Capítulo 6

1340 Palabras
Por suerte, nos interrumpió el mesero con nuestra comida ¡Salvada por la campana!, pensé. No tendría que responder a aquellas preguntas que solo lo llevarían a conocerme y no tenía caso que lo hiciera, siendo que una vez me dejará en mi hotel, no nos volveríamos a ver. —Provecho —dijo el mesero, antes de alejarse. Los ojos casi se me salían, era demasiada comida, aunque eran porciones pequeñas creía que era demasiado para nosotros dos. Del cual entre todo el festín solo conocía los rollos de sushi que todos decían eran exquisitos, de lo demás no tenía ni idea y no estaba segura que fueran de mi agrado sobre todo aquellos platillos extraños en los que tenían algún pescado crudo. —Creo que esto está crudo —Señalé los trozos de atún y salmón en un plato con salsa de soja. —Es sashimi, y se supone que se come así —tomó un pedazo y lo llevó a su boca. —¡Oh! —dije insegura, pero igual mi hambre era más que mi asco por el pescado crudo y si él lo había comido sin ningún problema. Entonces yo también podía.— ¿Dónde está mi tenedor? —Observé cada rincón de la mesa, pero solo encontré palillos. —¿No sabes usar los palillos? —alzó una ceja. —No —Sentí mis mejillas ruborizarse. Que patética me sentía pero para comer tacos no los necesitaba mucho menos para comer enchiladas. La gente como yo comía con cubiertos y no con palillos para tardar una eternidad y que la comida se enfriara. Además de que era un don, comer con palillos era dominar una técnica que solo aquellos pacientes y perseverantes lograban conquistar. Claro estaba que yo no pertenecía a ese club. La paciencia no era mi virtud. —Es una lástima porque aquí no hay tenedores —respondió con seriedad mientras se llevaba otro bocado a la boca. —¡¿Qué?! ¿Es una broma? —Su silencio y su rostro inexpresivo no me lo negaban pero tampoco me lo afirmaban—. Entonces, tendré que comer con las manos… —Estiré mi mano dispuesta a tomar un rollo de sushi. Después de todo ¿qué más podía perder? Las personas a mi alrededor ya me juzgaban por mi apariencia, pues ahora les iba a dar para que hablaran a gusto. No me sorprendía que siendo un lugar tan elegante no tuvieran cubiertos pues aquellos que venían se miraba que eran personas con dinero y que si podían dominar el mundo de las finanzas podían dominar unos simples palillos. —¡No! ¡Espera! —me interrumpió, tomando mi mano para que no siguiera con mis barbaridades—. Estaba bromeando, te voy a pedir un tenedor —dijo riendo y llamando al mesero. Sentía mis mejillas arder, deseando que la tierra me tragara y me escupiera en otro planeta. Yo sola me estaba dejando en ridículo, primero no sabía cómo poner en marcha el auto y segundo esto. Por estas acciones era que mi tía se avergonzaba y decía que así nunca brillaríamos en sociedad. Al principio la subestimaba y la llamaba exagerada, pues no pertenecíamos a la alta alcurnia, pero ahora entendía y me quedaba más claro que el agua todo su dramatismo. Nos quería ahorrar vergüenzas como estas, quería que no pareciéramos cavernícolas comiendo con nuestras manos mientras hacíamos nuestro cochinero como niño de dos años. Pero la verdad era que si nunca había aprendido a comer mango sin hacer un chorreadero y terminar con la cara toda embarrada, dudaba que pudiera cambiar. —No puedo creer que estuvieras a punto de comer con las manos...