Hades suspiró y negó varias veces con la cabeza. Zeus se llevó una mano al puente de la nariz y vió a Hera con un poco de fastidio. Hestia se aclaró la garganta.
— Hera, hermana, hoy es más importante lo que pasó con los Titanes que los malos hábitos extramatrimoniales de tu marido y hermano —comentó Hestia con calma, su voz sonó pacífica, pues era la única que podía apaciguar a cualquiera de sus hermanos menores—. Lo que importa ahora es volver a encerrarlos.
Hera finalmente se sentó, se vió menos tensa, pero no aflojó el ceño, viendo a Zeus de reojo con enojo. Era cierto que en aquel lugar habían muchos de los hijos de los otros amoríos de Zeus y aquello la enfureció. No comprendía porque Zeus la engañaba cuando ella siempre le fue fiel, así que dentro de ella había un cúmulo de dolor y rabia que la hacía actuar de aquella forma.
— Dejen terminar a Hades —agregó Hefesto algo fastidiado pues sabía que aquello significaba un montón de trabajo para él, tendría que construir mucho y quería saber cuál era el plan de acción para empezar a ejecutar su parte.
Aquello hizo que Afrodita rodara los ojos.
— Como si fueras de mucha utilidad, te la pasas metido en ese estúpido taller —contesto su ex esposa, antes se podía considerar que eran amigos pero desde que la habían castigado casándose con él, aquel sentimiento de amistad se tornó en rechazo. Hefesto era más tranquilo y solo la ignoró pues él la amó, a pesar de todo el daño que le causó.
Perséfone sintió algo de pena por el dios y quiso hablar pero Hefesto se adelantó.
— Si fuera Ares no dirías eso ¿Verdad? Pues tu ex amante, al igual que todos ustedes, dependen de mis creaciones.
— ¡BASTA YA! —alzó la voz con fastidio Hades y esta resonó por todo el castillo, que tembló y la luz se apagó por completo. Cuando todos guardaron silencio y voltearon a verlo, se aclaró la garganta con más tranquilidad, haciendo que el lugar volviera a iluminarse— A nadie le importa con quien se acostó quien, en verdad, a nadie. Hefesto es igual de útil que Ares o Atenea para la batalla. Ya que muchos aquí necesitan sus armas, incluso Ares. Y si queremos atrapar a los Titanes, también su forja para las cadenas al retenerlos.
Zeus parpadeó al escuchar a Hades y frunció el ceño.
— El Rey del Olimpo soy yo, Hades —comentó, enarcando una ceja a su hermano que solo lo miró directo a los ojos.
— Compórtate como tal entonces —replicó de inmediato y luego sonrió con superioridad, evitando demostrar lo que sentía antes—, además, no estamos en el Olimpo, ¿o si? Aquí reino yo y prefiero conservar el orden en lo que concierne a mi hogar.
Ante aquellas palabras, los ojos de Hestia brillaron y sonrió sin poder evitarlo. Como diosa protectora del hogar, aquellas palabras de Hades le agradaron y asintió dándole la razón, si para Hades el Inframundo y ese castillo eran su hogar, su deber era protegerlo también.
— Hades tiene razón, este es su hogar y bastante ha sacrificado al hacernos venir. Si él pudo tomar conciencia de la gravedad del asunto, lo mínimo que debemos hacer es lo mismo.
— Por favor, intentemos pensar que es un asunto de alta importancia —agregó Atenea algo molesta.
Por eso nunca se reunían todos, siempre discutían y nunca encontraban un punto medio o llegaban siquiera a un acuerdo, todo era discutido y refutado, muchas veces tomaban bandos que llegaban a peleas físicas, por ello era que se mantenían separados.
Zeus se mantuvo con el ceño fruncido, sin embargo, cuando miró a Atenea y ésta le dirigió una mirada reprobatoria, terminó asintiendo en rendición. La verdad es que hace mucho no estaba en el Olimpo pues ya no tenía nada que gobernar realmente. Miró a Hades con la expresión más seria que pudo mostrar.
