Alexander miró con confusión como aquel hombre se alejaba, pensó en comentarle a sus padres sobre el encuentro, quizás algo emocionado de saber que conoció a otro dios. Pero su burbuja de ilusión explotó cuando recordó que aquel señor le había pedido indicaciones sobre la ubicación del templo de Zeus, pues al menos todos los que están ahí, sean residentes griegos o turistas, saben donde se encontraba el templo del Rey de Dioses. ¿Cómo se iba a imaginar él que quien le pidió indicaciones era el padre de su padre, que se lo tragó y contra el que esté luchó hace milenios atrás?
Continuó su almuerzo en lo que esperaba a que sus padres terminaran su… asunto en el restaurante. Sabía que eso podía tardar horas quizás, dependiendo de qué tan urgidos estaban uno del otro. Solo esperaba que no fuera demasiado tiempo porque quería volver a continuar su investigación y si sus padres tardaban demasiado, luego su madre se sentiría apenada por haberlo dejado a un lado por horas y seguro intentará compensarlo pasando esas horas nuevamente con él.
Cuando acabó su almuerzo decidió recorrer nuevamente Filopappou Hill, era agradable y tenía un par de monumentos antiguos, y se encontraba cerca del restaurante en el que Hades y Perséfone se encontraban haciendo algo en lo que él prefería no pensar.
Mientras tanto, en el restaurante, Hades se encontraba todavía entre las piernas de Perséfone luego de haber acabado hace tan solo unos minutos. Ambos tenían las respiraciones agitadas, y sonreían totalmente satisfechos del otro mientras se daban un momento para calmarse.
— Había comentado… —comenzó Hades con la voz ronca, movió un poco su cadera para sentirla pues todavía se encontraba dentro de ella, provocando que Perséfone soltara un jadeo suave cerca de su oído— antes sobre que mi lugar favorito era a tu lado, ¿no? —preguntó ahora mientras lentamente salía de ella. Perséfone al oírlo sonrió y soltó una leve risa.
Conocía lo suficiente a su esposo como para saber que luego de eso continuaba algo o muy encantador, que la hiciera querer que volviera a hacerla suya, o algo atrevido que en ocasiones generaba la misma reacción que la otra probabilidad.
— Si, un par de veces, querido —respondió, mientras acariciaba el cabello de Hades y jugaba con uno de sus rizos viendo con gusto como este parecía estar cubierto por un humo n***o, causa de su divinidad latente debido al desborde de pasión que habían tenido.
— Pues tiene una variante que no estoy seguro si mencioné antes —comentò, y depositó con suavidad besos en el hombro de Perséfone.
Con la continuación Perséfone ya podía adivinar que el comentario sería uno más inclinado a lo atrevido, pues no solo porque hacía más larga la llegada a su punto, sino porque también venía acompañada de una sonrisa llena de picardía de la que Loki estaría orgulloso.
Sin embargo, los besos tan suaves le indicaron que la intención del comentario no era que ella lo apretase de nuevo entre sus piernas en busca de otra ronda.
— ¿Una variante? Me preguntó cual será —preguntó con ironía y una amplia sonrisa en el rostro.
La sonrisa pícara de Hades se extendió y con cuidado estiró su mano sobre la mesa para tomar el vestido de Perséfone, se separó un poco para verla y guiñó un ojo.
— Es a tu lado, del lado del frente —comentó y depositó un beso en sus labios mientras acomodaba el vestido entre sus manos—, entre tus piernas.
La risa de Perséfone no tardó en llegar a los oídos de él, que suspiró satisfecho pues no era más que esa la intención que tenía, hacerla reír y recordarle que le encantaba hacer el amor con ella.
— Eres tremendamente encantador —rió su esposa todavía, ella se sentía dichosa, totalmente afortunada pero sobre todo feliz porque sabía que había tomado la decisión correcta al casarse con Hades, se arriesgó y ganó.
Echó los hombros hacia atrás aún sentada sobre la mesa. Extrañaba la sensación de su esposo dentro de ella pero sabía que en la noche podría volver a obtenerla cuántas veces quisiera, así que lo miró con aquel brillo en los ojos y aún un leve aroma característico del deseo que tenía por su atractivo esposo. Esperó paciente pues sabia que él la vestiría de nuevo, era un acto al cual ambos estaban acostumbrados cuando tenían relaciones en situaciones así, era un acto tan íntimo como el sexo mismo, luego de que él la vistiera a ella, Perséfone lo vestiría a él y lo llenaría de besos en el proceso.
