Ya estaba. Lo había echo. Lamentablemente mi rabia disminuyó considerablemente cuando los vi a ambos arrodillados en el piso. A mi hijo, porque ahora podía decir con toda propiedad que era mi hijo, y a su madre en el piso, mirándome hacia arriba como si les fuera a hacer algo malo. Yo no era así. Me había descontrolado al saber una verdad oculta por tantos años, que pudo haber cambiado nuestras vidas totalmente, pero yo no era así. Odiaba la violencia, odiaba el rencor. De echo, me arrepentí cuando tomé tan fuerte del brazo a Melissa, y sé, que aunque ella intentó aparentar lo contrario, por un momento ella me temió. Tampoco se lo comenté, pero eso también me había quebrado otro poco. ¿Cómo podría hacerle yo daño a esa mujer? Pese a mi mejor juicio, la amaba. Ahora no se lo diría,

