No respondió y solo alzó la llave del auto.
—¿Se te olvidó cómo conducir o qué? —me burlé.
Cédric esbozó una media sonrisa.
—Si conducir dos autos al mismo tiempo cuenta cómo olvidarse a conducir… entonces sí —No pude evitar soltar una risa y preguntó— ¿Tienes licencia?
—Sí —respondí, aunque su tono ya me daba una idea de por dónde iba esto.
—Bien. Me cambio y nos vamos.
Se giró para regresar al edificio, pero lo detuve antes de que diera dos pasos.
—No voy a volver ahí dentro… —dije cruzando los brazos.
No pensaba cruzarme otra vez con su amigo. Ni con nadie. No pensaba en complicar más las cosas y tener que dar explicaciones. En especial en como una desconocida se encontraba en las instalaciones. Ya tenía demasiados problemas, y todo parecía complicarse con cada minuto que pasaba. Cédric me miró un segundo, evaluando si insistir valía la pena. No lo hizo.
Asintió y se dirigió hacia uno de los autos estacionados. Abrió una camioneta de lujo gris oscuro y me hizo un gesto para que me subiera y esperara ahí.
—No tardo —dijo antes de marcharse.
No protesté y me subí, dentro seguía oliendo a auto nuevo. Los detalles y acabados de los interiores, la pantalla en alta resolución del tablero, los logos bordados y los asientos de piel. Solté un silbido bajo, no había manera que yo pudiera pagar una camioneta de este nivel. Un lujo, eso era, uno que no sabía si algún día podría cumplir.
Suspiré resignada, acomodándome en el asiento. Esperar por él se estaba convirtiendo en la tarea más difícil. Si había algo que odiaba era esperar, me producía ansiedad e inseguridad. Cuando quedaba con amigos en algún sitio me daba miedo que no aparecieran. Miré el reloj. Cinco minutos, luego diez. Y, sin darme cuenta, ya estaba imaginando que me había dejado ahí. Que todo esto había sido una mala idea. Que…
La puerta del conductor se abrió de golpe, sacándome de mis pensamientos. Cédric se acomodó en su asiento como si nada hubiera pasado.
—¿Lista? —preguntó encendiendo el motor.
No respondí. Solo asentí, aún recuperándome. Avanzó hacia el estacionamiento del estadio, que estaba conectado con el resto del complejo. El trayecto al estadio fue corto. No más de cinco minutos. El campo de entrenamiento estaba conectado con el complejo principal, así que bastó con un par de señas a los guardias para que nos abrieran el paso. Al detenerse, señaló hacia el fondo del estacionamiento. Era el único auto ahí y aun así parecía dominar el lugar. Otro auto, otro modelo y otra marca completamente diferente a la camioneta. Un sedan n***o mate, imposible de ignorar. Como si uno no fuera suficiente.
—Ese es el mío.
Tragué saliva.
—¿Quieres que… lo maneje? —pregunté lo evidente.
—Para eso pregunté por tu licencia. —Me tendió la llave, como si no fuera la gran cosa.
La tomé entre mis dedos disimulando mi nerviosismo.
—Sí… claro —mentí.
Bajé de la camioneta intentando parecer segura, aunque por dentro no tenía idea de lo que estaba haciendo. Nunca había manejado un auto así. Ni siquiera uno parecido, pero tampoco iba a admitirlo. Reconocer que nunca me había subido a un auto así era un golpe a mi orgullo más que cualquier cosa.
Rodeé el vehículo y me senté al volante, observando el tablero como si fuera otro idioma.
—Genial… —murmuré para mí.
Nada de llave, solo botón. Claro. Los autos último modelo ya casi se conducían automáticamente. Solté el aire retenido más por frustración. Y recordé vagamente algo que un amigo me había explicado alguna vez. Pie en el freno… y luego el botón.
—De acuerdo, no puede ser tan difícil —Volví a alentarme y seguí los pasos.