Hades le colocó con cuidado el vestido a Perséfone, y luego de pasarlo por su cabeza, depositó besos lentos en sus labios y por su cuello también mientras la vestía, mantuvo la sonrisa todo ese tiempo y luego de acomodar el vestido, soltò un suspiro y la abrazó, rodeándola con sus brazos.
— Te amo tanto, querida —murmuró contra su cuello y suspiró gustoso de la cercanía, pues así como disfrutaba del acto anterior, estar simplemente abrazado a ella y sentir su calor lo hacía sentirse como en su hogar.
— Y yo te amo a ti, querido —susurró de vuelta su esposa quien acariciaba su espalda desnuda, definió con los dedos sus músculos y lo apretó un poco.
Despacio empezó a vestirlo, disfrutó cada segundo de sentir su piel, dejó caricias y besos por esta, viéndose totalmente relajada y satisfecha. Para finalizar besó sus labios con una delicadeza igual a cuando tocaba el pétalo de una flor o las raíces durante un trasplante. Una vez Hades ya se encontró totalmente vestido ella suspiró falsamente y algo exagerado, sonriendo divertida.
— Ojalá pudieras estar todo el tiempo desnudo —comentó Perséfone entretenida.
Hades volvió a sonreír, dejó un beso corto en su cuello para separarse un poco más tomando sus manos y así ayudarla a bajar de la mesa.
— Puedo concederte ese deseo cuando Alexander vaya a su próximo viaje —comentó y le guiñó un ojo, no negaba las enormes ganas que tenía de seguir, pero debían volver esta vez—. Vamos, debemos ir a buscarlo, debe estar recorriendo la colina.
— Está bastante acostumbrado a nuestros arrebatos, recuerdo cuando era niño y teníamos que comportarnos como adultos serios —rió por debajo la diosa. Alexander había causado que los encuentros de la pareja disminuyeran. Pero apenas fue un adolescente y pudo comprender que significaban aquellas miradas de reojo de sus padres y los comentarios de doble sentido que de pequeño no comprendía, aprendió también a apenarse, sentirse asqueado, bromear con aquello y finalmente huir del lugar para dejarlos a solas, lo que les daba tiempo y espacio para poder dejarse llevar.
— Lo sé, aunque era algo frustrante, cuando llegaba la noche nos sentíamos mucho más deseosos que de costumbre —comentó y caminó con ella a la salida luego de dejar el dinero del pago—. Aunque hoy particularmente pasará igual, porque de ser por mí hubiera seguido haciéndote el amor en esa mesa por un rato más —susurró cerca de su oído, y luego besó su mejilla mientras salían del restaurante.
Aquello causó un sonrojo por parte de su esposa, él sabía cuándo y cómo hacer aquellos comentarios pícaros que la tomaban desprevenida. Aquel aroma que identificaba como pasión por su esposo aumentó ligeramente en el ambiente y Perséfone finalmente suspiró.
— Querido mío… Por suerte no soy la esposa de tu buen amigo pues estarías en este mismo momento desnudo —negó entretenida mientras caminaba, aquella mujer fue la última “diosa” en anexarse al panteón nórdico y ni siquiera era conocida en las historias o siquiera mencionada en los mitos de los mortales, pero fue consentida con el título de la diosa de las pasiones gracias a algunos trucos de su esposo y de Eros mismo.
Hades sonrió, incluso hasta mostrando sus dientes y sus negros ojos brillaron ante el reflejo del sol, pero su sonrisa se borró cuando sintió un escalofrío recorrer su espalda al alejarse unos pasos del restaurante. Miró alrededor sintiendo algo extraño y aún con esa extraña sensación volteó a ver a Perséfone y le sonrió de nuevo.
— Sabes que eso no me molestaría, pero luego te arrepentirás de no haber pasado tiempo con Alexander —dijo con calma aunque todavía la confusión se veía en su rostro—. Tendremos tiempo después para disfrutar de nosotros todo lo que gustemos.
Ella conocía a su esposo desde hace muchísimo tiempo para saber que algo estaba diferente en él, entonces se enfocó en eso de inmediato en vez de seguir el juego, ya normalmente los asuntos que preocupaban a Hades también la afectaba hasta cierta medida, pues eran por así decirlo, socios de trabajo además de marido y mujer ya que ambos reinaban el Inframundo.
