Mientras los dioses Hestia, Poseidón, Atenea, Hermes, Eris, Helios y Hefesto fueron a Egipto tocándole el titán Japeto, el cual en su salida temporal al mundo moderno se acostó con una mujer humana, a los dioses Deméter, Hades, Perséfone, Ares, Eros, Dionisio e Iris que salieron del Inframundo por la puerta de Norteamérica, es decir, los Estados Unidos, les tocaba el titán Hiperión.
Él titán en cuestión, que se pasó varias horas dando vueltas por el Museo Smithsoniano al haberse intimidado por la cantidad de humanos que había en la ciudad, lugar del cual finalmente se atrevió a salir para probarse a sí mismo que no debería intimidarse por algo tan simple y mortal como la r**a humana… y porque su sobrino querido ya se había enterado que escaparon y él literalmente seguía ahí.
Hiperión caminó mucho desde entonces, a paso rápido, casi trotando para alejarse lo más posible. Ignorando completamente los consejos que les había dado su hermano para cuando salieran y no pidió indicaciones a nadie. Él era un titán. Un ser poderoso y divino, ¿porque necesitaría la ayuda de un simple e insignificante mortal?
Por lo que siguió su caminata a puro instinto, según él había llegado bastante lejos. Pero la verdad es que se había concentrado tanto en huir de esa entrada que no calculó cuánto se alejó de la entrada y si fue suficiente o si no cumplía el radio mínimo que había marcado Japeto.
Caminó hacía el lugar "Quarry In Motel" que por lo que entendió de sus carteles, podría pedir una habitación para descansar ahí. Pensó que se veía bastante corriente y que los descendientes de su hermano Cronos no lo buscarían en ese lugar.
Entró al edificio, viéndose del mismo porte que su hermano Cronos pero con una complexión muscular más similar a la de Poseidón. Mientras que Cronos era casi la viva imagen de un Zeus más grande.
Miró el lugar con atención cómo indicó Japeto. Pero solo le pareció una entrada común y corriente. En lo que le pareció ser un recibidor, había una mesa un poco alta y alargada, con unos papeles encima y otro par de artefactos actuales que él no lograba reconocer. La mujer detrás de esta mesa le sonrió.
— Hola, bienvenido, ¿quiere una habitación para uno o espera a alguien… o busca a alguien? —preguntó la mujer con una sonrisa. Intentando verse encantadora como siempre con los clientes.
Hiperión la miró con perplejidad.
— ¿Disculpe? —fue lo que atinó a preguntar.
¿Esperar a alguien? ¿A quién esperaría? ¿Buscar? No tenía sentido para él aquella pregunta, haciéndolo casi fruncir el ceño. Cuando detrás de él entró una pareja y se acercó al mostrador. El titán enarcó una ceja mientras los observaba. No parecieron darse cuenta de que él estaba ahí de lo… ensimismados el uno del otro que estaban ambos.
Sorprendentemente, para cualquiera involucrado en la historia griega, aunque no sea un dios públicamente promiscuo como su sobrino Zeus y gran parte de su progenie, Hiperión tardó en comprender a qué iba la pareja, y más o menos la común razón por la que alguien va a un motel en la actualidad.
La pareja habló algo con la recepcionista que él no llegó a escuchar por estar pensando en las opciones. Cuando les prestó más atención, vió a la mujer darles una llave a la pareja mientras les indicaba el número de habitación.
Cuando algo dentro de su mente se encendió, y finalmente pudo comprender aquel lugar sus cejas se levantaron un poco al igual que las comisuras de sus labios. Bien parece que los humanos no han dejado sus costumbres de antaño, aunque eso le parecía obvio, después de todo el gentío con el que tuvo que lidiar en el museo y fuera de este no se procreó solo.
— ¿Solo se paga por adelantado? —preguntó a la mujer cuando la pareja desapareció en el pasillo que daba a los cuartos.
La mujer, que había vuelto a sus asuntos ya que antes él no supo qué responderle y supuso que esperaba entonces a alguien, levantó su mirada para verlo. Esbozó una forzada sonrisa amable típica de atención al cliente y asintió.
— Si, así es, ¿porque le dejaríamos usar algo que no ha pagado? —respondió y luego agregó la última pregunta con tono divertido y soltó una pequeña risa, aunque algo nerviosa.
Hiperión frunció el ceño, inicialmente pensó en usar un poco sus encantos y quizás aprovechar para disfrutar un poco de los placeres carnales, pero ante aquel comentario de la humana, que sintió como si se burló de él, apagó sus mejores intenciones.
Se limitó a mantenerse con el ceño fruncido y salió del lugar sin decir nada más, pues no estaba en condiciones de armar un escándalo y alertar a todos los dioses de la zona, si es que los había.
