A la tarde siguiente llevé a Cédric al campo de entrenamiento, esa noche se iba a Estados Unidos con el equipo y para no dejar su auto en el estacionamiento me pidió que lo llevara. Claro que no me iba a negar y perderme la oportunidad de conducir su auto una vez más. Que, por cierto, ya había aprendido casi todas sus modalidades, y aunque me gustaba que él condujera no se comparaba con la tranquilidad que sentía cuando lo hacía yo. Me relajaba ver las calles húmedas, el contraste entre el ajetreo de la ciudad y la calma en las afueras donde se encontraba el estadio y el centro de entrenamiento. Me gustaba Londres, pero Manchester era aún mejor. Sin tanta gente caminando por las calles o turistas siendo casi atropellados por voltear en la dirección equivocada antes de cruzar la calle. El