— ¿Le pasa algo al Inframundo? —fue lo primero que se le ocurrió preguntar, habían pocas cosas que lograban afectar a Hades hasta el punto de causarle tanta preocupación, y se podían contar los dedos de una mano: Ella, Alexander y el Inframundo. Más o menos en ese mismo orden, aunque ella siempre iba de primera en la lista y lo sabía.
— No… no sabría decirte —negó mirándola mientras caminaba hacia donde tenían la teoría que estaría Alexander—. Solo… sentí algo extraño…
Y era demasiado extraña esa sensación para él, no recordaba sentir ese escalofrío antes. Tampoco podía asegurar que fuera cosa del Inframundo, pues la sensación la sentía en el lugar, sentía diferente el ambiente.
— No sé qué es —negó de nuevo, frunciendo un poco el ceño porque aunque se le hiciera extrañamente conocido, no supo a qué o no pudo recordarlo.
— Debe ser porque hace mucho no venimos —comentó la mujer caminando de la mano de él, se la notó algo extrañada pues era raro ver a Hades perturbado por algo— o tal vez es tu cuerpo indicándote que debes seguir haciéndome el amor.
Lo último lo agrego para aligerar el ambiente, quería que Hades estuviera tranquilo y disfrutará de la salida pero ahora era difícil hasta para ella aquello, por lo extraño de la situación.
Hades sonrió ante este comentario, sabía que era improbable que fuera eso, pero solo escucharla decirlo le daban ganas de comprobar esa teoría. Se acercó a su oído con una pequeña sonrisa en el rostro, ella sabía muy bien cómo distraerlo.
— Oh, querida, ahora me dan ganas de comprobar esta última teoría aquí mismo sin importar nada —susurró en su oído, mientras apretaba un poco el agarre en su mano y por unos segundos logró olvidarse de aquella extraña sensación.
Aquello la hizo suspirar de inmediato, paró de caminar y apretó el agarre de Hades queriendo comprobar sus palabras, y entonces le dirigió "aquella" mirada deseosa y suplicante que le daba ella cada vez que quería hacerlo con su esposo pero no podía decirlo directamente porque estaban ocupados o no era el mejor momento o lugar para aquello así que no podía pedirlo.
— Alexander… —dijo simplemente, era la forma de recordarle a ambos que tenían un compromiso con su amado hijo pero le tomaba más fuerza de voluntad de lo normal.
— Lo sé, debemos esperar —murmuró y soltó un suspiro de resignación. Recordando nuevamente que debía de todas formas revisar el Inframundo.
Y antes de que alguno de los dos dijera algo más, un quejido conocido se escuchó cerca de ellos.
— ¿Otra vez? ¿No acabo de dejarlos en una situación igual? —preguntó la dramática voz de Alexander cuando llegó frente a ellos.
Aquello causó una carcajada por parte de Perséfone, aquella risa sonaba exquisita para quien la escuchara, pues era una linda indicación de que estaba feliz o al menos satisfecha, era relajante y reconfortante, Alexander sonrió ante ella sin poder resistirse y se acercó a abrazar a su madre.
Perséfone lo abrazó de vuelta tranquila, sintiendo como su hijo se acurrucaba con ella como cuando era pequeño, seguía siendo más bajo que ella por lo que se le facilitó acomodarse entre sus brazos y cerrar los ojos, mientras su madre acariciaba su cabello despacio.
— Padre... —dijo Alexander abriendo un ojo al sentir que su papá no lo abrazaba también, él estaba consentido y acostumbrado al cariño de sus figuras paternas por lo que cada que tenía la oportunidad de obtenerlo no lo dudaba, y siempre buscaba sentir confort así como cuando era pequeño.
Hades parpadeó, volviendo la vista a ellos, ya que se perdió un poco en sus pensamientos viendo todo el lugar alrededor de ellos cuando el escalofrío volvió a recorrer su espalda. Finalmente sonrió mirando a Alexander y se acercó a abrazarlos de vuelta.
— Casi podría decir que eres más exigente que tu madre… —bromeó con doble sentido para que su hijo no notara que pasaba algo y así no preocupar a él también— Volvamos a casa.
— Por favor, otro comentario así y vomitaré el almuerzo —dijo entretenido Alex y aquello causó una risa por parte de Perséfone.
Hades sonrió con diversión olvidándose nuevamente de aquella sensación, besó la frente de ambos y luego los labios de Perséfone con bastante intensidad, pues había desarrollado un gusto por fastidiar a Alexander con eso.
