Capítulo 16

2143 Palabras
Que agobio, no tengo ganas ni de moverme, me siento cansado y sin energías, como si hubiese estado trabajando durante largas horas bajo el sol, algo estúpido, pues cada vez mi piel se vuelve más blanca debido al poco contacto que he tenido con el sol. Si no fuera por los primeros rayos del sol que entran por la mañana, ni siquiera podría verlo. Ahora mismo me mantengo recostado sobre la cama, con una toalla envolviendo mi cintura, creyendo que vestirme era totalmente innecesario y agotador. Sé que nadie vendrá, la sirvienta suele venir por última vez a las ocho, justo para retirar mi bandeja, lo que me permitiría dormir desnudo en cualquier lugar de esta habitación. Tengo un poco de sueño, mi baño me ha dejado somnoliento y debido al calor de la chimenea, estoy pensando seriamente en quitarme la toalla que envuelve mi cintura y dormir sobre la cama. Estaba cansado, pero no por agotamiento físico, sino que era debido a lo aburrido que estaba dentro de esta habitación. —Bien— me dije a mí mismo, quitándome la toalla mientras se venía a mi mente la maravillosa idea de tocarme. Llevo tiempo sin liberar mis deseos carnales, el Coronel era quién me ayudaba con esto, pero como no parece querer venir, decidí deslizar mis dedos a través de mi cuerpo, imaginando en todo momento que sus manos eran las mías. Quería imaginar que era él quien rozaba mi piel, me estaba tocando como si en realidad fuese el Coronel y bien sé lo que adora de mi cuerpo, así que una vez humedecí mis dedos, los dirigí a mi agujero para rozarlos por dentro a la vez en la que agitaba mi entrepierna. Me gustaba lo que mi mente era capaz de imaginar, aunque mis dedos no eran casi tan complacientes como lo es el pene del Coronel, quién tiene un tamaño exquisito y un grosor extraordinario. Cada que lo metía me hacía sentir lleno, aún me sorprende que fuese capaz de meter todo eso en este pequeño agujero de mi cuerpo... —nnnhg...— gemí moviendo con rapidez mis dedos en mi interior. Me gusta cómo se siente cuando los rozo en un sitio en particular, hay mucho que yo no conocía de mi propio cuerpo, pues en realidad jamás había sido capaz de encontrar aquel sitio por mi propia cuenta. Ese sitio hace que tocarme por delante sea totalmente innecesario, se siente muchísimo mejor que cuando me toco sólo por enfrente, así que como me gustaba rozar mis dedos por aquel lugar, mi cuerpo se llenaba de cosquilleos agradables. Lo que no esperaba fue ver a un guardia con la boca abierta, observándome a los pies de la cama completamente enmudecido. Mis mejillas se pusieron rojas de inmediato, ¡Se supone que nadie entraría! Lo peor es que, cuando estaba retirando mis dedos, pude ver al Coronel entrar junto a la sirvienta que suele atenderme. Su sorpresa al verme fue algo evidente, la sirvienta llegó al punto de dejar caer la bandeja con la cena que había rechazado, mientras que yo me quedaba enmudecido frente al horrible y vergonzoso espectáculo que estaba dando. ¡Estoy literalmente con las piernas abiertas, la entrepierna excitada y hay un hombre que no conozco mirándome con la boca abierta! —¿Qué es esto? —preguntó el Coronel con enfado, acercándose mientras el guardia por fin se atrevía a mirar hacia otro lado y cerrar la boca— ¿Qué clase de relación tienen ustedes dos? —interrogó con furia. —No, Coronel, esto es un malentendido— hablé con nerviosismo, poniéndome la toalla nuevamente alrededor de mi cintura. —Retírate— le ordenó al guardia, quién igual de asustado que la sirvienta se retiró de inmediato. —No es lo que usted cree, yo jamás he estado con esa persona— lo trataba de convencer, mientras sus ojos me miraban con enfado, de hecho, sentí un escalofrío recorriendo mi cuerpo de pies a cabeza, sintiéndome temeroso por el enfado que era capaz de observar en ellos. —Ya veo que no sólo estás de promiscuo conmigo— mencionó entre dientes— si deseabas un banquete, sólo debías pedirlo. —¿Banquete? —pregunté confundido. —El rey ya autorizó tu ejecución, mañana al mediodía se