— Bueno, ¿qué sabes de la fuga? —preguntó, prestando ahora su atención y tanto Atenea, como Ares, Artemisa y Apolo miraron a Hades. Estos dioses, expertos en batalla y estrategia no querían perderse nada, pues ellos seguro sabrían mejor afrontarlos.
— Sé que se dividieron los tres, pero puedo asegurar que Cronos está en Grecia —dijo mirando a Atenea, pues se fiaba más de sus tácticas—. Los otros dos tomaron las otras salidas del Inframundo, supongo que la de Egipto y la que da a Norteamérica, son las que conocen.
Atenea observó a Hades con atención y se notó en sus ojos azules como dentro de su mente pasaban cientos de ideas, comprobando la lógica de su tío en asimilar que los titanes tomaron las salidas que conocían y no las que desconocían para despistarlos. Finalmente, pensó que no podrían con lo último, puesto que pasaron años y el mundo sería muy diferente, mínimo tendrían que estar en un lugar en el que estuvieron para poder guiarse.
— Bueno, sí ellos se dividieron será mejor dividirnos —asintió Atenea luego de unos momentos, se la vió pensativa, concentrada en el plan de acción.
Ares se apoyó con fastidio en la pared, mirando con ligero desdén a Atenea y los demás. No importa lo que creyera él sobre cómo debían proceder, siempre le harían caso a ella.
— ¿Qué sabes de las salidas? —preguntó Artemisa, mirando a Hades.
— Bueno, la de norteamérica da al Smithsoniano, su entrada está dentro del museo—dijo de inmediato Hades.
— La de Egipto da al Cairo, nosotros ya la conocemos también —asintió Poseidón, Zeus sonrió con burla.
— Ustedes, que huyeron de Tifón, yo fui quien se quedó a pelear —corrigió Zeus, y por reflejo se tocó los tendones con sus pies, el dios de los mares rodó los ojos.
— Si, ese es tu trabajo, rey del Olimpo.
Heracles, que ya previó que se avecinaba otra discusión de poderes, coraje, etcétera, se apresuró a retomar el tema de los titanes.
— ¿Cómo los derrotaron la primera vez? —preguntó Heracles. Ares alzó una ceja con incredulidad mirando al joven pensando que él solo era un semidiós con la suerte de que Hera lo perdonara por intentar asesinarlo desde que nació.
— Con hecantoquiros lanzándoles cientos de piedras gigantes por tanda, pero ellos no son necesarios ahora —aseguró Zeus y para sorpresa del mismo, Hades asintió a su comentario.
— Así es, no tienen su energía como siempre, no pasaron el suficiente tiempo fuera del Tártaro, están débiles, tuvieron que gastar mucha energía en romper las cadenas y rejas —comentó explicó Hades mirando a Heracles. Zeus lo miró con interés, pues no se esperaba ese nivel de concordancia con él y solo se recostó más en el sofá en el que estaba.
Atenea escuchó con atención las explicaciones, alzando sus cejas a Zeus. Sabía que su padre tenía más resentimiento a Cronos y que dentro de la primera generación, junto con Poseidón eran no tan… estables.
— Bueno, si nos dividimos en equipos… de siete —murmuró Atenea dando un vistazo a los dioses presentes—. Dividiremos a nuestros tres líderes en un grupo para cada uno de los titanes… contra Cronos podrían ir Zeus… Heracles, Apolo, Artemisa —la miró con atención a esta y Artemisa asintió en su dirección, entendiendo el pedido junto con Apolo de mantener controlado aquel grupo—, obviamente Hera, Hécate, tu magia también sería de gran ayuda contra Cronos, y Afrodita.
Los nombrados asintieron y se movieron entre los demás para reunirse de un lado.
