suficientemente fuerte como para resistir cualquier embate. La tormenta podía estar acercándose, pero estaban listos para enfrentarse a ella, juntos.
La noche envolvía la casa en una calma inquietante, pero en los corazones de Nicolás e Isabella, las llamas de la determinación ardían más brillantes que nunca. Mientras Neythan dormía profundamente en su, ellos permanecían en la sala, planeando los próximos pasos.
En ese momento decidieron tomar un descanso de todos los problemas y amarse desenfrenadamente como solo ellos sabían hacer, pronto la mañana llego y se encontraban ambos desayunando, pero aun preocupados.
—Santiago tiene razón —dijo Nicolás, rompiendo el silencio—. Lucía y Carlos están tramando algo. El hecho de que ambos reaparezcan al mismo tiempo no puede ser una coincidencia expreso Nicolás.
Isabella asintió, su mirada fija en el café que sostenía entre las manos.
—Pero ¿qué pueden querer? —preguntó ella, con el ceño fruncido—. Lucía nunca aceptó el final de su matrimonio contigo, y Carlos siempre me culpó por el fracaso del nuestro.
Nicolás se inclinó hacia ella, tomando sus manos.
—Sea lo que sea, Isa, no lo permitiré. No dejaré que dañen lo que hemos construido.
Isabella lo miró a los ojos, encontrando en ellos la fuerza que necesitaba.
—Entonces lo enfrentaremos juntos.
Pasaron un día tranquilo en familia sin ningún contratiempo, pero…
La tranquilidad duró poco. Al día siguiente, mientras Nicolás revisaba expedientes en su oficina, recibió una visita inesperada. Lucía entró sin anunciarse, con una sonrisa cargada de falsa dulzura.
—Nicolás, querido, cuánto tiempo sin verte —dijo, cerrando la puerta tras ella.
Nicolás se levantó, sorprendido por su audacia.
—Lucía, ¿qué haces aquí?
Ella se acercó con pasos calculados, dejando caer su bolso sobre su escritorio.
—Solo quería verte, hablar un poco. Después de todo, tenemos historia.
—Nuestra historia terminó hace mucho tiempo —respondió Nicolás, su tono frío.
Lucía dejó escapar una risa suave, pero sus ojos destilaban una mezcla de dolor y desafío.
—¿Terminó? Nicolás, tú y yo sabemos que siempre habrá algo entre nosotros.
Antes de que pudiera responder, Lucía se inclinó hacia él, dejando claras sus intenciones. Nicolás retrocedió de inmediato, manteniendo la distancia.
—Lucía, esto tiene que parar. Estoy con Isabella, y nada de lo que digas o hagas cambiará eso.
Lucía lo miró fijamente, y por un instante, su máscara se resquebrajó, revelando su frustración.
—Ella pudo darte lo que yo no podía, pero eso no cambia nada. Algún día lo entenderás.
Con esas palabras, salió de la oficina, dejando a Nicolás con una mezcla de ira y preocupación.
Mientras tanto, Isabella tuvo su propio enfrentamiento. Carlos la esperó a la salida de la editorial, bloqueándole el paso.
—¿Otra vez tú? —dijo ella, tratando de esquivarlo.
Carlos sonrió, apoyándose contra su auto.
—No seas así, Isa. Solo quiero hablar.
—No tengo nada que decirte.
Carlos la siguió mientras caminaba hacia su coche, su voz volviéndose más insistente.
—¿No crees que Neythan debería saber algo sobre que posiblemente yo sea su verdadero padre?
Las palabras de Carlos fueron como un puñetazo en el estómago. Isabella se detuvo en seco y lo enfrentó, sus ojos llenos de furia.
—No te atrevas a usar a mi hijo para tus juegos. Neythan no tiene nada que ver contigo, y nunca lo tendrá entiéndelo de una vez tú no eres su padre. Cuando me embarace, ya nuestra relación había terminado que te hace pensar que mi hijo es tulló aléjate de mi hijo de una vez y por todas te lo abierto.
Carlos alzó las manos, fingiendo inocencia.
—Solo digo que, tal vez, deberíamos resolver esto antes de que él crezca y comience a hacer preguntas él no tiene que hacerla porque tiene su padre a su lado.
Isabella no respondió más. Entró en su auto y se marchó, pero las palabras de Carlos quedaron resonando en su mente.