El motor rugió, confirmando que había hecho algo bien. Bien… ¿y ahora qué? Busqué la palanca de cambios en la consola central, pero lo único que encontré fue una pantalla enorme y una fila de botones que no tenía idea para qué servían. Aquello tenía más funciones que una nave espacial. Cómo algo tan sencillo, podía ser tan complicado.
Moví lo que parecía ser la palanca con la esperanza de ponerlo en marcha, pero algo cambió en la pantalla. Me quedé helada. ¿Ya lo había descompuesto? Genial. Perfecto. Maravilloso. Porque, claro, nada como arruinar un auto que no podría pagar ni vendiendo mi alma.
Me incliné un poco, revisando cada botón, cada símbolo, buscando alguna pista.
La puerta del conductor se abrió de golpe. Di un pequeño salto.
—¡Dios! —me llevé una mano al pecho—. Me has dado un susto de muerte.
—La palanca está aquí —explicó, señalando cerca del volante. Como si ya supiera cuál era el problema—. Hacia arriba para avanzar. Hacia abajo para reversa —Hizo una breve pausa antes de añadir—Y ese botón es para parking.
Asentí, sintiendo cómo el calor me subía al rostro y agradecída de que Cédric no recordara la burla de hace unos minutos. Claramente, la que parecía no saber conducir, era yo. Ni siquiera podía hacer algo tan básico como ponerlo en marcha. Después de su mini lección, logré finalmente hacer que el auto avanzará. Los primeros metros fueron… cuestionables.
El acelerador era demasiado sensible. El freno también. Cada toque era un pequeño tirón o una frenada brusca que me hacía tensar los hombros.
Por suerte, Cédric iba delante. Y esperaba que no estuviera prestando demasiada atención. Poco a poco, fui encontrando el ritmo. Y entonces… lo sentí. El auto era una locura. Ligero. Suave. Preciso. Prácticamente se conducía solo, yo solo tenía que supervisar y hacer los altos correspondientes. Las luces del interior cambiaban de color, el parabrisas proyectaba la velocidad y los asientos se ajustaban como si supieran exactamente cómo sostenerte. Un auto personalizado desde los rines hasta los cinturones, de un rojo brillante. Era ridículamente perfecto. Nada que ver con el Versa de Daniel. Esto… esto era otra cosa.
Como si estuviera conduciendo algo que no me pertenecía. Algo que nunca me pertenecería. Un universo completamente distinto.
Veinte minutos después, llegamos a su casa. No era la mansión ostentosa que había imaginado. Era más simple. Tenía un pequeño jardín, con un camino de piedras que llevaba a la puerta principal, la cual estaba rodeada por un marco de cristal que dejaba ver un poco el interior. En el otro extremo se encontraba la puerta del garaje que Cédric abrió para que me estacionará. Dentro había otro auto un poco más discreto, aunque seguía siendo de lujo no se comparaba con los otros dos.
Me estacioné con cuidado, conteniendo el aliento y apagué el motor. Listo, lo había logrado. Sana y salva, sin ningún rayón y con las cuatro llantas en su lugar. Abrí la puerta para bajar… y la golpeé accidentalmente contra una pila de cajas. Cerré los ojos un segundo maldiciendo internamente. Apresurada le extendí las llaves nerviosa, ya no quería tener esa responsabilidad entre mis manos. Cédric no las tomó de inmediato. Su mirada pasó de mi rostro a mi mano, como si evaluara algo más. Luego dio un paso al frente y las tomó con calma, rozando apenas mis dedos. Un gesto mínimo. Pero suficiente para hacerme tensar.
—Gracias… otra vez —añadí, incómoda—. Y… bueno… adiós.
Levanté la mano en una despedida torpe. No éramos amigos. No había reglas claras para esto. Pero su expresión cambió. Alzó una ceja.
—¿A dónde crees que vas? —preguntó.
Parpadeé un par de veces confundida.
—¿Cómo que…?
—Te llevo a casa —añadió, como si fuera obvio.
Abrí la boca para protestar, pero algo en su tono me detuvo. No estaba preguntando.
Suspiré, tragándome el orgullo y resignada dije:
—Está bien.