Podría caminar un poco más, y ver de esconderse en algún lugar para descansar. Supuso que a menos que tuviera la mala suerte de que usaran a Helios, su hijo, para encontrarlo, les sería difícil hallarlo entre tanta gente y tanto espacio.
Es decir, para él, ¿de qué otra forma podrían hallarlo? No conocía a otro ente que pudiera verlo todo al mismo tiempo. Ninguno de sus sobrinos tenía esa habilidad y sus descendientes no los conocían, ni sabían como eran.
Pensó en quizás buscar algún bosque, si es que había en todo este horrible lugar, pero no lograba decidirse si eso sería muy bueno, o muy obvio.
Mientras caminaba junto a la avenida, soltó un gruñido de odio y fastidio.
— ¿Por qué resulta que fugarse es tan molesto? —exclamó para sí, descargando sus emociones a la nada.
No estuvo de acuerdo en un inicio en separarse de sus hermanos. Puesto que Japeto les hubiera brindado soluciones y Cronos… bueno, Cronos es el más confiado de los tres, al menos se sentiría menos inútil.
La ira dentro de él comenzó a crecer y crecer, típico de una divinidad. Y la frustración de saber que no podía descargarla o lo encontrarían tan rápido como termina de hacer su berrinche celestial solo empeoró las cosas.
Y de esa forma, con la rabia creciendo en su interior, cerró los ojos y comenzó a usar sus poderes para ubicar el bosque o lugar sin civilización más cercano. Porque lo encuentren o no, será un buen lugar dónde poder golpear cosas, así sean árboles o rocas, sin llamar la atención.
Aunque su cuerpo estaba estático, su mente, y en especial su vista, viajó por todos los alrededores buscando un lugar decente dónde estacionarse, poder calmarse y finalmente descansar y recuperarse. No estaba seguro de que Japeto estuviera de acuerdo en que use tanto su energía en vez de solo caminar hasta encontrarlo, pero le dió igual, no quiso perder tiempo y creyó que el tiempo de descanso entonces lo iba a compensar cuando llegase al bosque.
— Bueno, al menos no es tan lejos —susurró al abrir los ojos, aunque nadie lo escuchara entonces.
Pensó que sería casi lo mismo que tardó en llegar hasta dónde estaba, comenzó a caminar hacia el lugar. Era una especie de bosque junto a una avenida, pero podría adentrarse un poco en este y establecerse ahí.
Caminó hacia aquel espacio verde, tranquilo, suponía que les sería difícil encontrarlo ahí. Pues no creyó que tuvieran una forma de rastrearlo ahí. Lo cual demostraba no ser el más listo de los titanes, sino el más impulsivo. Puesto que no tenía en su memoria presente, a su sobrina Deméter y mucho menos sabía de la hija de esta.
Llegó a aquella zona verde, saltó las vallas de la carretera, y echó una mirada atrás hacia la avenida, antes de internarse en la espesa arboleda.
Se internó todo lo que pudo entre los árboles, hasta lo que él creyó sería la mitad de aquel terreno, pues no quería pasarse y llegar hasta el otro extremo.
— Supongo que aquí estará bien —dijo para sí mismo, pues creyó que nadie lo escucharía ahí.
Observó la vegetación a su alrededor, se cuestionó si tomarse el tiempo de hacer un refugio para descansar o no. Finalmente, pensó en todo el tiempo y energía que había perdido caminando hasta allí y también en el rato que perdió dentro del museo, por lo que simplemente fue a sentarse en el piso apoyando la espalda en el tronco de un árbol.
Cerró los ojos, disponiéndose a descansar y reponer energías, pero en cuanto lo hizo, en el mismo bosque, escuchó gritos. Sonaron casi desgarradores, desesperados, y según lograba deducir por la agudez y el tono de estos, de una mujer.
Meditó solo un segundo si debía ir a ver que ocurría y se decidió casi instantáneamente al pensar que los gritos podrían atraer la atención, algo que claramente no quería hacer.
Se levantó de su lugar en el césped y corrió inmediatamente hacia dónde los escuchaba. Miró alrededor entre los árboles y arbustos, buscando lo que podría ser la causa de los gritos al tiempo que también vigilaba su espalda o alguna aparición repentina de uno de sus sobrinos.
Los gritos no paraban, cosa que lo ponía algo ansioso, casi sentía el peligro en el aire, los nervios iban incrementando en él, que la tensión se podía cortar con algo tan fuerte y tan delicado como el mismo silencio.
El cual aconteció unos segundos antes que él encontrara la causa de tan frustrante sensación.
Luego de seguir los gritos antes de que estos cesaran, se encontró finalmente frente a una escena deplorable.