Esa noche, Isabella y Nicolás compartieron lo sucedido.
—Lucía estuvo en mi oficina. Está más decidida que nunca a interferir en nuestra vida —dijo Nicolás, mientras acariciaba la espalda de Isabella.
—Y Carlos insinuó algo horrible sobre Neythan. No puedo creer que se atreva siquiera a sugerirlo.
Nicolás tomó las manos de Isabella, mirándola con firmeza.
—No permitiremos que destruyan nuestra familia. Ya hemos enfrentado tormentas antes, y esta no será diferente.
—¿Qué haremos? —preguntó ella, buscando consuelo en sus ojos.
—Primero, fortaleceremos nuestra posición. Hablaré con un abogado para asegurarnos de que Lucía no pueda acercarse a nosotros. Y con respecto a Carlos, no permitiremos que trate de manipule a Neythan ni a ti.
Isabella asintió, sintiendo que su amor era el ancla que los mantendría firmes ante cualquier adversidad.
Sin embargo, ambos sabían que el enfrentamiento con Lucía y Carlos no había hecho más que comenzar. Las primeras piezas del juego estaban en movimiento, y las sombras del pasado amenazaban con oscurecer su futuro. Pero, juntos, estaban listos para luchar. Porque no importaba cuán fuerte soplara el viento, su amor era la roca que permanecería inquebrantable.
Esa noche, mientras la lluvia golpeaba suavemente las ventanas de su casa, Isabella y Nicolás se refugiaron en el calor de su hogar. Neythan dormía plácidamente en su habitación, ajeno a las tormentas emocionales que sus padres enfrentaban. Isabella miró a Nicolás desde el sofá, sus ojos reflejando una mezcla de determinación y preocupación.
—Sabemos que esto no será fácil —dijo ella, rompiendo el silencio que llenaba la habitación.
Nicolás asintió, dejando su taza de té sobre la mesa. Se inclinó hacia ella y tomó sus manos con fuerza, como si el simple contacto pudiera mantenerlos anclados.
—Lucía no se detendrá. Nunca ha sabido aceptar que las cosas no salgan como ella quiere. Pero, Isabella, no voy a permitir que ella o Carlos destruyan nuestra familia.
—Y no lo harán —respondió ella con firmeza, aunque su corazón latía acelerado al pensar en los posibles enfrentamientos que se avecinaban. Habían cruzado tantas barreras para llegar hasta aquí, y aunque las amenazas eran reales, no permitirían que el miedo los paralizara.
Al día siguiente, las primeras señales de la batalla llegaron en forma de un correo electrónico inesperado. Lucía, con su tono calculador y su habilidad para manipular las palabras, enviaba una solicitud formal para una reunión. −Por el bienestar de Neythan−, decía el asunto. Pero Nicolás sabía que sus intenciones iban mucho más allá de lo que aparentaban.
—¿Crees que deberías reunirte con ella? —preguntó Isabella mientras leía el mensaje por encima del hombro de Nicolás.
—No tengo elección —respondió él, su voz cargada de un cansancio que no podía ocultar—. Pero no voy a ir solo. Quiero que vengas conmigo.
Isabella levantó la mirada, sorprendida.
—¿Estás seguro? Esto podría complicar más las cosas.
—Sí. Quiero que ella vea que no estoy solo, que somos un equipo. Y, sobre todo, quiero que sepa que Neythan no es un trofeo que pueda usar para manipularme.
Esa misma tarde, Lucía y Nicolás se encontraron en una elegante cafetería del centro de la ciudad. Isabella, a pesar de las dudas, acompañó a Nicolás, decidida a mostrarle a Lucía que no retrocederían. La conversación fue tensa desde el principio.
—No vine aquí para discutir —dijo Lucía, cruzando las piernas con una sonrisa gélida—. Solo quiero lo mejor para Neythan.
—Eso queremos todos —respondió Nicolás con calma, pero Isabella podía sentir la tensión en su voz.
Lucía lanzó una mirada rápida hacia Isabella, evaluándola como si fuera una rival en un tablero de ajedrez.
—Y tú —dijo finalmente, dirigiéndose a Isabella—, ¿de verdad crees que puedes ser la madre que Neythan necesita?
Isabella sintió que las palabras de Lucía eran como un dardo envenenado, pero respiró hondo antes de responder.
