TANIA ROBERTS Esa mujer no dejaba de mirarme. Se encontraba sentada frente a mí, en la silla al lado de su hijo. Mi hermano estaba a mi lado, golpeándome con su codo ocasionalmente ante la gran incomodidad que nos había cubierto a todos, mientras que mis padres, solo se dedicaban a guardar silencio desde sus respectivos lugares. En realidad, todo estaba muy silencioso, era como si los que estaban presentes, querían escapar, era muy obvio que nadie quería estar ahí. Podía sentir a Mía olfatear mis pies, para después pasar su pequeña y húmeda lengua por mi piel, lo que me hizo tener unas terribles ganas de patearla, al provocarme un ataque de risa que debí de disimular con la palma de mi mano. Cuando logré alejar a la cachorra con mi pie para que me dejara en paz, me dediqué a mirar a