Hiperión conocía la tendencia humana de matarse entre ellos, ya que pudo oír mucho de eso de las voces de su ex carcelero al hablar con el barquero del Inframundo y de sus compatriotas en el Tártaro, ya que además, estando ahí era consciente de las guerras, exterminios, atentados, etcétera, ya que en esas ocasiones sentía el ingreso de más almas al Inframundo, y en su mayoría, todos caían cerca de dónde estaban ellos.
Sabía entonces de las guerras mundiales, en la que Hades aprovechaba la gran cantidad de muertes, en la que el panteón de turno no daba abasto y conseguía algunas almas para él, dado que sus sobrinos participaban en casi todo enfrentamiento bélico que llevaban a cabo los humanos.
Sabía de los atentados terroristas, había escuchado a Hades hablar de aquello más de una vez quejándose de que los griegos y/o fanáticos griegos no hagan ninguno y ninguna de esas anheladas almas vayan a parar con él.
Sabía de los exterminios masivos, la mayoría de ellos causados en y por las guerras, en los que intentaba conseguir algún que otro caído para él.
Sabía, entonces, que los humanos se mataban por ciertas cosas: territorio, dinero, religión y en el caso de Troya, un poco de venganza por llevarse a la esposa de un Rey. Cosa que le pareció considerablemente normal. También entendía que podrían llegar a matar por celos, sabía que su sobrina Hera lo hacía bastante seguido y no podría culpar a los humanos por no controlar su ira y sus celos cuando sus dioses no lo hacían.
¿Pero esto?
Esto era algo que se iba de su entendimiento. O comprensión. E intentó repasar en su mente alguna vez que algún pariente suyo, de los que podría considerar normales, mató por el simple hecho de matar.
Frente a él, se hallaba un hombre, algo corpulento, no tanto en comparación con sí mismo, pero lo suficiente para poder llevar a cabo lo que hizo. Y debajo de este, cubierta de sangre por todo el pecho, abdomen y un poco en la cabeza, una mujer que se encontraba evidentemente en los últimos soplos de su existencia.
— ¿Por qué lo hiciste? —atinó a preguntar. Porque buscaba una razón para hacerlo pagar de no ser que hubiera una razón, que digamos lógica, para arrebatarle la vida a alguien más que ser un maldito desquiciado.
Su pregunta hizo al hombre sobresaltarse y voltear a verlo, una expresión difícil de descifrar inundó el rostro del asesino. Una expresión que notaba un par de cosas, miedo, seguramente porque fue atrapado cuando evidentemente no quería serlo, odio, por haberlo atrapado y la tercera no sabría decir bien que es, pero descartó con eso que hubiera una razón lógica de parte de aquél hombre. No mostraba pánico de arrepentimiento o algo similar que lo hiciera ver como alguien que se arrepentía de lo hizo.
— Olvídalo, no necesito que respondas —continuó luego de verlo.
El hombre se puso de pie de inmediato para, lo que Hiperión creyó, atacar también a él. El titán pudo observar mejor, que tenía manchones de sangre por su rostro, su ropa y sus manos estaban por completo cubiertas de sangre, debido al ataque a la mujer. Pero aquel asesino pareció dudar un segundo cuando notó, al levantarse, que el testigo de su crimen era mucho más alto que él y obviamente parecía más fuerte.
Apenas consiguió balbucear cosas para explicarse al notar como Hiperión se acercó a él con intenciones poco pasivas, que el mismísimo titán le propinó un golpe directo a la cabeza con todas sus fuerzas.
Eso bastó para que el cuerpo del asesino cayera junto al de la mujer en peso muerto.
Hiperión soltó un suspiro y fue a revisar si la mujer ya había perecido, inclinándose sobre el cuerpo de esta. Su pecho se movió un poco, demostrando que todavía quedaban sus últimos alientos. Pues sus heridas a simple vista ya eran bastantes como para que no hubiera marcha atrás.
La mujer apenas consiguió abrir los ojos para verlo, y aunque Hiperión no era el ser más empático o compasivo, ya que después de todo era un titán, pudo notar el alivio en los ojos de la convaleciente víctima frente a él. El único alivio que alguien en las condiciones en las que está puede tener. El consuelo, el único bálsamo para alguien en aquella condición, de saber que la persona que la agredió y le arrebató todo, obtuvo su merecido.
Hiperión la vió toser un poco y gotitas de sangre salieron de esta. Apretó los labios. No le importaba aquella mujer. Pero entendía su posición. Después de todo, para bien o mal, tenía esa sensación hacia sus sobrinos, que paguen por lo que le hicieron.