llevará a cabo— me informó, dándome la espalda— como veo que deseas celebrar, te prepararé un festín— añadió. —¿Qué? ¡No! ¡Espere! —traté de detenerlo, pero cerró la puerta frente a mis narices y le puso seguro. Nuevamente no me ha dejado explicarle, él ha tomado sus propias conclusiones y por lo visto, me castigará por algo que jamás he hecho, ¡Sólo es un malentendido! Yo ni siquiera sabía que alguien había entrado, y si lo hubiese sabido, por supuesto que lo habría echado. Además, ¿Por qué lo primero que hizo al verme desnudo fue pensar que había estado manteniendo una relación con el guardia? Supongo que lo ha hecho debido a que sigue viéndome como una prostituta y no como lo que realmente soy, un idiota que se enamoró del diablo. Por supuesto que me vestí, no sabía si él regresaría esta noche, deseaba creer que lo haría y me dejaría explicarle lo ocurrido antes de que esto tuviese un desenlace peor, sin embargo, lo que en realidad hizo fue enviar a sus guardias a mi habitación quienes me pusieron unos grilletes en las muñecas y me arrastraron de la cadena, haciéndome regresar a las celdas donde estaban todos los reclusos confundidos y extrañados por la situación. El Coronel estaba allí, este ni siquiera me miraba, simplemente mantenía sus manos detrás de su espalda, con la espalda recta y una mirada inexpresiva. —Largo— les ordenó a sus guardias. Los calabozos estaban iluminados, habían encendido todas las antorchas para que pudiesen ver de cerca el espectáculo que estaba creando por un simple malentendido. —He recibido de parte del rey, la noticia de que mañana todos ustedes morirán— comenzó diciendo el Coronel, acercándose a los barrotes— es una lástima hacerlo sin siquiera tener la oportunidad de estar con sus esposas, o prostitutas, según sea el caso de cada uno. —Coronel, por favor déjeme...— traté de decir, permaneciendo de rodillas en el suelo. —Esta persona no es una mujer, pero si una prostituta capaz de follar con cualquiera que se le cruce por delante— habló, abriendo la celda para luego tomarme de las cadenas y arrastrarme a ellos. —¡No, por favor! —pedí entre lágrimas, casi desgarrando mi garganta debido a mis gritos en un intento desesperado de recibir su piedad. —Provecho— dijo cerrando la celda una vez me empujó dentro. Aquellos hombres se miraron entre ellos, sin saber si esto se trataba de una prueba o si realmente estaba hablando en serio, mientras que yo de rodillas en el suelo me aferraba a los barrotes tratando de decirle lo que realmente había ocurrido. —¡Yo no sabía que él estaba allí! —le grité entre lágrimas— ¡jamás hubiese dejado que me viera si hubiese escuchado la puerta...! El Coronel no me miró, sino que miró a los hombres que estaban por detrás de mí, quienes se vieron tentados en hacer la prueba de acercarse y como el Coronel no hizo nada para detenerlos, varios se animaron a intentar quitarme la ropa mientras yo trataba de apartarlos, ya sea con patadas, manotazos o con lo que pudiese alejarlos. Ellos se frotaban las manos, decidiendo en quién sería el primero y hasta se organizaron para sujetarme en el suelo, tratando de mantenerme quieto. —¡No, por favor! —pedía entre gritos desgarradores, sintiendo como estaban bajando mis pantalones y destrozaron mi camisa debido a lo desesperados que estaban por un poco de sexo. —Quédate quieta, puta, ya sabemos lo mucho que disfrutas de los hombres— habló uno de ellos, tapando mis labios al apretar mi rostro con fuerza. —Quita tu mano, idiota, quiero probar esa pequeña boquita— le gritó otro recluso, empujándolo. —En ese caso, yo seré el primero— anunció el mismo sujeto que tapaba mi boca, viéndome con ojos lujuriosos. —¡Por favor, Coronel, sáqueme de aquí! —le pedía casi sin poder respirar debido a lo escandalosas que eran mis lágrimas. Uno de los tantos sujetos se puso encima de mi cuerpo, queriendo abrirse espacio entre mis piernas, sin embargo, con ayuda de las cadenas que colgaba de los grilletes, envolví mis brazos alrededor de su cuello y con todas mis fuerzas