Los primeros minutos del viaje fueron silenciosos, nadie hablaba y solo se escuchaba en el fondo la melodía de Take Care of You, era una de las muchas canciones que me gustaban de One Republic. Un poco nostálgica disfrazada con la alegría de la música pop pero para mí hablaba sobre la importancia de llevar un amor equilibrado que en pocas palabras se resumía en el dicho “para recibir hay que dar”. Era una canción relajante que te llevaba a la reflexión, y yo no era la única que la estaba disfrutando. A mi lado Cédric daba pequeños golpes con sus dedos al volante siguiendo el ritmo; pero el silencio y la melodía no iban a durar para siempre.
—¿Dónde vives? —preguntó, llamando mi atención.
Me moví un poco incómoda en mi asiento, no quería que Cédric supiera que me alojaba en un hotel. Tal vez, con solo mencionar el nombre del hotel se escandalizaría al no ser una de las mejores zonas. Aun así, dije la verdad.
—Vivo en Londres, pero me hospedo en un hotel.
—¿Has hecho el viaje solo por el partido? —preguntó curioso, pero antes de que pudiera responder mi estómago gruñó, y recé para que no lo hubiera escuchado. La suerte no estaba de mi lado—. ¿Qué te gustaría comer? —Me observó, esperando alguna sugerencia de mi parte, pero estaba preocupada maldiciendo por el hecho de que solo llevaba un vaso de leche en el estómago.
—No tengo mucha hambre —Moría de hambre, tanto que comería pescado crudo si fuera necesario.
—Eso no es lo que dijo tu estómago —alzó la ceja y después volvió la vista a la carretera. Los ojos color miel de Cédric parecían más claros bajo la luz del atardecer. Incluso cuando parecía cansado, se esforzaba por cumplir su palabra. Resignada a que no me iba a dejar en el hotel sin antes llenar mi estómago, me encogí en mi asiento cruzada de brazos como niña chiquita que hizo su berrinche y no cumplió su objetivo.
Se estacionó fuera de un restaurante desconocido para mí, pero que parecía de los más exclusivos de la ciudad. Con la simple fachada característica de la arquitectura japonesa, los detalles elegantes, minimalistas y el letrero con luces neón te dabas cuenta el tipo de clientela que tenían.
—Espero que te guste la comida japonesa —dijo abriendo la puerta para dejarme pasar.
Dentro el lugar estaba un poco oscuro iluminado por unas cuantas lámparas, algunas puertas de bambú, había una pared cubierta por enredaderas y las mesas eran pequeñas. También había dos barras; una para bebidas del lado derecho y la otra por lo que pude ver cuando pasamos por delante parecía que preparaban algunos platillos. El hambre había maximizado mis sentidos, en especial el olfato porque los aromas de la comida sólo hacían que me rugiera más el estómago.
—Claro —mentí.
Pinocho a estas alturas estaría decepcionado conmigo por la cantidad de mentiras que había dicho en menos de un día, aunque en mi defensa eran mentiras piadosas. Nunca había probado la comida japonesa y me daba vergüenza admitirlo, creía que era muy ñoño de mi parte, siendo que era la comida favorita de muchos.
Uno de los meseros nos dirigió a una mesa un poco apartada de la vista de los demás y nos entregó los menús. Tan solo le eche un vistazo y me arrepentí de no haber prestado atención en la feria internacional de la clase de geografía o por lo menos de haber ignorado la exposición de j***n porque no entendía el menú. Literal, todo estaba en japonés, aunque tenía su traducción en letras más pequeñas no me servía de nada si no sabía lo que era Nigiri o Sake.
—¿Estás lista? —preguntó Cédric bajando su menú y dando un trago al vaso de agua que el mesero había dejado hace unos minutos. Me retorcí nerviosa, por un momento iba a aplicar ordenar de derecha a izquierda, ver que era lo más costoso del menú. No porque me quisiera aprovechar de la oportunidad, sino porque si era costoso era bueno ¿no? Al no obtener respuesta sugirió—: Puedo elegir y compartir si aún no te decides —Asentí de inmediato.
Mientras el mesero tomaba la orden me di cuenta que las personas a nuestro alrededor vestían sus mejores prendas. Y aun cuando agradecía haber seguido el consejo de mi abuela, seguía desentonando en ese lugar. Era la única loca con gorro, mientras que las de más llevaban su cabello bien peinado y la mejor técnica de maquillaje. Por suerte el atuendo de Cédric tampoco era ad hoc, su conjunto deportivo y sudadera nos hacía ver como si acabáramos de salir del gimnasio, solo que él con cualquier cosa se miraba bien. Mientras mi acompañante ignoraba a las personas a mi alrededor, encogí mis pies cuando una chica a un par de mesas observó mis tenis un poco sucios y me dio una cara de desaprobación.
—Entonces, ¿Olivia? —Asentí con la cabeza— ¿Qué te ha traído a Manchester? No creo que hayas venido hasta aquí sólo por un partido —inquirió.
Agradecida con el de arriba porque él comenzara la conversación, no se me daba para nada bien entablar una, siempre hacia los momentos más incomodos de lo que eran.
—Le prometí a mi padre que asistiría al partido Manchester City contra Chelsea —tomé un trago de mi bebida para esconder el nudo que se me estaba formando. Decir mi promesa en voz alta dolía, dolía más que golpearte el dedo pequeño del pie.
No tuvimos una muy buena relación, tal vez por la distancia pero me daba gusto haber pasado los últimos años con él. Siempre se había preocupado por mí, por mi bienestar y que no me faltara nada, se merecía pasar un tiempo con su hija y enseñarme cosas que desconocía y que ahora amaba.
—¿Así que eres fan del City? —Sus ojos se iluminaron ilusionado, pero yo era experta rompiéndolas.
—No te emociones, blue is the colour —Soltó una pequeña risa incrédulo—, pero mi papá sí… digo, era.... Falleció. —Su sonrisa se desvaneció, se puso blanco como papel tras mis palabras, y sus ojos ahora reflejaban lástima. De inmediato cambié el tema, no quería tocar o abrir una herida que aún no sanaba por completo y que él no tenía por qué saber los detalles—. Y tú, ¿qué te hizo elegir Manchester entre todas las demás ofertas?
—Necesitaba nuevos retos, y de las cinco mejores ligas, la liga inglesa es la que tiene el calendario más ajetreado…—el papel se había invertido, ahora el incomodo era él—, y era la opción perfecta para mantenerme distraído y ocupado.
—¿Estabas huyendo de algo... o de alguien? —Lo reté con la mirada, analizando cada centímetro de su bello rostro, y pude ver que era mucho más de lo que decía la prensa. Era algo más que el tipo carismático, apasionado por el equipo y un buen capitán que se preocupaba por sus compañeros y por su afición. Cédric Ferreira era un misterio que se escondía tras esa fachada de chico guapo.
—Tal vez —Se encogió de hombros, pero mi intentó por hacerlo sentir incomodo, fracasó, porque soltó todo aquello que le intrigaba como si fuera coro—: ¿Trabajas, estudias o a qué te dedicas? ¿Cuántos años tienes?... ¿novio? —interrogó.
—¡Epale! Tranquilo, ¿qué eres? ¿policía? —bromeé, había hecho más preguntas que un niño de cuatro años.