— Si no puedo hacerlo, al menos déjame insinuar, hijo —comentó con una sonrisa ligera, pues le gustaba estar con ambos. Pero nuevamente menguó un poco cuando el escalofrío volvió a recorrerlo—. Pero ahora es hora de volver a casa, por favor.
No pudo evitar que se note la urgencia en su voz, eso se sentía extraño y le generaba una preocupación que no lograba explicar. Como si supiera qué significaba pero no lo lograba recordarlo.
Aquel tono en Hades, preocupó a Perséfone, la cual se alarmó de inmediato y le fue imposible no mirar alrededor alerta, su primer pensamiento era que Zeus estaba cerca y de inmediato casi con terror se aferró la ropa de su esposo, aprendiendo ésta entre sus dedos. Al mismo tiempo, aquella reacción de Perséfone causó que Alexander se preocupara de inmediato y ya no era solo Hades el incómodo sino los tres, pues Alexander tenía gran odio hacia Zeus desde que había comprendido lo que le había hecho a sus padres.
— Hades… —empezó Perséfone y el tono de miedo se notaba en su voz, igual que el aroma difícil de descifrar que tomaba cuando tenía miedo, era una mezcla de distintos olores que no se quedaban el tiempo suficiente para saber de qué eran— Vamos al Inframundo.
Quería ir al castillo del Inframundo y quedarse ahí un tiempo, ella tenía miedo y allá abajo se sentía segura e intocable. Hades al notar ese tono en Perséfone suspiró y negó manteniendo la compostura.
— No es Zeus —aseguró mientras comenzaban a caminar de regreso hacia la entrada del castillo, por la que no sabían, acababa de salir unas horas antes, el primer enemigo de los dioses.
Alexander, si bien se relajó notando la seguridad de las palabras de su padre, al igual que Perséfone, no redujeron en realidad el nivel de preocupación de ninguno de ellos. Sabían que Hades era tranquilo y seguro, y que solo su hermano por lo que les había hecho en un tiempo atrás podía perturbar esa seguridad. Entonces el hecho de que esté de esa forma, incluso sabiendo que no se encontraba cerca aquel dios, era preocupante.
El joven juntó sus cejas, recordando el encuentro con el hombre hace un rato y pensó que podría ser eso, repentinamente se puso pálido y se regañó a sí mismo por no decirlo antes.
— Padre… —llamó Alexander con voz bajita, un poco apenado porque aquella información podría ser importante y él tardó en decirlo, todavía caminaban hacia la entrada.
Perséfone volteó a verlos acurrucada en los brazos de Hades, entre los cuales, sonriendo levemente de lado, se sintió segura. Sabiendo que no era su antiguo violador, no se preocupó más, ya que Hades podía hacerle frente a cualquier cosa, incluso a Zeus, aunque no lo haría por ser el Rey de dioses. Debido a eso, en ningún momento se paró a pensar en que la información que traía su hijo era importante o trascendente, tal vez solo era algo para calmarlos a todos. Hades en cambio, que se encontró no tan tranquilo, miró a su hijo con atención mientras éste tragaba saliva algo inquieto.
— Cuando los estaba esperando… —comenzó y un leve rubor llenó sus mejillas— Se acercó a pedir indicaciones un hombre, sobre la ubicación del templo de Zeus…
Como aquello no tenía sentido todavía ni para Hades ni para Perséfone, lo miraron con atención, esperando que continuará explicando.
— No solo eso era raro, porque turista o griego, todos saben dónde está el templo —comentó y rodó los ojos, y al notar que para sus padres todavía no era tan sospechoso, pues no dudaban ellos de la ignorancia humana, continuó—. Pero el hombre era incluso más alto que papá y… tenía el cabello blanco, pero se veía joven todavía… ¿lo conocen?
Hades pareció perderse en sus pensamientos mirando con fijeza a Alexander, aunque la verdad solo estuviera viendo a la nada. Pero poco a poco su expresión de concentración cambió a lo que casi podría llamarse pánico. Sus ojos se abrieron por demás en sorpresa, dejando que se marcara a la perfección su iris negra en contraste con lo blanco del ojo y su rostro palideció como Alexander nunca había visto, incluso el cabello de Hades, que solo se notaba si te acercabas demasiado, comenzó a difuminarse en humo n***o.
— Oh, no… —murmuró demasiado bajo, Alexander miró a Hades con real asombro. Para él, que el dios del Inframundo, diga en tono realmente preocupado "oh, no" era sin dudas algo que no había presenciado nunca. Y lo asustó.
