¿Cena Familiar?

1942 Palabras
            Una cena con compañía de Zoe y Hans fue lo último que Ronny esperó tener en casa. Ambos padres no dejaban de sacar temas de conversación con los invitados, aunque Zoe parecía ser la que mejor se relacionaba con estos. Hans, de forma opuesta, observaba a su alrededor y respondía de forma puntual a algunas preguntas que los anfitriones le hacían. No estaba acostumbrado a cenar con más personas. Usualmente lo hacía frente a su consola.               –Estoy feliz de saber que Ronny por fin está haciendo amigos. –Rita mostraba una sonrisa mientras hablaba–. Y me alegro de tenerlos en casa.               –Ronny es un buen chico. –Añadió Zoe con sonrisa en rostro–. Es el mejor de la clase en muchos sentidos.               –¿Puedo ir al baño? –Preguntó Hans mirando a todos los presentes–. Por favor.               –Ronny, enséñale donde está el baño. –Leonard hizo un gesto para que su hijo fuese con él.               Eso hizo el menor. Tomó la delantera subiendo las escaleras hasta el segundo piso de la casa y le llevó hasta el final del primer pasillo, lugar en el que estaba el baño de los invitados. El rubio entró y su compañero regresó nuevamente hasta las escaleras. Temía que Hans se perdiera de regreso, por lo que lo mejor era esperarle. Además, era una norma de la casa nunca dejar a un invitado solo en algún lugar. En un momento habían sido robados por una amiga de Rita en quien confiaron y le dejaron sola.               Ronny tomó su celular y comenzó a revisar el i********:. Solía seguir a muchos de sus ídolos, pero tenía escasos contactos a quienes realmente conocía. Básicamente familiares y personas con los que ya no hablaba. Pero era feliz revisando las actualizaciones diarias de sus cantantes favoritos. Eso bastaba para que cobrara sentido mantener sus r************* activas.               –No esperaba que vivieras en una casa tan grande, Ron. –Hans había salido y caminaba de regreso sin dejar de mirar a todos lados con sorpresa–. ¿No te sientes solo con tanto espacio nada más para ti?               –¿Debería? –Ron bufó negando con la cabeza–. Reconozco que en ocasiones me ha pasado.               –Creo que mi habitación no se compara ni a la mitad de la sala de tu hogar. –El rubio se sentó sobre la barandilla de las escaleras deteniéndose a detallar algunas plantas del jardín que se divisaban a través del ventanal.               –¡Hey! ¡Te caerás! ¡Baja de allí! –Olfateó aquel olor tan peculiar que odiaba y rápidamente hizo un gesto de disgusto–. ¿Estabas fumando?               –¿Quieres un cigarrillo? –Hans ahogó una carcajada mostrándole la cajita que guardaba en su bolsillo–. No pareces alguien que suela fumar, pero si lo deseas puedo darte uno.               –¡No! Es asqueroso. –El más joven se cruzó de brazos para luego hacer un gesto–. Deberíamos volver.               –¿Tanto te mueres por volver a esa mesa donde tus padres solo te avergüenzan? –Ah... una pregunta que había detenido al pelinegro completamente–. ¿Por qué siempre callas lo que realmente piensas?               –¿Debería decirlo? ¿A quién le interesaría? –Ronny no se había dado la vuelta, aunque era cierto que la pregunta le tomó por sorpresa.               El rubio soltó un audible bufido y comenzó a levantarse, poniéndose de pie encima de aquella barandilla. Ambos brazos se extendieron buscando el equilibrio. Ronny se dio vuelta y de inmediato su rostro expresó horror y sorpresa. Si Hans caía de esa altura hacia el vacío tendría gravísimas lesiones.               –¡Baja de allí!               –Responde entonces a mi pregunta. –Haciendo equilibrio dio el primer paso. Tambaleó–. ¿Por qué nunca dices lo que piensas?               –¡HANS! –El rubio dio un segundo paso sin quitar su mirada de Ron–. ¡En serio! ¡Baja de ahí! –El menor parecía cada vez más tenso, como si se preocupara por el bienestar de Hans. Eso hizo al mayor fruncir el ceño ligeramente para luego volver a su sonrisa de mofa.               –No escucho tu respuesta. –Un tercer paso donde por un instante se tambaleó.               –Vale, vale, hablaré contigo, ¡pero baja ahora!               Las risas provenientes del comedor llegaban hasta el lugar donde ambos se encontraban. Por lo visto Zoe se llevaba muy bien con los padres de Ronny. Hans bajó y se mantuvo observando al pelinegro tras cada paso que daba este hacia el jardín. Quizá incluso en su propia casa se sentía inseguro, pero su visitante esperaba pacientemente a que este abriera la boca.               –Esto no es algo que suela hacer… pero tus presiones me obligan. –Ronny suspiró sentándose en un banco del pequeño claro en el jardín. Hans se sentó a su lado–. Creo que tenía… siete años cuando me topé con el primer sujeto en busca del dinero de mis padres. “Págame por esto, cómprame aquello...” y la amenaza latente era que si no lo hacía tanto él como su pandilla me darían una paliza. ¿Pasó? El día que me negué porque había gastado mí mesada en un desayuno. Aún recuerdo sus impactos en mi estómago.               –¿Tus padres no hicieron nada? –Hans encendía un cigarrillo mientras oía–. Parecen estar muy preocupados por ti.               –El agresor era hijo de un funcionario. La escuela dijo que no podían emprender ninguna acción en contra de este. –El chasquido de lengua proveniente del rubio fue bastante audible–. Me cambiaron de escuela, pero a partir de ese momento fui reconocido como un sujeto útil para conseguir dinero fácil. Los chantajes iban y venían y, cada vez que me oponía las cosas iban cada vez peor.               –Idiota. –Musitó Hans dejando salir el humo de sus pulmones–. Eres un idiota.               –Llegó el momento en el que decidí hablar con mis padres. Estos consiguieron que el agresor fuese expulsado… pero las influencias de este eran fuertes, por lo que volvió a la escuela y ya puede imaginarte cómo fue todo. –El rubio miraba a su compañero de reojo sin poder evitar que su cabeza se llenara de pensamientos que iban y venían tal y como un distribuidor–. Entonces llegué aquí. Aunque por lo visto la historia está a punto de repetirse.               –La historia dejará de repetirse cuando seas tú quien decida cambiar, Ronny. –Los celestes ojos de Hans se montaron sobre los del pelinegro. Parecían incriminarlo como si se tratara de un delincuente–. Tus padres no pueden hacer mucho si su hijo es incapaz de darse a respetar. Levanta el rostro y comienza a decirle al mundo que no solo eres un niño mimado, sino que eres capaz de defender lo que te pertenece.               Aquellas palabras parecían ser muy fáciles de decir para alguien con aspecto intimidante como era Hans, pero para Ronny era complicado. ¿Cómo demostraba respeto un nerd de cabellos sobre el rostro y gruesas gafas? Una pregunta bastante interesante.               –Consigamos a la persona que dejó ese “presente” en tu bolsillo, Ron. –El mayor soltó el cigarrillo y, como de costumbre, lo pisó–. Te ayudaré con eso.               –¿Has sido tú? –Preguntó por fin Ronny frunciendo el ceño. Hans pareció confundido–. ¿Le has dicho a Patricia sobre lo ocurrido?               –¿Yo? No… nunca suelo hablar con nadie. Ya sabes cómo son las cosas en clase. Todos me temen. –Soltó una carcajada mostrando su amarillenta dentadura causada por sus vicios–. Incluso se me sigue haciendo extraño estar sentado con el más inteligente de la clase intentando ayudarle. ¿Desde cuándo te relacionas con el “malote” de la clase? Pero a todas estas… ¿Quién es Patricia?               –Incluso yo me sorprendo. Pero… hoy Patricia se ha acercado a mi ofreciendo información sobre quién está detrás de ese incidente. No obstante, como de costumbre, quería dinero a cambio de lo que sabía. –Hans frunció el ceño mirando de nuevo a quien hablaba–. Me negué y le dejé hablando sola.               –Dudo mucho que tu amigo enmascarado decida detenerse ahora. ¿Quieres que me encargue de esa tal Pati? –El rubio sonrió con malicia–. Puedo sacarle la verdad a mi manera.               –¡No! ¡j***r, Hans! –Los ojos abiertos del mayor se mostraron.               –Así que el mejor de la clase también dice malas palabras. –Soltó en mofa sin dejar de exagerar sus expresiones–. ¿Algo más que deba saber sobre ti? –Su sonrisa cada vez se ensanchaba más–. ¿Qué pasa? ¿Temes que le haga mucho daño a tu amiga Pati?               –No seas idiota. Sólo déjame hacerlo una vez más a mi manera. Si no resulta, tomaré tu ayuda.               Hans estaba sorprendido, aunque satisfecho. Solo bastarían un par de órdenes a sus subordinados para que se aseguraran de sacarle toda la verdad a esa chica de la que su amigo hablaba. Sí, el rubio comenzaba a pensar que sus intenciones negativas desaparecían lentamente. Ronny parecía no juzgarlo por lo que era sino que más bien le veía como un igual. Tampoco le temía y aquello era algo bastante inusual para él.               –Todo esto me genera una pregunta, Hans. –El rubio rodó los ojos sin mirar al menor. Así era realmente y luego de tanta cháchara se daba cuenta de que no necesitaba fingir para ser aceptado por Ronny–. ¿Por qué no has llamado a tus padres? Sigues siendo un menor y...               –¡Hey! ¡Ustedes dos! –La voz de Zoe sacó a ambos chicos de la charla girando su rostro hacia ella–. Se suponía que solo irían al baño. ¿Acaso se detuvieron a declararse su amor?               Salvado por la campana. Hans nunca hablaba de su familia ni mucho menos de su vida privada, pero si Zoe no hubiese llamado era muy probable que su boca le traicionara y las palabras hubieran hecho acto de presencia. Aquella intromisión se añadía a la lista de deudas que Hans nunca pagaría ni en esta vida ni en la próxima.               Sin embargo fue al girar su rostro que Ronny alcanzó a notar una gran cicatriz que se encontraba la nuca del rubio. Su gesto de asombro fue imposible de esconder dándose cuenta del tamaño de la herida. ¿Dónde demonios se había hecho una herida de tal tamaño? Estaba claro que no se trataba de una salida de compras. Hans se había metido en muchos problemas y si Leonard y Rita se enteraban era muy probable que se aseguraran de que aquella amistad se desintegrara.               –¿Eso te pone celosa? –El rubio dejó salir una carcajada–. ¿Por Ronny o por mí? ¿Te he descubierto, Zoe?               –¿De qué estás hablando, Hans? Todos nos preocupamos porque no habían vuelto. Pensamos que se habían ido por el inodoro. –Zoe se abrió espacio en aquel banco, justo en el medio de ambos y cruzó sus piernas–. Entonces, ¿de qué estábamos hablando?               –Discutíamos sobre el tema del informe que debemos realizar. –Una clara señal que Hans no pudo ignorar–. Creo que deberíamos comenzar, ¿no creen? La hora no deja de avanzar y tenemos mucho trabajo por hacer.
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