¿Recuerdos Odiados?

2514 Palabras
            El techo de la habitación de Ronny era blanco, Hans podía divisarlo gracias a las luces provenientes de afuera. Pensaba en cómo podía explicar esa pregunta sin adentrarse tanto en su pasado, pero no era posible. La única manera de responder por sus padres era explicando lo ocurrido años anteriores. Ah, sería una charla que tomaría más de cinco minutos.               –Debes prometerme que luego de esto no cambiará la manera en la que me ves. –Soltó Hans sin retirar su mirada fija al techo.               –¿Cambiar? ¿Por qué cambiari...?               –¡Promételo! –Exigió el rubio frunciendo el ceño.               –Vale, vale, lo prometo.               –Bien...                                                                                             ***             Hans podía recordar claramente el día en el cual recibió la primera noticia difícil de procesar. Siempre había deseado conocer a su madre, pero la tía con la cual vivía se aseguraba de decirle que por el momento no podrían estar juntos. No especificaba razones, pero los ojos de la mujer siempre se cristalizaban al repetir aquellas palabras.               El rubio hubiese deseado que desde un inicio se le dijera la verdad, y es que no vería a su madre en un futuro cercano y mucho menos en uno lejano, ya que esta había fallecido en el momento en que dio a luz a su primer y único hijo. No fue sino hasta los seis años cuando el chico escuchó una conversación por celular de su tía, diciendo cuánto extrañaba a Hanna, su difunta hermana. Bastó con escuchar un par de palabras más donde mencionaba que se sentía culpable por no poder decirle la verdad al chico, para que este entendiera de qué se trataba todo. Hans era un niño brillante, no necesitaba más explicaciones. A partir de ese pequeño instante la hermosa relación del rubio con la hermana de su madre quedó destruida.               Para Hans, la mujer le había mentido y eso era algo que odiaba. Quizá esa había sido la razón por la cual sentía tal nivel de comodidad al estar con Ronny. Este demostraba apreciarlo por lo que era, incluso si en el panorama describiría nubarrones negros.               Un par de años transcurrieron en los cuales Hans se aseguró de hacer la vida de su tía un infierno. A sus escasos ocho años se escapaba de casa, se metía en peleas y varias veces se vio al borde de la muerte por las enormes golpizas que sus mayores le propinaban.                entonces cuando el peor elemento de la historia del chico apareció: Nicolás Estrada, el padre de Hans.               La razón por la cual este nunca tomó la custodia del chico era simplemente el desinterés que tenía hacía él. Más de un momento a otro quiso recuperarlo. Hans, por su parte, odiaba a su tía, así que bastaron unos pocos papeleos para que el infante cayera bajo las manos de su progenitor por voluntad propia. La emoción del pequeño Hans al saber que su vida cambiaría por completo era palpable, y es que, seamos honestos, para un niño de ocho años mudarse con su padre era un sueño hecho realidad.               Lamentablemente esa pequeña burbuja de emoción no duró más de tres horas. Tan pronto como Hans llegó a su nuevo hogar supo que acababa de convertir su vida en el peor de los infiernos. Se trataba de una completa pocilga: ratas, cucarachas y botellas de cerveza amontonadas por doquier. El lugar permanecía impregnado de olor a alcohol y cigarrillos.               Un segundo sujeto se encontraba en aquel lugar, un anciano regordete y panzón que permanecía lanzado en el sofá frente a la televisión. Se había presentado como el tío Harry. Hans intentaba mantenerse sonriente incluso en aquel escenario, pero un único pensamiento cruzaba su cabeza una y otra vez.               "Te extraño, tía Lorena. Quiero volver a casa"               Su habitación no era muy diferente: una pequeña cama que rechinaba al más mínimo movimiento y, sobre esta, un colchón en el que se podía sentir hasta la más mínima piedra que se encontrara debajo. Nada parecido a la amplia cama que disfrutaba en su habitación anterior.               Los días transcurrieron y poco a poco el rubio intentaba adaptarse a esa nueva rutina. Tenía un padre... uno inexistente, ya que ni siquiera se molestaba en responderle el saludo debido a que estaba muy ocupado gritando frente al televisor por un partido de fútbol. Suspiros y más suspiros salían de él hasta el punto de parecer que su vida se iría en ello. Nicolás trabajaba por las noches como guardia de seguridad, por lo que su tío se quedaba en casa haciéndole compañía. Para Hans aquel sujeto parecía salido de la fábrica de chocolates de Willy Wonka. Era todo un Oompa Loompa.               Se llevaba bien con el mayor, si es que permanecer sin cruce de palabras a no ser que lo ameritara se le podía considerar una buena relación. Aunque todo eso cambió en la noche que el canoso le propuso quedarse con él ya que su habitación tenía goteras.               