— Bueno, ustedes saben que Cronos está en Grecia… para los otros dos, no sabemos bien dónde está cada uno así que ambos grupos deben estar preparados para Japeto o Hiperión. Hades puede ir en uno con Ares y yo en otro con Poseidón, estaría equilibrado — continuó mirando a los que quedaban, Ares se alejó de su pared y se acercó con paso tranquilo a dónde se encontraba Hades—, obviamente Perséfone iría con él, Deméter también… Eros, Iris y Dionisio, los demás conmigo y Poseidón.
Perséfone arqueo una ceja, tenía una opinión al igual que los demás dioses a quien no les gustaba recibir órdenes, pero ella tuvo la madurez y sabiduría para guardarla y aguantar ser comandada, además de que agradeció que Atenea tenía la amabilidad de colocar a todos en grupos con los que estuvieran menos incómodos.
— No pongo objeción —dijo simplemente, le gustaba estar con su esposo y así poder cuidarlo durante las batallas, le daba más tranquilidad aquello.
— Por mi está bien —asintió Hades abrazando a su esposa, también agradeciendo la consideración de la diosa para colocarlos juntos y hacer que la mayoría estuvieran más tranquilos. Incluso lo fue con Ares, lo colocó en el grupo con Hades y el resto de dioses con los que no se llevaba tan mal.
A lo sumo, y como se pudo notar, Poseidón era el único no tan conforme con la distribución de los equipos, pues no tenía buena relación con Atenea, al contrario. Pero ésta, sabiendo lo que estaba a punto de comentar el hermano del medio, se adelantó a apaciguar las aguas, literalmente.
— Tu lideras, yo solo diré cómo podemos hacer y tú manejas todo el atraco, ¿mejor? —aseguró y arqueó una ceja esperando a ver si estaba de acuerdo con ella o tendría que ceder a más cosas.
— Mejor —asintió Poseidón pero aún viéndose no tan tranquilo con ella.
Por su parte Perséfone abrazó a Hades atenta a los demás dioses. No se confiaba de ninguno y la única vez que lo había descuidado en una situación parecida una ninfa llamada Menta le había coqueteado y Hades simplemente le había sonreído, aquello ella siempre lo recordaría pues la ira y los celos que sintió fue comparable a los de Hera, pero en esos años ella también había tenido esa ligera atracción por Adonis y Hades desde entonces no se sintió tan seguro de los sentimientos de su esposa hacia él. Eso más historias de que él la raptó junto con los comentarios de Deméter, lo habían llevado a dudar de si Perséfone quería estar con él realmente. Les costó a ambos el orgullo poder aclarar todo eso y seguir adelante.
Hades le devolvió el abrazo gustoso y buscó el confort de su cercanía, suspirando más tranquilo de tenerla. Lo único bueno de sus peleas y discusiones entre dioses, es que olvidaron básicamente poner algún tipo de penitencia o sanción a ellos dos por no evitar el escape de los titanes.
— Bueno, podemos tomar la salida de Norteamérica es la que nosotros dos más conocemos —comentó con calma a Perséfone, quería encargarse del problema y poder volver a la tranquilidad de su relación.
Ares se sentó cerca de ellos y los observó con atención.
— Bueno, ¿por dónde empezamos? —preguntó mirando a Hades, que aunque quería disfrutar un poco más de la cercanía de Perséfone suspiró levantando la vista para ver a su sobrino. Tendría tiempo para eso después.
Así fue como los equipos se juntaron entre ellos a decidir su plan de acción, así que los primeros en levantarse e ir al sótano para tomar la salida del Inframundo que les correspondía fueron Poseidón, que tomaron la salida a Egipto.
La noche había caído en Egipto, y aunque si bien las noches ya no eran lo mismo que en tiempos anteriores en el desierto, seguían siendo frías y se veían, incluso oían, igual de aterradoras que siempre.