— Querido —llamó Perséfone igual aterrada por la expresión de su esposo, se la veía consternada por la reacción de este pero seguía sin estar tan asustada porque no entendía el significado de las palabras de Alexander— ¿Querido? ¿Qué pasa?
Con cuidado colocó una mano en el pecho de su esposo para calmarlo pero al sentir su corazón latiendo rápido bajo la carne y los huesos, solo hizo que el de ella también comenzará a sentirse de la misma forma.
— No hay tiempo —quiso ver alrededor buscándolo, sabía perfectamente quién había escapado pues no era un rostro fácil de olvidar, finalmente hizo una leve mueca de frustración. Sabía que solo no podría. Así que lo mejor era asegurarse de su suposición y, de confirmarse, llamar a sus hermanos, y a todos los olímpicos.
A los tres prontamente los cubrió el humo n***o, poco le importó si alguien los veía, no quiso perder más tiempo del que habían perdido ya, por lo que cuando los cubrió por completo se aparecieron en el lugar más frío y oscuro de todo el Inframundo y de todo el Tártaro. El humo se disipó y las luces se encendieron.
— ¡Mi señor! —la exclamación de Caronte se escuchó a sus espaldas, el anciano barquero sonaba asustado, preocupado y temía también una sanción de parte de su amo— ¡Han escapado!
Hades soltó un gruñido, su cabello estaba casi completamente difuminado en el humo, moviéndose violentamente como si un fuerte viento soplara en muchas direcciones, su piel se volvió completamente grisácea y oscura mientras, soltándose del agarre de su esposa y su hijo se apresuró a las rejas dobladas, rotas, incluso las cadenas estaban partidas y sus ojos se oscurecieron más todavía.
— Largo —dijo en voz alta, profunda, fuerte y más aterradora que nunca, en dirección a Caronte y extendió su mano hacia la barca, que se alejó a toda velocidad bajo el control del dios. Sabía que igual no había sido culpa del barquero, sino de él. Había bajado la guardia, incluso sobre su propio reino y ahora tendría que escuchar a todo el panteón decirlo.
Perséfone miró alrededor, Hades nunca la había dejado ir hasta ese lugar, Caronte jamás la llevaba hasta ahí abajo pues tenía claras órdenes de su amo de que era muy peligroso para ella y para cualquiera estar tan cerca de los Titanes, pero ahora comprendía también que era por lo horrible del lugar, era aún peor que donde iban las almas en desgracia.
Comprendió también la ira de su esposo, tenía miedo, aquello era una de las peores tragedias ocurridas en milenios y él se culpaba a sí mismo dado a que era su responsabilidad mantenerlos encerrados, también sabía que los demás dioses no tardarían en culpabilizarlo por ello.
Alexander quien no comprendía la situación dió un paso al frente para ir con su padre, estaba preocupado por la situación y por el estado de él, pero Perséfone lo detuvo colocando una mano en su brazo. Hades necesitaba un momento a solas para pensar y desahogarse de la impotencia que lo inundó, ella entendió que el dios se separó de ambos por eso.
Hades entonces tomó las cadenas, usando parte de su poder para repararlas junto con las rejas, con cuidado pasó dentro de la prisión destinada a su padre y tíos. Cerró la reja, no pensaba encerrarse, pero necesitaba descargar la frustración que aquello le causaba y sabía que podía herir tanto a Perséfone como a Alexander. Una vez vió un resplandor rodear las rejas, cerró los ojos soltando una exclamación, la cual resonaria por todo el Inframundo, liberando parte de su poder que lo estaba sobrecargando y la tensión que lo abrumó, un fuego n***o arrasó por la celda sin atravesar las rejas, chocando contra estas y se disipó elevándose como el humo de una chimenea.
Una vez se apagó el fuego, Hades se enderezó en su lugar, soltó una respiración profunda y caminó nuevamente hacia la reja y abriendo de nuevo esta. Y con todo su pesar, pero decidido a no mostrar debilidad alguna miró a su esposa.
— Nos tenemos que reunir todos —dijo refiriéndose no solo a los seis hermanos y los doce olímpicos, sabía que todo sería más fácil entre más dioses colaboren.
