Capítulo 2

987 Palabras
A la mañana siguiente, cuando tomé el celular de la mesita de noche, la llave volvió a llamar mi atención. La observé con detenimiento, consciente de que lo mínimo que podía hacer era devolverla. La verdadera pregunta era: ¿cómo? No tenía su número ni sabía dónde vivía. Lo único claro era que podía intentar encontrarlo en el estadio o en el campo de entrenamiento. Ambas opciones parecían imposibles… aunque, últimamente, lo imposible no dejaba de suceder. Así que me vestí. Me puse unos jeans, una sudadera y un gorro. No tenía ánimo de arreglarme el cabello, pero aun así me tomé el tiempo de rizarme las pestañas. Mi abuela siempre decía que una nunca debía salir sin, al menos, hacer eso y pintarse los labios. En el restaurante del hotel, mientras bebía un vaso de leche, busqué en internet el itinerario del Manchester City para los próximos días. Según la página oficial, ese mismo domingo tenían programada una sesión de rehabilitación. Dejé el vaso vacío sobre la mesa y me levanté de inmediato. Tomé mis cosas y salí rumbo al Etihad Campus, con la esperanza —quizá absurda— de encontrar a Cédric. Preocupada por si había tomado el camino correcto, llegué a mi destino. Todo a mi alrededor parecía desierto; era la única persona caminando por la acera mientras los autos circulaban a toda velocidad por la autopista. Atravesé el pasillo que había visto en imágenes para llegar al centro de rendimiento, donde, según diversas fuentes en línea, se encontraban los jugadores. Sentía cómo el corazón se aceleraba a medida que avanzaba. No sabía si se debía a los nervios, al miedo de que me descubrieran o a lo imprudente de mi decisión. El trayecto hasta el edificio era más largo de lo que había imaginado. En el estacionamiento había varios autos, pero no eran comunes: eran vehículos de alta gama, lo que confirmaba que los jugadores se encontraban dentro. En la entrada, las puertas se abrieron automáticamente y entré con cautela en aquel lugar desconocido. El edificio olía a limpio, a orden, a casi todo impecable. Un escritorio de roble oscuro dominaba la recepción, con el logotipo del equipo en la pared. Algunas plantas decoraban las esquinas y dos pasillos se abrían frente a mí: uno a la derecha y otro a la izquierda. Fruncí el ceño. No había nadie. Ni recepcionista. Ni guardia de seguridad. Nada. Tratándose de futbolistas profesionales, esperaba algo mucho más… controlado. Más difícil de atravesar. Pero no. Había sido ridículamente sencillo. Aun así, miré a mi alrededor una vez más antes de avanzar. Elegí el pasillo de la izquierda. Las paredes de cristal dejaban ver salas perfectamente ordenadas; la alfombra oscura estaba impecable y los detalles en tonos claros y azules, junto con los logotipos del equipo, creaban un ambiente minimalista que resultaba casi intimidante. Nunca había estado en un lugar así. Y definitivamente, no debería estar ahí. Ni siquiera en mis escenarios más improbables imaginé que terminaría infiltrándome en un espacio privado… con el único objetivo de encontrar al dueño de unas llaves. Aquello no se parecía en nada a entrar sigilosamente en casa después de una fiesta, intentando no despertar a mi madre para evitar un regaño. Aquí no había chanclas ni advertencias… pero el riesgo era mucho mayor. Podían descubrirme antes de encontrar a Cédric. O peor: sacarme de ahí sin dar explicaciones. Pasé frente a una sala de reuniones, la lavandería y, al final del pasillo, encontré el gimnasio. Mi corazón se aceleró y las manos comenzaron a sudarme. ¿Estaría ahí? Sumida en mis pensamientos, un leve empujón me devolvió a la realidad. —¿Quién eres? —preguntó una voz masculina con marcado acento inglés. El chico me sostuvo del brazo para evitar que cayera y me soltó en cuanto recuperé el equilibrio. Parpadeé un par de veces, adaptándome a la luz, y lo reconocí. El central inglés, Declan Ressler. Mucho más alto de lo que parecía en televisión. Su presencia imponía, pero eran sus profundos ojos azules los que realmente intimidaban. —¿Y bien? —añadió, impaciente. Podía ser atractivo, pero eso no disimulaba su brusquedad. —Lo siento —murmuré, intentando recomponerme—. Soy Olivia… estoy buscando a Cédric. Mi padre no habría creído que, en menos de veinticuatro horas, había conocido a dos futbolistas profesionales. Ni que estaba ahí, en las instalaciones de su equipo favorito. La idea me apretó el pecho. La aparté de inmediato. —Espera… —me observó con más atención—. ¿No eres tú la chica de la grada? —Sí… —respondí, entrelazando las manos. Su expresión cambió apenas. —No está aquí —dijo con frialdad—. Y tú no deberías estar aquí tampoco. Será mejor que te vayas. —Lo sé, pero necesito darle algo —me apresuré a explicar. No parecía interesado en lo más mínimo. El ambiente se volvía cada vez más incómodo. Él era plenamente consciente del efecto que provocaba, porque esbozó una sonrisa cargada de desdén. —No sé qué será, pero dudo que sea importante. Márchate antes de que tenga que llamar a seguridad —Hizo una pausa, evaluándome de nuevo casi con desprecio— Cédric no necesita otra oportunista. Sentí cómo algo en mí se tensaba. No era ninguna oportunista. Solo intentaba hacer lo correcto, aunque sonara ridículo. Tener la llave de un auto de lujo no me servía de nada. El abrigo… ese lo había dejado en el hotel. Podía quedármelo. Pero la llave no. Le sostuve la mirada, conteniendo lo que ya empezaba a hervir. —No soy ninguna oportunista —dije, firme—. Y no quiero nada de él… ni de este mundo. Saqué las llaves y se las lancé. Las atrapó antes de que tocaran el suelo. —Entrégaselas. Estaban en el abrigo que me dio. No esperé respuesta. Me di la vuelta y salí de allí.
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