Tras algunos minutos yo estaba a punto de abofetear a ese maldito viejo hasta sacarle las ideas y por Dios que lo hubiera hecho, pero fui interrumpida en el momento en que mi mano izquierda tembló en impaciencia, lista para alzarse y aterrizar en la cara de alguien. Marsala, mi madre, era una mujer bendecida por que en el momento en que estuve a punto de explotar por segunda vez esa noche, ella llegó con toda su gracia e inteligencia hasta mí, llevándome con ella para presentarme a unas personas que querían conocerme. Estaba de más decir que dichas personas no existían, pero me dio la excusa perfecta para alejarme entre la multitud y tomar un respiro antes de que cometiera una locura que nos aseguraría la primera plana de prensa amarillista. —Mamá, te juro que estaba a punto de sacarle u