Pero para Japeto fue difícil, la biblioteca no le fue de ayuda, pues no logró decidir cuál opción era mejor para pasar desapercibido y que les costase más encontrarlo. Si internarse en el desierto real o mantenerse en la ciudad entre la gente intentando camuflarse y usarla de escudo, pues bien entendía que los dioses no empezarían una batalla en plena ciudad arriesgando vidas humanas.
Entonces, había caminado hasta los límites antes de entrar de a poco al pleno desierto sin decidirse a salir a este, pues le parecía algo bajo caer en usar escudo humano y ponerlos en riesgo.
Había conseguido unas mantas y cobijas con un poco de sus poderes y encanto. Solo le faltaba comida, pero eso no fue tan fácil.
Cuando estaba por entrar a un mercado, sintió un rugido que pareció salir del mismísimo suelo bajo sus pies. Supo lo que venía a continuación pero no tuvo como prevenirlo, pues un segundo más tarde la tierra tembló con fuerza, no con la fuerza de un terremoto común, este era diferente, este era la ira de su sobrino siendo liberada en el Inframundo.
— Ya lo sabe… —murmuró para sí mismo, miró alrededor sobresaltado, y para ser el más calmado de los tres, su corazón latió con velocidad. Pues temió, no quería volver a esa prisión.
Corrió entonces con desesperación, necesitaba un lugar donde esconderse y pronto. Sabía que había más dioses que los seis que los enfrentaron antes, pero no sabía qué habilidades poseían ellos.
Debido al apuro, decidió quedarse en los límites de la ciudad. Halló una casa vacía, abandonada hace quien sabe cuanto y bastante cerca de la salida que daba al desierto. Se escondió allí, movió la cama vieja y desgastada lejos de la ventana y tapó todas estas como pudo, pues era consciente de las múltiples formas que tenía Zeus de entrar a los lugares. Pero en su caso no sería exactamente para tomarlo de forma carnal como a Danae, más bien mortal, diría.
Una vez entró y adaptó la casa, decidió no salir hasta la noche por comida y las formas para cubrir sus necesidades.
Sin embargo, inocente de que estaba siendo buscado por el equipo que tenía al dios sol, se acercó un poco a la ventana, para ver si había algún movimiento extraño afuera que le indicará que los dioses estaban cerca y tendría que esconderse en otro lado.
Nunca se había sentido tan tonto por algo, pues en el momento en el que se asomó, el sol brilló con intensidad y lo cegó por unos momentos. Se alejó de la ventana dando traspiés y cerró esta de nuevo para luego alejarse casi a tropezones de esta. Pues quien en realidad lo había cegado no fue solamente el sol.
El dios titán, Helios, representación del sol, que todo lo ve, había usado el poder con el que descubrió el amorío de Ares y Afrodita, y que vió el día en que Hades llevó a Perséfone al Inframundo. Helios lo vió, lo encontró y ahora nada podría evitar que llegaran hasta él.
Japeto no supo en realidad que había sido eso en un inicio. Pero sabía que eso no era algo normal. Los dioses estaban haciéndose presentes, demostrando que ellos tienen el poder, el control, que eran más, querían decirles y hacerles saber que si antes no pudieron ganarles, ahora no solo les sería imposible sino que para los dioses, sería como jugar a las escondidas.
Luego de pensarlo mejor, se maldijo por no haber pensado en Helios, que se unió a ellos como un dios y ahora los ayudaba a encontrarlo, atraparlo y encerrarlo o matarlo, de nuevo. Por lo que tuvo que esperar a que caiga la noche, como había premeditado, para moverse y buscar otro escondite. Al menos así tendría un poco más de tiempo.
— No tardarán mucho en venir —dijo para sí, pues solo estaba él en esa habitación. Diría en esa casa, pero no la había revisado, solo se quedó hacia esa habitación y no recorrió el resto, pues se había encerrado para poder calmarse primero.
