A la mañana siguiente, cuando tomé el celular de la mesita de noche junto a la cama, miré la llave. La observe pensando que lo menos que podía hacer era devolverla, pero la pregunta era ¿cómo? No sabía su número de celular ni dónde vivía. Lo único que tenía claro era que podía encontrarlo en el estadio o en el campo de entrenamiento. Pero ambas opciones parecían misión imposible, sin embargo, lo imposible era posible, así que empecé a vestirme. Me puse unos jeans, una sudadera y un gorro, me daba flojera peinarme pero no rizarme las pestañas. Mi abuelita me enseñó que nunca hay que salir sin al menos arreglarse las pestañas y pintarse los labios.
En el restaurante del hotel, mientras tomaba de mi vaso de leche consulté en Internet el itinerario del Manchester City para los próximos días. La página web oficial decía que tendrían una sesión de rehabilitación el domingo. O sea, hoy. Me tomé la leche de golpe y me dirigí al Etihad Campus, con la esperanza de encontrarme a Cédric.
Preocupada de si había tomado el camino correcto llegué a mi destino. Todo alrededor parecía desierto, yo era la única caminando por la banqueta mientras los autos en la autopista iban y venían. Atravesé el pasillo que la imagen de Google me mostraba para llegar al centro de rendimiento, donde seguro estarían los jugadores o eso me habían dicho las fuentes de internet.
Sentía que el corazón se me aceleraba a medida que me acercaba, no sabía si eran los nervios, el miedo a que me pillaran o lo fuera de forma que estaba. Porque ¡Dios!, era un largo camino para llegar al edificio. En el estacionamiento había unos cuantos autos, pero no de los simples, eran de los caros, dejándome claro que en efecto, si estaban en el centro.
En la entrada, las puertas se abrieron automáticamente e insegura entré en el lugar que desconocía. El edificio olía fresco y todo estaba impecable. Había un escritorio de roble oscuro a la entrada con el gran logotipo del equipo en la pared, unas cuantas plantas en cada esquina y dos caminos diferentes para tomar: derecha o izquierda. Me pareció extraño que no hubiera nadie en recepción ni siquiera un guardia de seguridad. Si había futbolistas profesionales, supuse que debían ser muy estrictos con la seguridad, al parecer estaba equivocada pues había sido muy fácil entrar.
Aun así, me aseguré dos veces que no hubiera nadie antes de elegir el camino de la izquierda. En el pasillo abundaban las paredes de cristal, la alfombra oscura estaba más limpia que mis tenis, los detalles claros y azules junto con los logotipos creaban un efecto minimalista y muy bien estructurado que me causaba vértigo. Nunca había estado en un lugar tan pulcro como este y mucho menos en las instalaciones de un equipo de renombre europeo. Ni siquiera en mis sueños más locos imaginé que tendría que infiltrarme en un lugar privado con la finalidad de encontrar al dueño de las llaves.
Esto no se le parecía a entrar a hurtadillas después de haber pasado la hora acordada un fin de semana de fiesta para no despertar a mi madre y llevarme el regaño de mi vida. Aquí no había madre que me diera con la chancla, pero me estaba arriesgando a algo pero. Me arriesgaba a que un guardia me descubriera mucho antes de que pudiera llegar a Cédric y me llevará detenida.
Pasé por delante de la sala de reuniones, la lavandería y, al final del pasillo, se encontraba el gimnasio. Mi corazón se aceleró y me comenzaron a sudar las manos ¿era ahí donde se encontraba el portugués? Inmersa en mis pensamientos recibí un pequeño empujón que me devolvió a la realidad.
—¿Quién eres? —dijo una voz masculina con marcado acento inglés. El chico me sostuvo del brazo para que no cayera y me soltó una vez recobré la postura.
Parpadeé un par de veces ajustándome a la luz y no tardé en darme cuenta de quién se trataba. Era el central inglés, Declan Ressler. Quien era mucho más alto y guapo de lo que parecía en televisión. Su estatura era imponente pero sus ojos azules eran tan intensos que te hacían sentir inferior—. ¿Te ha comido la lengua el gato? —torció los ojos desesperado. Era muy guapo, pero eso no le quitaba lo grosero.
—Lo siento —me disculpé para recuperarme del trance en el que me encontraba—. Soy Olivia... estoy buscando a Cédric.
Mi padre no se creería que en menos de 24 horas había conocido a dos futbolistas profesionales, y mucho menos que estaba en las instalaciones de su equipo favorito. Sentí una pequeña opresión en el pecho tras el recuerdo, como me gustaría poder contarle de esto y ver su reacción. Espanté aquel pensamiento, no era el momento para ponerse a llorar, había que encontrar a un portugués y ponerle fin a este lio en el que me había metido.
—Espera, ¿no eres tú la chica de la grada? —Me analizó de pies a cabeza, haciéndome sentir incómoda bajo esa inquisitiva mirada azul. Nunca nadie me había hecho sentir tan insignificante e insegura como lo estaba haciendo Declan. El chico no había dicho mucho pero su acto y su actitud arrogante eran suficiente para hacerme desear salir corriendo de allí y no volver.
—Sí... —murmuré nerviosa, jugando con mis manos.
—No está aquí —respondió con voz firme—. Te recomiendo que te vayas antes de que alguien te eche, ya que no deberías estar aquí —De todos las personas con los que me podía haber topado ¿justo tenía que ser él? ¿por qué no el entrenador o el dueño?
—Lo sé, pero necesito darle algo —me apresuré a decir.
No parecía importarle ni un comino lo que yo tuviera que hacer ahí. Y el entorno se estaba volviendo incomodo, al menos para mí. Él sabía el efecto que estaba provocando en mí porque esbozó una sonrisa maliciosa.
—No sé lo que es. Pero estoy seguro de que no es tan importante. Así que vete antes de que llame a seguridad —Me miró como si fuera una bolsa de basura, y yo estaba segura de que si mis piernas fueran más largas y delgadas que el resto de mi cuerpo no me estaría tratando así—, Cédric no necesita otra cazafortunas.
¡Yo no era ninguna cazafortunas! Sólo intentaba hacer lo correcto aun cuando era absurdo porque el portugués tenía dinero suficiente como para comprar veinte repuestos más. Tener la llave de un auto de lujo no me servía de nada, en cambio el abrigo podía volver a usarlo, por esa razón lo había dejado en el hotel. Lo consideré un regalo, y un regalo no se devuelve, por otro lado la llave no estaba incluida, había sido un error de Cédric que quería enmendar.
Fulminé con la mirada al inglés, tratando de calmarme y no hacer una escena ahí pero su arrogancia me hizo perder los estribos.
—¡No soy una cazafortunas, y no quiero tener algo que ver con él y este estúpido mundo! —Le lancé las llaves, que consiguió atrapar antes de que se cayeran—. Dale las pinches llaves de su auto que estaban en el estúpido abrigo que me dio —Me di la vuelta y salí de ahí.