estaba apretando su cuello con las cadenas, recibiendo sus golpes que poco a poco iban disminuyendo debido a la falta de aire. Lo solté cuando cayó desmayado y debido a la sorpresa de los reclusos, tuve tiempo de alejarme y ponerme de espaldas contra los barrotes, dándole la espalda al Coronel, pero manteniendo a esos hombres en todo momento en mi punto de mira. —¿Lo mató? —se preguntaban entre ellos, mientras mi cuerpo temblaba debido al miedo y adrenalina que sentía. Como ellos estaban concentrados en el hombre que cayó desmayado, yo miré las acciones del Coronel quién abría la celda, como si quisiese entrar para comprobar si el bastardo estaba muerto, sin embargo, en cuanto abrió la puerta me apagué a su cuerpo, haciéndolo retroceder para que me sacara de aquí. Mi sangre se sentía fría, estaba temblando de miedo, hiperventilando debido a mis lágrimas que seguían sin dejar de caer a través de mis mejillas. —¡¿Por qué me castiga a mí cuando fue su guardia quién entró sin autorización?! —le grité con enfado, golpeando su pecho con impotencia— ¡¿por qué es tan difícil aceptar que estoy enamorado y que sólo tengo ojos para usted?! —le continué gritando, mientras él me miraba a los ojos— ¡Lo amo maldita sea! —dije tomándolo del cuello de su camisa para acercarlo a mi rostro— no existe nadie en el mundo capaz de reemplazar lo que siento por usted...— añadí atrapando sus labios del modo más desesperado posible. Estaba lleno de diferentes emociones, tenía miedo, impotencia, tristeza, deseo, amor, ¡era una locura! Estaba enfadado con él por lo que acababa de hacer solo por los celos que siente al pensar que mi cuerpo puede llegar a ser de otra persona, sin siquiera detenerse a pensar en que yo no quiero a nadie que no sea él. Él me tomó en sus brazos, acorralándome contra la celda mientras sus besos se volvían apasionados y dominantes, dejándome ver aquel lado posesivo que lo hace cometer esta serie de tonterías. Para variar bajó su pantalón un poco, dejando salir su pene que metió en mi agujero, sin importarle los espectadores que observaba la situación con bastante interés. Sus embestidas pronto me hicieron dejar de temblar de miedo, haciéndome vibrar de placer mientras me aferraba a su espalda con fuerza, sintiendo como mis lágrimas caían a través de mis mejillas. Me moriré, lo haré mañana al mediodía y si bien debería estar furioso con él, prefiero despedirme del modo que tanto deseaba antes de que me lamentara por toda la eternidad por no haberlo hecho. Además, por muy estúpido que suene, entre sus brazos me siento seguro y no puedo evitar aferrarme a ellos, sintiendo mi cuerpo lleno de mariposas que me hacen gemir como perra en celo. Se siente muy bien, el tener espectadores debería ser vergonzoso, pero en realidad mi atención no la tenían ellos, sólo tenía ojos para el Coronel, quién me besaba hasta robarme el aliento. —¡nnngh...! —gemí clavando mis uñas en su espalda— ¡ah...! Así... así...— le pedía excitado, sintiendo como lentamente me estaba corriendo, ensuciando su camisa en el proceso. El placer era intenso, estaba ardiendo y lo mejor es que se corrió sin siquiera esperarlo, como si creyera que aún podría aguantar un poco más. —Haah...—jadeó sobre mis labios, mirando por detrás de mí para luego separarme de los barrotes. Al mirar hacia atrás, pude ver como varios de esos hombres tenían su m*****o en las manos, agitándolo mientras me observaban llenos de deseo. El Coronel me sacó de allí en sus brazos, yo estaba tratando de hacerme lo más pequeño posible, ya que estaba desnudo y obviamente los guardias me verían, sin embargo, cuando salimos él les ordenó girarse para que no pudiesen verme. Cuando regresamos a la habitación, me recostó en la cama y se apartó de mi cuerpo, acercándose a la ventana mientras parecía molesto. Yo guardé silencio, no deseaba enfadarlo de nuevo, sino que quería esperar a que se calmara un poco. Realmente no quisiera que me regresara a esa celda nuevamente...
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