Sin embargo, cuando fue a abrir la puerta para salir de aquella habitación, el techo sobre él se movió un poco, haciendo que algo de tierra y polvo de las vigas cayera. Por un momento se tensó, pensando que quizás ya habían llegado, pero cuando escuchó unos gemidos provenientes de la misma dirección sonrió con diversión.
— Evidentemente no estoy tan solo aquí —rió un poco para sí mismo y salió, quizás ellos tenían un poco de comida y no tendría que perder tiempo con eso.
Recorrió el resto de la casa, no se preocupó por tapear el resto de las ventanas pues ya lo habían visto.
Para su suerte, no había nadie más en la casa que la pareja de amantes que siguió fornicando en el primer piso. Intentó ignorarlos pues no eran más que simples mortales, y él no estaba en una situación como para detenerse a disfrutar de esos placeres, además tendría que irse apenas anocheciera y el sol se ocultara.
Mientras recorría, los gemidos, jadeos del goce de la pareja se hacían más audibles. Japeto apretó los labios, intentando hacer oídos sordos a los amantes. Hasta que llegó a la puerta dónde estos sonidos tan tentadores para un titán que hace milenios no escuchaba ni disfrutaba. Colocó una mano sobre el picaporte oxidado de la puerta, dudando si abrirla o no.
Miró de reojo la ventana y vió que estaba por ocultarse el sol. Cuando escuchó nuevamente un gemido, mucho más alto que los anteriores, se decidió finalmente a abrir la puerta.
La pareja se encontraba en el piso sobre una manta, el hombre se encontraba recostado con las manos en la cadera de la mujer mientras esta se movía arriba de este.
— ¿Les molesta si me uno? —preguntó con una sonrisa coqueta, apoyándose en el umbral de la puerta. Sus pupilas se dilataron pues veía de frente el cuerpo desnudo de la mujer.
La mujer dejó de moverse al oírlo y de inmediato levantó la vista mientras con los brazos intentó cubrirse los pechos. Pero al ver a Japeto, que tenía un cuerpo por demás espectacular así como los dioses, un rostro bellísimo y su cabello pelirrojo, bajó despacio las manos para mostrarse también pues aquel hombre le pareció irresistible.
— Para nada —dijo aquella mujer, que desde el punto de vista de Japeto, no se veía nada mal para estar revolcándose en un lugar como ese.
Pero el joven, que emitió todavía pequeños jadeos, al escucharla frunció el ceño, lo que le pareció divertido a Japeto, pues como todos en la mitología griega había participado en más de una orgía y era algo completamente común para él.
— ¿Perdón? —masculló irritado, pero la mujer lo vió y se levantó dejándolo en el piso desnudo.
— Si te molesta puedes irte —lo miró con diversión, mientras caminaba hacía Japeto algo encantada con la apariencia de este, pareció totalmente hipnotizada.
El muchacho se sentó frunciendo el ceño, furioso, dispuesto a pelearse con el hombre que se estaba llevando a su amante, pero al ver el tamaño de Japeto, se aclaró la garganta poniéndose pálido como un papel. Bajó la mirada cuando el titán lo vió, enarcando una ceja, un poco con burla, un poco con incredulidad, pues aunque Japeto era el más… decente, por así decirlo, de los tres, seguía siendo lo que era, por lo que el humano tomó rápidamente sus cosas y salió con rapidez.
Japeto logró convencer a la mujer, cuyo nombre descubrió que era Alice, de cambiar de ubicación antes de poseerla el tiempo que quisiera y así poder usarla como escudo cuando lo encuentren.
Cuando salieron, el último rayo de sol ya se había ocultado y Japeto se sintió más tranquilo, pues lograría tener ese tiempo extra. No sabía bien a dónde ir, pero Alice le mencionó que saliendo de la ciudad, antes de internarse en el desierto ella tenía una cabaña. Claro que la mujer se lo dijo con la intención de poder acostarse con el perfecto espécimen de hombre que tenía frente a sus ojos todo el tiempo que quisiera sin que se los molestara.