—Soy su madre, Lucía —dijo, con una firmeza que no admitía discusión—. Neythan es fruto de nuestro amor, y haré todo lo necesario para protegerlo.
Las palabras de Isabella parecieron desarmar a Lucía, aunque solo por un momento. La conversación continuó, llena de insinuaciones, acusaciones veladas y promesas de velar por el bienestar del niño. Sin embargo, cuando se despidieron, Isabella y Nicolás sabían que la batalla apenas comenzaba.
De regreso a casa, Nicolás tomó la mano de Isabella mientras conducía.
—Gracias por estar a mi lado hoy —dijo, mirándola con gratitud—. No sé qué haría sin ti.
—Nunca tendrás que averiguarlo —respondió ella con una sonrisa suave—. Estamos juntos en esto, pase lo que pase.
Y así, con la tormenta aun rugiendo en el horizonte, Isabella y Nicolás se aferraron a la promesa de enfrentarla juntos. Porque el amor que los unía, y el hijo que compartían, eran más fuertes que cualquier adversidad.
La calma que se respiraba en el salón aquella noche se sentía como un bálsamo para las heridas recientes. Isabella y Nicolás, acurrucados en el sofá, disfrutaban de ese momento de serenidad que parecía eterno. Pero la vida siempre encontraba formas de interrumpir la paz.
A la mañana siguiente, Isabella despertó temprano con una sensación extraña en el pecho. Mientras preparaba café, escuchó a Nicolás hablando en voz baja desde la sala. Su tono era firme, casi cortante, algo inusual en él.
—Entiendo, Santiago. Mantén los ojos abiertos y avísame si algo más sucede.
Cuando colgó, Isabella se acercó, colocando una mano en su hombro.
—¿Qué pasa? —preguntó con suavidad.
Nicolás se giró hacia ella, su rostro tenso.
—Lucía. Santiago cree que está intentando acceder a los archivos financieros de la clínica. Podría estar buscando algo para usar en mi contra.
Isabella frunció el ceño.
—¿Crees que podría involucrar a Carlos? No me sorprendería que estuvieran trabajando juntos.
Nicolás asintió lentamente.
—Es posible. Ambos parecen tener una obsesión enfermiza con nuestras vidas. Pero no vamos a permitir que destruyan lo que tenemos.
Esa misma mañana, Nicolás decidió tomar medidas. Se reunió con su abogado para reforzar la seguridad legal de la clínica y de su familia. Mientras tanto, Isabella se encargó de actualizar las contraseñas de sus dispositivos y cuentas personales.
Más tarde, mientras trabajaba en la editorial, recibió una llamada de un número desconocido. Al contestar, una voz familiar la paralizó.
—Isabella, querida. Espero no estar interrumpiendo tu día.
Era Lucía.
—¿Qué quieres? —respondió Isabella, su tono frío y directo.
—Solo quería hablar. Después de todo, compartimos algo en común: Nicolás.
—Nicolás no es un tema de conversación para ti y para mí —replicó Isabella, cortante.
Lucía rió suavemente.
—Tan segura de ti misma. Pero te advierto, Isabella, el amor no siempre es suficiente para sostenerlo todo. Especialmente cuando los secretos comienzan a salir a la luz.
Antes de que pudiera responder, Lucía colgó, dejándola con un nudo en el estómago.
Por la tarde, mientras recogía a Neythan del jardín infantil, Isabella notó un auto estacionado al otro lado de la calle. Reconoció la silueta de Carlos, quien no se molestó en ocultarse.
Él salió del vehículo, con una sonrisa que ella conocía demasiado bien.
—Isabella, qué hermosa te ves hoy.
—¿Qué haces aquí, Carlos? —preguntó, abrazando a Neythan más fuerte.
—Solo pasaba por aquí. Quería ver cómo estabas.
—Déjanos en paz —respondió ella, con la voz cargada de firmeza.
Carlos se acercó un poco más, ignorando su advertencia.
—Sabes, siempre he pensado que tienes un gran talento para elegir mal a las personas. ¿Nicolás? Él no es diferente de los demás. Te dejará en cuanto las cosas se pongan difíciles.
Isabella respiró profundamente, negándose a caer en su juego.
—Nicolás es el hombre que tú nunca pudiste ser. Ahora vete.
Sin más, se subió al