— Po… drías… —se notaba el esfuerzo por hablar mientras Hiperión la miraba sin sentimiento alguno — Que… da…
Hiperión entendió de inmediato que quería aquella mujer. Él no sintió nada respecto a lo acontecido, más que satisfacción por haberse llevado la vida de un humano desgraciado. Y antes de que siguiera hablando solo se sentó junto a su cuerpo casi inerte. Con aquello bastó para que la mujer supiera que la entendió y no se forzó más en hablar. Pero se mantuvo con los ojos abiertos el tiempo que podía, Hiperión no entendió por qué, pero no se vió en posición de cuestionar las decisiones de una moribunda.
Pero ella quería observar, hasta el último momento de conciencia que tenía, no a su salvador, porque su trágico destino no cambió gracias a él. Sino, mejor dicho, a su vengador. De hecho, si creyera que esos héroes de cómics existieran, de seguro este hombre sería uno de ellos; no solo por haber vengado su vida, sino porque lo hizo de un solo golpe. También era alguien atractivo, sin dudas pero aunque eso era lo de menos ahora, empezó a pensar que era un ángel o algo similar. O la muerte misma.
El titán la miró de reojo a la mujer y comenzó a notar que la mirada de la mujer, aún manteniendo el alivio anterior, lo miraba con admiración. Seguramente por haberle dado su merecido a su agresor. Sin embargo él no creía merecerlo por ello, sino por lo que es, un titán, un ser divino y superior, incluso que a sus tontos dioses.
Hiperión pensó para sí, «soy un titán, un dios, tonta mortal», pero se contuvo de decírselo realmente a la mujer por precaución a que a su muerte, terminé su alma en el Inframundo de su sobrino y lo descubrieran de ese modo. No se iba a dejar al descubierto por algo así, no era el más listo de los tres, pero tampoco era idiota.
Sin embargo, poco sabía él de que esos pensamientos, esas suposiciones, ya rondaban en la mente de la muchacha. La cual, en su desesperado intento por aferrarse a algo en lo que creer a su inminente muerte, decidió creer en su vengador, aunque se arriesgara a que aquel gran hombre fuera solo una persona común y corriente con un muy fuerte puño, pues no le quedaba nada más. No tenía nada que perder, o que arriesgar.
Fue entonces que la vida se escapó de sus manos y abandonó sus ojos que todavía permanecían abiertos aunque ya no viera nada con ellos.
Hiperión notó cómo el cuerpo se aflojó, al solo ser peso muerto y se levantó sin hacer una sola mueca y caminó hacia el lugar en el que iba a reposar antes, dejando el cuerpo de la mujer dónde se encontraba sin importarle demasiado.
Volvió a sentarse, recostando la cabeza y la espalda en el tronco algo mohoso del árbol, cerró los ojos, aunque sin dormirse y permaneciendo alerta. Mientras esperó que por fin, esta vez pudiera descansar y nada lo interrumpa.
Lo que no sabía, era que la víctima, que se fue creyendo en el titán, sin saber cuanto aquello podría perjudicar a su vengador.
Cuando la mujer volvió a abrir los ojos, aunque nunca los hubiera cerrado su cuerpo, su alma si se durmió y fue transportada a su próxima morada. Entonces, se encontró en el lugar más oscuro que jamás hubiera visto, lo sabía, aunque ella pudiera ver casi con claridad.
Dió unos pasos hacia adelante buscando ver mejor dónde se encontraba, pensando, que al ser un lugar tan oscuro había ido al infierno. Observó el rocoso lugar, y cuando apenas pudo notar que había una especie de río frente a ella, vió como se acercaba una barca a su orilla.
Asustada, dió unos pasos atrás, viendo al decrépito anciano que la manejaba y esperó a que se acercara para preguntar cuál había sido su destino. Pero en cuanto la barca chocó contra la rocosa orilla de aquel extraño río que no pudo terminar de observar, los oscuros ojos de Caronte se fijaron en la mujer y habló con una total frialdad, malhumorado porque creía que había sido en parte su culpa el escape de los titanes.
— El pago, ¿tiene el pago? —preguntó con tono agresivo. La mujer lo miró sin entender y por reflejo tanteó sus costados, sus piernas, miró sus manos. Nada.
La mujer se asustó más y negó, temiendo un poco lo que significaba no tenerlo. Al ver la sonrisa un poco macabra del barquero, temió aún más por su futuro. Este levantó el remo, como solía hacer para simplemente tirar las almas al río, pero cuando lo alzó y estuvo a punto de moverlo hacia el alma de la mujer, algo lo detuvo.
Frente a ambos, se alzó ahora la imponente figura del Dios del Inframundo. Rodeado por una espesa humareda negra por la aparición, con una mano alzada sosteniendo el remo, se encontraba en su forma divina. Con la piel grisácea, el cabello n***o confundiéndose con la humareda a su alrededor. Casi pudiéndose distinguir en la oscuridad, esbozó una muy leve sonrisa.
— Creo, Caronte, que podemos negociar el pago por esta ocasión.