Capítulo 1
Era una noche fría en Manchester y yo solo llevaba una blusa de manga larga. Iba tarde a ese estúpido partido al que no quería ir en primer lugar, y olvidé tomar un abrigo. Desde el momento en que no encontré la llave de mi habitación de hotel, supe que era una señal para no asistir… o quizá para dejar de ser tan desordenada. Preferí creer en la primera.
Pero tenía que cumplir mi promesa: asistir a un partido entre el Manchester City y el Chelsea. Y aunque siempre me había considerado fan del Chelsea, ese en particular me dejaba un sabor agridulce. Era uno de los encuentros favoritos de mi padre, aficionado del City.
Para él, llegar tarde era casi un crimen, especialmente cuando se trataba de fútbol. Le gustaba ver cada segundo, incluso lo más insignificante. Recuerdo una vez en la que el personal casi nos echó por ser los últimos en abandonar el estadio. En ese momento me avergoncé; ahora lo recuerdo con una sonrisa.
Desde hacía un par de años asistía sola a los partidos, y compartir eso con alguien más… no me parecía correcto.
Por suerte, llegué a tiempo. Los equipos aún no salían a calentar. Las luces cegaban y la gente seguía buscando sus asientos. En medio del ruido y los colores enfrentados, me estremecí cuando un grupo comenzó a intercambiar insultos con otro. Solo eran palabras, pero aun así me incomodaron.
La tensión se disipó cuando las gradas estallaron en gritos y silbidos.
Los protagonistas del día habían salido al campo.
Desde mi asiento podía verlo todo. Era uno de los mejores lugares: un par de filas detrás del banquillo local y a pocos metros de los jugadores. Estábamos cerca, pero a la vez tan lejos.
A medida que avanzaba la noche, el frío aumentaba. Los ojos me lloraban y mis mejillas estaban rojas por el viento helado que golpeaba mi rostro. Temblaba tanto que los dientes me castañeaban; al día siguiente, sin duda, tendría la peor gripe de mi vida. Me abracé a mí misma y maldije no haber traído un abrigo. Esperaba, al menos, haber aprendido la lección.
Mientras me frotaba los brazos en un intento inútil por entrar en calor, levanté la vista y me topé con la de un chico. Sostuve mi mirada durante unos segundos antes de sonreír. Una sonrisa perfecta aún a la distancia.
Agradecí que el frío ya hubiera hecho su trabajo en mis mejillas; de otro modo, habría sido evidente. Me recorrió con la mirada una vez más y luego desapareció por el túnel a los vestidores.
Unos minutos después, los equipos regresaron al campo, listos para disputar los tres puntos. Ambos peleaban el liderato, y se notaba: habían convertido ese partido en el más esperado de la jornada… quizá de la temporada.
Intenté concentrarme en la alineación, pero algo —o alguien— volvió a distraerme.
El chico del equipo local. Me estaba mirando otra vez.
Se acercó a la barandilla que nos separaba. Ahora si, pude verlo mejor. La barba corta le enmarcaba la mandíbula, su cabello castaño en un corte casi perfecto resaltaba bajo su piel ligeramente bronceada. Era guapo en todos los sentidos posibles y lamenté no haberle prestado atención antes.
Cédric Ferreira.
Sabía poco de él: seleccionado portugués, nuevo refuerzo del Manchester City. Nada comparado con lo que sabía de los jugadores del Chelsea —Keith Blackwell o Memphis Kane—, de los que había estado enamorada como cualquier fan.
Pero con esa mirada fija en mí… quedó claro que Portugal no era solo Cristiano Ronaldo.
—¡Hey, tú! —gritó. Miré a mi alrededor para ver a quién se dirigía— ¡La chica de la blusa negra! ¡Ven aquí!
Insistió al ver mi confusión. Me señalé con cautela y él asintió.
Con pasos inseguros me acerqué a la barandilla.
—¿Sí? —pregunté, con la voz apenas firme.
El nerviosismo me recorría entera. Nunca imaginé que un jugador me hablaría, mucho menos estando tan cerca.
—Toma —dijo, extendiéndome un abrigo n***o—. Te estás congelando.
Claro que se notaba. Era la única idiota sin abrigo, temblando como si estuviera en medio de una tormenta. A mi alrededor, todos iban bien cubiertos: bufandas, chamarras, gorros… menos yo.
—Estoy bien. No hace tanto frío —mentí, sin aceptarlo.
Sentí algunas miradas clavarse en nosotros. Genial. Seguro esto acabaría en internet.
Él alzó una ceja, nada convencido.
—No mientas. Tienes los labios azules —sonrió apenas—. Y definitivamente no debería estar haciendo esto… así que no me hagas repetirlo.
Solté el aire resignada. Tenía razón.
—Gracias —murmuré, tomando el abrigo.
Cédric asintió apenas y volvió a su lugar en el banquillo, como si nada hubiera pasado.
Antes de ponérmelo, la etiqueta llamó mi atención. Era de una marca reconocida, claramente nada barata, y sin logotipos del equipo. Definitivamente era suyo.
Me lo coloqué y no pude evitar cerrar los ojos ante la calidez.
No había sido consciente de cuánto frío llevaba encima hasta que el abrigo —un par de tallas más grande— me cubrió. Pero no fue solo el calor lo que me envolvió, sino también su esencia. Cédric olía a algo peligroso: limpio, fresco, de esos aromas que permanecen incluso cuando la persona ya no está. Y, por un segundo, deseé que no fuera solo su abrigo el que me rodeaba.
El silbatazo del árbitro me devolvió a la realidad.
Cédric seguía en la banca, pero a medida que avanzaban los minutos, resultaba evidente que el partido pedía su entrada. El City necesitaba reforzar la defensa si quería contener al Chelsea, que generaba oportunidades sin lograr concretarlas.
En el segundo tiempo, el número seis —Ferreira— ingresó al campo.
Parpadeé, obligándome a volver a la realidad.
Le quedaba demasiado bien el uniforme. El short celeste se ajustaba a su cuerpo con una precisión peligrosa, y la camiseta marcaba un torso que dejaba poco a la imaginación. Se movía con una seguridad tranquila, como si no tuviera que demostrar nada… como si ya supiera que todos lo estaban mirando.
Incluida yo.
Intenté concentrarme en el partido, pero era inútil. Cada vez que el balón se acercaba a él, mi atención lo seguía sin permiso.
El partido fue intenso. Empate 2–2. Quedaban apenas unos minutos… y, para mi desgracia, me estaba muriendo por ir al baño. El viento no ayudaba. Hice un cálculo rápido: si me apresuraba durante el tiempo añadido, podría volver justo para ver el final… y devolver el abrigo.
Intenté darme prisa, pero al regresar a mi asiento supe que mis cálculos habían fallado.
Cuando regresé, las gradas ya estaban casi vacías. En el campo quedaban pocos jugadores… y ninguno era Cédric.
Resignada, salí del estadio y volví al hotel.
Frente a la puerta de mi habitación, busqué la llave en mis bolsillos… pero algo no cuadraba.
El abrigo. Tenía bolsillos interiores.
Metí la mano y saqué una pequeña caja negra con botones.
—Perfecto… —murmuré.
No solo tenía su abrigo.
También tenía la llave de su auto. Y ahora el problema era otro.
¿Cómo demonios iba a devolvérsela?