Perséfone por su parte se preocupó por la situación, pero más por el bienestar de su esposo, lo abrazó por el cuello y besó sus labios con cuidado. Quiso abrazarlo entre sus propios brazos y que se desahogue con ella, pero sabía que frente a Alexander o cualquier otra persona aparte de ella jamás se demostraría débil, a diferencia de sus hermanos no podía permitírselo.
— Vamos… —asintió Perséfone viéndolo y Alexander por su parte se mostró confundido.
— ¿Y yo? ¿Puedo ir? Quiero ayudar —pidió viéndolos a ambos y Perséfone junto las cejas pensando en eso.
— Querido no sé si sea lo mejor… —susurró su madre, ella no pudo no preocuparse de lo que podrían hacerle los otros dioses.
— No ahora, hijo, es… demasiado serio y prefiero que no te involucres de ninguna manera —pidió Hades sonando más serio que nunca, y su tono no dió lugar a objeción alguna.
Aunque sí era cierto que no quería que involucren a Alexander en un problema así, la verdadera razón de su rotunda negativa al pedido era que no quiso que viese esa reunión. Sabía que todos los dioses lo culparían, sabía que aguantaría con temple esas recriminaciones como siempre lo ha hecho, pero no quería que Alexander viese aquello. Porque Hades no tenía cómo defenderse o responder, porque aquellas serían acusaciones bien fundamentadas. Era su trabajo, era su culpa.
Y mientras los apareció en su castillo en otra humareda, murmuró un llamado a Iris y a Hermes, los mensajeros por excelencia entre los dioses. Volteó a ver a Perséfone a los ojos, casi con súplica.
— Tú si debes estar, querida, por favor —pidió, pues sabía que con temple de acero o no, necesitaba del apoyo y compañía de su esposa en ese momento.
— Lo sé —contestó su esposa viéndolo y suspiró pensando en que estar para Hades en aquel momento tan difícil era lo mejor, así que asintió ante su pedido—. No me apartare de su lado.
El agarre de Perséfone en la mano de su esposo se hizo más fuerte, estaba preocupada del futuro de él y por lo tanto también el de ella y de su felicidad como pareja. Pero su mirada cambió del miedo a la determinación en unos segundos, se decidió a que nadie le arruinaría eso, nadie le haría daño a su esposo y ella protegería a su familia sobre todo.
Por su parte Alexander los vió completamente preocupado, pero aún así dentro de sus ojos se veía aquella curiosidad, Perséfone se veía seria y rígida y su padre parecía a punto de quebrarse, entonces finalmente asintió.
— Iré a mi habitación, por favor háganme llegar las noticias lo más pronto posible —pidió el hijo, los vió con cariño y aquello provocó una media sonrisa en su madre.
— Así será.
— Claro, hijo, te avisaremos al terminar —asintió, y se acercó a besar su frente en el momento en que sonó el timbre. Hades se tensó más, eran Hermes e Iris.
Hades suspiró, mirando a ambos y les sonrió un poco. Ahora que ya había aclarado sus pensamientos, se encontraba más tranquilo y centrado. Sus músculos se aflojaron al fin al igual que el gesto tenso de su rostro.
— Iré a pedirles que llamen a los demás, lo harán más rápido que yo —dijo, separándose de a poco de Alexander y miró a Perséfone para ver si lo acompañaba.
Y claramente su esposa no esperó dos veces para tomar su mano.
— ¿La reunión será aquí? —preguntó despacio, estaba algo nerviosa pero también completamente decidida a no dejar que lastimaran a sus seres queridos.
— Seguramente, o en el Olimpo —murmuró mientras caminaba sin soltar su mano a la puerta del castillo, donde los mensajeros esperaban.
Cuando abrió finalmente la puerta del castillo, se encontró con los dos dioses del otro lado. Ambos de cabellos rubios ceniza, los de Hermes rizados como los del mismo Hades pero más cortos, Iris en cambio tenía su cabello atado en una coleta que caían de esta como largas ondas. Ambos dioses tenían una expresión de confusión y preocupación al mismo tiempo, le tenían un gran respeto a Hades y sabían lo raro que era que él llamara a otro dios, pues normalmente los evitaba. Pero estaban ahí, parados frente a él, listos para la instrucción.
— Necesito que llamen a los demás olímpicos, y a los importantes que no lo sean también, lo más rápido que puedan… es de suma importancia y gravedad, si debemos partir al Olimpo también me avisan —dijo, y por su seriedad, los dos mensajeros se miraron entre si, su preocupación había crecido pero no tardaron un segundo en desaparecer pues una urgencia es una urgencia.