Esa noche fue la que más hizo a Hans arrepentirse de dejar a su anterior cuidadora. Dolor, repulsión e impotencia era lo que sentía mientras aquel viejo inmundo le hacía lo impensable sin permitirle defenderse. Lágrimas derramadas sobre un colchón que era el único testigo de semejante aberración. ¿Podría la luna testificar en ayuda del joven abusado?               ¿Cómo se podría comprar el silencio de un sujeto como Hans? Aquel familiar había estudiado muy bien a su sobrino y supo amenazarle con algo que le impediría hablar: la vida de su tía materna. ¡Incluso le había enseñado un arma de fuego como muestra de que no mentía! ¿Qué podía pensar o hacer un niño de tan solo ocho años si la vida de su extrañada tía estaba en garantía a cambio de su silencio? El rubio nunca pudo olvidar el recuerdo de su pequeña cabecita asintiendo con largos caminos de lágrimas bajando por sus mejillas.               ¿Dónde estaba su padre cuando le necesitó? ¿Por qué Nicolás no pudo ser consiente del cambio drástico que su hijo tuvo luego de esa noche? Sus calificaciones se fueron a pique, su actitud se volvió incluso más violenta y todo empeoró todavía más cuando fue expulsado de la escuela por agredir a un estudiante más joven. La vida de Hans era un desastre durante el día y un infierno durante la noche, ya que el abuso no había sido un acto de un solo día. Cada vez que Nicolás salía a trabajar y su tío se quedaba cuidándole… ocurría lo impensable.               Cada día mirándose al espejo los pensamientos negativos inundaban su cabeza, recordándole que era alguien impuro, sucio y que no debería ni siquiera existir. Seguía recordando la amenaza y por un año entero se mantuvo cuidando el bienestar de la anciana. Le extrañaba, sí, pero luego de soportar aquel infierno durante tanto tiempo, el pequeño Hans, con tan solo nueve años decidió que necesitaba tomar acción.               Estaba solo en casa con su padre sentado en el comedor con la vista fija hacia el infinito, pensando en qué podía hacer para poner fin a sus noches de pesadillas. El sonido del partido a todo volumen llegaba a sus oídos, el fuerte olor a cigarrillo impregnaba sus fosas nasales y el alcohol se respiraba en el ambiente, pero Hans ya estaba acostumbrado a todo esto. Incluso en aquel entorno tan propenso a distracciones el pequeño consiguió tomar una decisión: quería mucho a su tía y esperaba que aquella amenaza fuese solo eso, pero era su momento de hablar.               Luego de un largo suspiro y con lágrimas en los ojos se levantó de aquella silla y caminó hasta el sofá donde Nicolás estaba tirado gritando por el partido. ¿De verdad tendría el valor para hablar de algo como eso? ¿Podría explicar lo que su propio hermano le estaba haciendo? Ambos eran muy unidos y eso le creaba debilidad a la afirmación de Hans. Sin embargo debía hacerlo.               –Papá, necesito hablar contigo. –Su voz era temblorosa pero fuerte. Si algo Hans había aprendido era a ser decidido con lo que hacía o decía.               –Agh, niño, da un permiso. –Le espantó como si se tratara de una mosca… y dejó escapar un fuerte grito debido a un gol de su equipo favorito.               –¡MALDITA SEA PAPÁ! –Un audible grito del menor seguido al jalón del cable de energía que iba al televisor–. ¡HE DICHO QUE NECESITO QUE HABLEMOS, j***r!               Los ojos del progenitor se abrieron llenos de asombro e ira. ¿Le golpearía? Hans no lo sabía ya que desconocía completamente esa faceta de su padre. A fin de cuentas estaba quitándole algo que parecía amar con todo su ser.               –¿Pero qué demonios…? Mocoso idiota…               –¿¡Es tan difícil escuchar lo que tengo que decir!? –Ira, rabia y frustración se percibían en su voz–. Necesito hablar contigo. Ahora.               El interior de las mejillas del pequeño sangraba debido a la fuerza con la que lo mordía. El mayor rodó los ojos y volvió a lanzarse en el sofá esperando a que su hijo hablara con impaciencia. Su partido de futbol continuaba y, para él, estaba perdiendo preciosos segundos donde su equipo podía marcar un nuevo gol.               Hans por fin comenzó a hablar, permitiéndose explicar cómo se sentía antes de llegar al punto más peligroso de su declaración. Le era imposible alzar la vista explicando lo que su infeliz tío había hecho con él. Sentía que su dignidad se venía al suelo tras cada palabra que soltaba. Nicolás rápidamente sacó de su cabeza el partido quedando en completo estado de shock al escuchar semejante barbaridad. ¿Qué estaría pasando por la cabeza del padre luego de escuchar a su hijo explicarle tales cosas?               –¿Cuánto tiempo te ha tomado inventar tal cosa? –Una pregunta que obligó al pequeño a alzar el rostro incrédulo–. ¿Has estado maquinando semejante mentira desde que llegaste aquí?               –Papá… –Negaba con la cabeza. Eso no podía estarle pasando.               –Hans, vuelve a tu habitación. Estás castigado. –El mayor tomó el mando y encendió de nuevo su aparato favorito–. ¡Han hecho un gol y me lo he perdido por escuchar tus mentiras! ¡Largo!               –Te… te odio. –Musitó el pequeño notando como de nuevo las lágrimas se hacían presentes.               Hans subió a su habitación y dio un portazo tan fuerte que incluso su padre pudo sentir la vibración en el suelo. Estaba enfadado y simplemente no entendía por qué su propio progenitor era incapaz de ayudarle cuando lo normal era que este le protegiera. ¿Quién podría auxiliarlo? ¿De qué manera podía salir de esa situación?               Algo más daba vueltas sobre su cabeza y es que era cuestión de tiempo para que Nicolás le comunicara a su hermano todo lo que le había contado. Si eso pasaba entonces estaría en graves problemas. No podía permitirse de brazos cruzados que el día transcurriera de forma normal. Dar vueltas de un lugar a otro, caminar de aquí para allá viendo como el viento entraba por la ventana levantando la fina capa de polvo encontrado en la mayoría de las superficies.               Fue entonces cuando tuvo una idea bastante arriesgada, pero era lo único que tenía. Miró a través de la ventana y, luego de tomar valor, se escapó por dicho lugar bajando con ayuda del árbol que su padre tenía sembrado en el patio. Un par de rasguños y estuvo abajo, dirigiéndose rápidamente a la estación policial más cercana. Si Nicolás no le escuchaba, la policía si lo haría.               La voz del anciano odiado le sacó de sus pensamientos. Lo habían atrapado en pleno escape y eso simplemente hizo que sus nervios se intensificaran.               –Esta noche tendré que castigarte.               Había sido llevado de regreso a su habitación sin siquiera poder ejecutar su plan y, lo peor del caso, había sido descubierto por el asqueroso viejo barrigón a quien ni siquiera podía considerar tío.               Aquellas cinco palabras dichas en un susurro que destruyeron inmediatamente la poca estabilidad mental que Hans podía tener. Temblaba encerrado en su habitación deseando nunca oír a su padre irse a trabajar. Pero como era costumbre, los deseos no se hacían realidad. Tan pronto como el rubio escuchó la puerta sujetó un lápiz y lo guardó en la manga de su sudadera. No podía seguir así. A partir de ahora se defendería.               Alguien llamó a su habitación. La asquerosa voz del hermano de su progenitor le hizo estremecerse. El chirrido al abrir la puerta simplemente ocasionó que las lágrimas se instalaran en sus ojos... pero el anciano no dijo nada, simplemente se acercó al chico y asestó una fuerte bofetada antes de comenzar a gritarle por ignorar su advertencia. Hans estaba en shock. Quería desear que fuese solo una pesadilla, que nada de eso fuese real... pero lo era.               Y supo que no se encontraba en un sueño al sentir la mano del anciano en su cuello y la otra desabotonando su pantalón. Era el momento, debía actuar. Entre sollozos sacó el lápiz de su manga y con fuerza lo clavó en el brazo del canoso. Un grito fue lo único que recordó antes de que el color rojo llenara aquella habitación.               Ira reprimida, frustración y enojo sumados al espíritu de un pequeño que conocía el mundo de las peleas, además de su arduo deseo por librarse de aquella horripilante situación... todo aquello le habían hecho olvidar completamente su humanidad y cuando pudo reaccionar desconocía la cantidad de puñaladas que soltó a su tío. El cuerpo estaba en el suelo. Hans podía ver tres heridas en su cuello y algunas dos en la enorme panza del anciano. Sus manos pálidas ahora estaban llenas de ese líquido carmesí con olor metálico.               ¿Qué había hecho? Los labios del menor comenzaron a temblar antes de echar a correr. Necesitaba recurrir a la policía y dejar allí su evidencia. Sabía que acababa de cometer un crimen, pero no se arrepentía en absoluto.               Tardó menos de treinta minutos corriendo hasta allí y no pasaron diez antes de que un par de oficiales se dirigieran al hogar de Nicolás en busca del hermano de este. La velocidad se debía gracias a que el pequeño chico tenía un celular de tecnología anticuada que le había obsequiado Lorena. Usó este para grabar esa última vez que su tío se había atrevido a tocarle.               Juicios, investigaciones y procedimientos que tardaron más de dos semanas. Tiempo en el que no había visto a su padre ya que estaba cautivo en la estación. Lo último que recordó fue la despedida de este sujeto ya que se le había acusado de complicidad por no ayudar a su hijo. Hans le odiaba. Fue el último día que le vio y hasta el sol de hoy deseaba que la vida lo mantuviera alejado de él.               El rubio, en cambio, fue llevado a un orfanato... del cual también se había escapado a los quince años, es decir, tan solo un par de meses atrás.   
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