba en una situación que requería atención. Recibió una llamada urgente, y aunque se levantó del asiento para atenderla, su mente estaba en otra parte. La excitación lo invadía por completo, tanto que sintió la necesidad de humedecerse la cara para tratar de calmar el fuego que ardía dentro de él. De camino al lavabo, se cruzó con Isabella, quien justo estaba saliendo del tocador, ajustándose el vestido. La imagen de su cuerpo perfecto, el olor de su perfume, todo lo que ella representaba para él lo desarmó por completo. Sin pensar en las consecuencias, sin una palabra, la tomó del brazo con firmeza y la devolvió al interior del baño. Cerró la puerta con rapidez y la aseguró, quedando ambos encerrados en ese pequeño espacio, solos con su deseo. —Ahora quiero que me muestres qué llevas puesto. —le dijo con una voz ronca de deseo. Sin esperar una respuesta, deslizó su mano bajo las bragas de Isabella, encontrando el collar estimulador que ella llevaba puesto. Al tocarlo, la hizo gemir suavemente, su cuerpo estremeciéndose de placer inmediato. Nicolás, consumido por la necesidad, bajó el pantalón, liberando su erección. No hubo necesidad de palabras; Isabella sabía perfectamente lo que él quería. Se arrodilló con suavidad, y con una habilidad nacida de la pasión que compartían, comenzó a darle placer oral. Cada vez que introducía su m*****o en su garganta, Nicolás sentía cómo la excitación se incrementaba, llevándolo al límite. El ritmo de su respiración se aceleraba, y cada caricia de Isabella lo sumergía más en la locura del momento. Incapaz de contenerse más, Nicolás la levantó con determinación. La giró frente al espejo del tocador, bajándole las bragas con un movimiento rápido. Levantó una de sus piernas y la apoyó en el borde del tocador, creando el espacio perfecto para lo que estaba por suceder. Retiró el collar estimulador y, sin más preámbulos, la penetró con fuerza, poseyéndola con una mezcla de ansias y necesidad. Los gemidos de Isabella llenaron el pequeño baño mientras Nicolás la embestía con cada vez más intensidad. Sus manos recorrían su cuerpo, acariciando su piel, mientras ella lo recibía con total entrega. Los espejos reflejaban el placer en sus rostros, el sudor en sus cuerpos y la conexión salvaje que compartían. La tensión alcanzó su punto máximo cuando ambos, entre jadeos y caricias, sintieron el clímax acercarse. Nicolás embestía con más fuerza, mientras Isabella se aferraba al tocador, sintiendo cómo el placer se acumulaba dentro de ella, hasta que finalmente, los dos dejaron escapar un gemido ahogado de liberación. El placer los invadió por completo, sus cuerpos se estremecieron, y el mundo a su alrededor dejó de existir por un instante. Ambos quedaron exhaustos, sus respiraciones entrecortadas llenaban el espacio, mientras trataban de recuperar el control sobre sus cuerpos. Sabían que ese momento había sido una liberación necesaria, pero también eran conscientes de que el peligro de ser descubiertos seguía presente. Después de unos minutos recuperando el aliento y arreglándose, Isabella fue la primera en salir del baño. Caminó con cuidado de no llamar la atención mientras volvía a su mesa. Su corazón aún latía rápido, pero por fuera, intentaba aparentar serenidad. Se sentó en su lugar, disimulando lo ocurrido, mientras esperaba a Nicolás. Diez minutos después, Nicolás regresó. Fingía estar hablando por teléfono, una mueca de aparente molestia en su rostro. Colgó el teléfono y se sentó junto a Isabella, tomando un sorbo de vino para calmarse. La miró de reojo, como si todo siguiera el plan. —¿Y qué le vas a decir a tu esposa cuando pregunte por tus compañeros? —preguntó Isabella, aún nerviosa por lo que podría pasar. Nicolás la miró con una media sonrisa, seguro de sí mismo. —Simularé que estoy hablando con ellos y pondré cara de molesto. Luego, después de unos minutos, te levantarás y te irás al parqueo. Nos encontramos en el lugar acostumbrado. —dijo en voz baja, asegurándose de que nadie más escuchara—. Le diré a Lucia que me retiro porque los otros compañeros no llegaron a tiempo. Isabella asintió, sintiéndose un poco más tranquila al ver la confianza de Nicolás en su plan. —Está bien, —respondió ella—. Nos vemos en el lugar de siempre. Se inclinó hacia él, depositando un beso en su mejilla como despedida, un gesto casual pero íntimo que podría pasar desapercibido. Luego, se levantó de la mesa y salió del restaurante con la misma elegancia con la que había llegado, su vestido n***o ondeando ligeramente mientras se dirigía hacia la salida. Nicolás miró el reloj, esperando pacientemente. Tomó otro sorbo de vino y, después de unos minutos, levantó el teléfono nuevamente, fingiendo una conversación frustrada. —No, entiendo... —dijo, haciendo una pausa como si escuchara una explicación del otro lado—. Esto es inaceptable. Deberían haber llegado a tiempo. Hizo una pausa, simulando irritación y asegurándose de que Lucia lo escuchara. —Muy bien, entonces me retiro. No tiene sentido que siga esperando. —colgó con una expresión de fastidio en su rostro. Lucia, quien seguía sentada en su mesa, observó la actuación de su esposo. Nicolás se levantó y se acercó a ella. —Me voy, los demás no llegaron a tiempo. —le dijo, con tono de resignación. Lucia lo miró con una ceja levantada, todavía un poco desconfiada, pero no vio ninguna razón para discutir. —Que te vaya bien. Nos vemos en casa. —contestó ella, con una mezcla de indiferencia y sospecha. Nicolás la besó en la frente y salió del restaurante, caminando con calma hacia el parqueo, donde el plan que había diseñado seguiría su curso. Mientras avanzaba, su mente ya estaba en el próximo encuentro con Isabella, sabiendo que lo que acababan de vivir en el baño era solo un adelanto de lo que estaba por venir, Pasadas las 9 de la noche,
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