Capítulo 3

902 Palabras
Supuse que había hablado demasiado alto porque, en mi huida, escuché las puertas del gimnasio abrirse y algunas voces detrás de mí. No me detuve. No pensaba hacerlo. Solo quería salir de allí lo antes posible. Pero, para mi mala suerte, a mitad del estacionamiento, una voz firme me alcanzó. —¡Espera! —Lo ignoré y seguí caminando. Seguro era el idiota de Declan, viniendo a disculparse después de que alguien lo hubiera puesto en su lugar. No me interesaba. Ya me había dejado claro qué tipo de persona era. Muy guapo, sí. Gran jugador, también. Pero eso no lo convertía en buena persona. ¿Dónde estaba el chico humilde que la gente decía que era? —¡Espera! —insistió. Me detuve en seco. —¿¡Qué!? —respondí girando con molestía y entonces lo vi. Cédric. La sangre se me fue al suelo y el calor me subió de golpe al rostro. Acababa de reaccionar como una grosera… frente a él. Se acercó hasta quedar a mi lado, en medio del estacionamiento. Sin el ruido del estadio ni la multitud, se veía distinto. Más relajado. Era mucho más alto de lo que imaginaba. Su piel, ligeramente bronceada, hacía que sus rasgos y su complexión resaltaran aún más. Llevaba el uniforme de entrenamiento: short azul claro y una camiseta blanca sin mangas que dejaba al descubierto sus brazos, marcados y tensos. El sudor le recorría la frente, confirmando que venía directamente del entrenamiento. —Siento lo de Declan —dijo—. Tiende a ser… complicado con la gente que no conoce. Asentí apenas, pero mi atención se desvió cuando tomó el borde de su camiseta para secarse el sudor revelando apenas una parte de su trabajado abdomen. Error. Un grave error. Aparté la mirada de inmediato, carraspeando para recomponerme. —Solo quería devolverte tus llaves —respondí, más brusca de lo que pretendía—. Era lo mínimo después de lo que hiciste por mí. Hice una pausa, intentando recomponerme. La molestia seguía ahí, aferrada, repitiendo las palabras de Declan como un eco incómodo. Otra oportunista. Desde cuándo hacer lo correcto se había convertido en algo sospechoso. —No esperaba que me trataran como si fuera una cazafortunas —confesé. —Lo sé… y lo siento —dijo, pasando una mano por su nuca—. Solo quería darte las gracias. Pensé que no las recuperaría… y que la agencia tardaría días en reponerlas. Asentí apenas. Había algo en él que no terminaba de encajar. El leve movimiento de sus manos, la forma en la que evitaba sostenerme la mirada por demasiado tiempo, resultaba extraño. No parecía el tipo de persona que se ponía nerviosa con facilidad. No alguien acostumbrado a miles de ojos encima. Y definitivamente, no alguien que pudiera intimidarse por mí. —No es nada —murmuré. El silencio se instaló entre nosotros por un segundo— Bueno… fue un placer conocerte —añadí, bajando la mirada apenas—. Y gracias. No te lo dije antes, pero me salvaste de congelarme. Probablemente también de enfermarme. Soltó una risa baja. —Lo volvería a hacer —respondió, directo. El corazón me dio un pequeño vuelco. Y eso fue exactamente lo que me obligó a tensarme. Porque no debía reaccionar así. Aparté la mirada un segundo, incapaz de sostener la suya. Solo atiné a darle una media sonrisa y despedirme con la mano antes de darme la vuelta y seguir con mi camino. Aunque sus palabras no habían sido un cumplido, no estaba acostumbrada a ese tipo de respuesta, directa. Nunca sabía cómo reaccionar o responder a ellas. No era experta en hombres y mucho menos en halagos pero ¿era esa una manera de coquetear? Esperaba que no, porque tenía novio. Daniel, un buen chico con buenos sentimientos, o al menos me quería por quien era y no por mi físico. A quien quería mucho y con el que llevaba más de dos años de relación. Y yo no era el tipo de chica que alguien como Cédric Ferreira elegiría. Eso era evidente. Él pertenecía a otro mundo. Uno en el que yo no encajaba. Di un par de pasos más, escuchando el sonido de mis propias pisadas perderse en el silencio del lugar. El sol brillaba resplandeciente entre un cielo azul, las nubes apenas visibles parecían ser nuestras únicas compañeras. —¡Espera! ¿No me vas a decir tu nombre? —preguntó. Me detuve. El viento volvió a soplar, más suave esta vez, moviendo algunos mechones de mi cabello mientras giraba lentamente sobre mis talones. El estacionamiento seguía casi vacío. El eco lejano de alguna puerta cerrándose y el murmullo apagado del edificio eran lo único que rompía el silencio. Una corriente de aire frío cruzó el espacio, levantando ligeramente el borde de mi sudadera y obligándome a encoger los hombros. Sostuve su mirada un par de segundos, debatiendo si realmente debía decirle mi nombre o inventar uno. —Olivia —respondí, finalmente. Asintió como si así pudiera grabarlo. —Bien, Olivia. Necesito tu ayuda —habló de nuevo, su fuerte acento rompió el silencio. —¿Mi ayuda? —repetí, frunciendo ligeramente el ceño. Lo observé con cautela. No lo conocía lo suficiente como para saber qué esperar. Respiré hondo, obligándome a mantener la cabeza fría. No iba a dejarme impresionar tan fácilmente—¿Para qué? —pregunté, cruzándome de brazos.
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