Los minutos pasaban y ambos equipos seguían generando pero ninguno culminaba sus jugadas, el 0-0 comenzaba a estresarme, quedaban muy pocos minutos y todo indicaba que se irían a tiempo extra. Nunca me consideré una persona supersticiosa pero en ese momento crucé mis dedos y comencé a pedir porque el sufrimiento terminara dentro de los noventa minutos reglamentarios. Mi sistema nerviosa estaba más alterado que si me hubiera tomado un café espresso que no cría poder tolerar treinta minutos más. Lamentablemente, nada sale como planeamos y ese día casi muero de un paro cardiaco cuando el árbitro indicó treinta minutos más al juego. ¡Perfecto, tiempo extra!, pensé sarcástica. Los primeros quince minutos pasaron en un abrir y cerrar de ojos. Los veintidós jugadores ya estaban agotados para