—negó con la cabeza. Me estudió durante unos segundos repasando los últimos actos y añadió—: No has probado la comida japonesa antes, ¿verdad? Me había descubierto. —No... es mi primera vez —susurré avergonzada. Parecía incrédulo, pero le había dado todas las pruebas para descubrirme, y que era una terrible mentirosa. —Me alegro de ser tu primera vez —dijo con descaro y casi me atraganto con mi propia saliva. Este no era el tipo de primera vez que me gustaría con Cédric pero por algo se empieza. Aunque no servía de nada mantener altas esperanzas y disfrutar el momento porque esta era la primera y última vez juntos. Cuando el camarero volvió con mi tenedor me hizo probar el sashimi. La textura no era mi favorita, se sentía extraña, un poco chiclosa. El pescado y sus derivados no eran mis favoritos, odiaba el sabor a mar, pero esto era diferente. Las salsas y el limón eliminaban el sabor desagradable y salado del mar, dejando un gusto agradable. No era mi platillo favorito, pero sin duda lo volvería a probar. —Está... bueno —mascullé. —¡Te lo dije! —expresó, con un brillo en los ojos. Durante el resto de la comida hablamos de cosa más banales que personales, lo cual me relajó, y me hizo sentir menos incomoda además lo que consideré como mucha comida había desaparecido, Cédric era de muy buen diente. Pidió la cuenta indicando que pagaría con tarjeta. Cuando el mesero hizo el monto en la terminal y Cédric introdujo su firma electrónica la maquina hizo un pequeño sonido. —Lo siento, Sr. Ferreira pero su tarjeta ha sido rechazada. ¿Quiere volver a intentarlo? —Sí, por favor —se retorció incomodo en su asiento. El mesero negó con la cabeza—: Rechazada de nuevo. —¿Cómo es posible? —murmuró. Estaba avergonzado y yo confundida cómo era posible que a alguien que tenía millones le rechazaran la tarjeta. Las personas otra vez murmuraban sobre nosotros, ya había sido suficiente de tanta puñalada. —Yo pago —Ofrecí para ayudarlo y saqué mi cartera. Intentó objetar pero tomé la cuenta. Lloré en mi interior cuando miré el importe y casi me arrepentí. Era el restaurante más caro que había asistido, esperaba que mis ahorros fueran suficientes para cubrirlo. Este restaurante no era ni la mitad de lo que había pagado cuando había invitado a toda mi familia a cenar. Firmé la cuenta y me levanté de la mesa. Cédric me siguió colocando su mano firme en la parte baja de mi espalda. Su acción me tomó por sorpresa, pero el calor de su mano me hizo sentir de una manera que nunca antes había sentido: segura. Me abrió la puerta del pasajero, le di las gracias entre dientes y se subió en el asiento del conductor. Cédric era en definitiva un caballero. —Siento mucho lo que ha pasado —sacó su cartera, revisó la tarjeta y de la nada soltó una carcajada. Lo observé preguntándome si se había vuelto loco, no me daba alguna explicación o alguna pista para entender cuál era el chiste. Aunque su risa era como música, suave y tranquilizadora me preocupe un poco. Después de unos segundos, recuperó el aliento y se explicó—. Está caducada... la tarjeta técnicamente caducó ayer porque hoy es primero. —¿No revisas tus tarjetas? —pregunté arqueando una ceja. No creía que fuera tan despistado como para no comprobar la fecha de caducidad de sus tarjetas. —Supongo que se me olvidó, no importa, igual te devolveré el dinero —volvió a guardar la cartera en su bolsillo. —Está bien, no tienes que hacerlo —hablé con seguridad. Por primera vez quería parecer la chica que también podía pagar la cuenta, aunque el lugar fuera mucho más elegante y caro de lo que yo hubiera elegido. Igual valía la pena, si la compañía era Cédric Ferreira. —No era una pregunta —puntualizó y arrancó el auto. Saqué mi celular y abrí Google Maps con la dirección del hotel. No conocía las calles de Manchester y él tenía muy poco en la ciudad, convirtiéndonos en dos turistas. Aunque no lo culpaba, porque todavía me costaba aprenderme algunas direcciones y siempre acudía al mapa.
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