Para el titán eso le pareció más que perfecto, pero no exactamente por los mismos motivos.
Cuando llegaron, Japeto esperó algo muy bueno y refinado o muy lúgubre. Sin embargo, se encontró con una cabaña que no lograba encajar con ninguna de las dos cosas.
Era una cabaña simple, como cualquiera, algo confortable y parecía totalmente un hogar acogedor. Sin embargo hubo algo en el lugar que le causaba inquietud porque no lograba comprender que era, miró de reojo a Alice que se veía tranquila y segura mientras guiaba a Japeto hacia la cabaña y cuando abrió la puerta, descubrió que un delicioso olor a galletas inundaba el lugar.
— ¿Hay alguien más aquí? —preguntó Japeto ligeramente sospechoso, pero Alice negó la cabeza con tranquilidad.
— No, estamos solos —aseguró simplemente cerrando la puerta tras Japeto—, por aquí —agregó tranquila sin alterarse, pero Japeto casi la mata ahí mismo cuando observó el pequeño altar que tenía entrando a la sala.
Era un altar pequeño, con velas de colores específicos igual que la decoración de temporada, reconocía aquello y sabía que era típico de los celtas, o de los nórdicos.
— Es un altar a la diosa de las Pasiones —le dijo la mujer cuando se dio cuenta que Japeto veía de forma confusa el altar— es una diosa nórdica que fue mortal pero el dios Loki la ascendió como su esposa y diosa tras quedar perdidamente enamorado de ella…
Ante el discurso Japeto arqueo una ceja, conocía a los dioses nórdicos sin embargo aquella diosa no le sonaba de ningún lado e incluso consideró que era un mero invento humano y aquel altar era solo un bonito adorno simbólico más que tener realmente una finalidad.
— Claro… —dijo solamente para no parecer grosero ya que necesitaba la confianza de la humana, pero Alice sonrió con diversión.
Pensó en cómo saber si aquel altar le traería problemas y si le facilita a sus perseguidores ubicarlo.
— ¿Y tienen alguna relación con los griegos estos dioses? —preguntó, no sabía si se habían mezclado o relacionado pero sabía que podía pasar.
La chica, Alice, sonrió y soltó una pequeña risita, mientras asentía.
— Sabía que eras griego —dijo, pero luego caminó guiandoló a lo que era la habitación—. Si, cuentan que su amor era tan grande que atrajo al mismo Eros, para comprobar ese amor del que tanto escuchó… Eros los observó por un ventanal del templo del dios, en el que ella vivió el primer tiempo, y quedó tan encantado con el amor que emanaba de ellos y profesaban, que los bendijo para que sus almas estén unidas para siempre y se vuelvan a juntar en todas sus vidas —relató, sus ojos parecían brillar con emoción al contar esa historia, pero luego se encogió de hombros—. También se dice que Loki era amigo del dios del Inframundo, Hades y fue él quien le sugirió a este y Perséfone que su contrato de seis meses con Zeus y Deméter podía romperse, ya sabes, cosas de dios del engaño.
Japeto intentó no mostrarse alterado ante la mención de tres de sus sobrinos y cuando entraron en la habitación y ella cerró la puerta, hizo que un viento leve entrara por la ventana y apagara las velas del altar, pues era demasiado riesgoso para él. Intentó no pensar en la persecución que tenía y concentrarse en tener la confianza de la mujer, y le costó muchísimo eso, hasta que la mujer volvió a desvestirse acostándose en la cama y aquella necesidad que lo había superado cuando abrió la puerta de la habitación en aquella casa abandonada lo envolvió de nuevo.
— Espero que seas tan bueno como te ves, porque aquel muchacho no era malo.
Las pupilas de Japeto se dilataron y caminó hacia aquella mujer mientras se desvestía. Si volvían a atraparlo, al menos habría pasado una buena noche y se hubiera permitido un placer que durante milenios se le negó.