Capítulo 5: Sus deseos son órdenes

3081 Palabras
Dione  El viento sacude mi cabello y lo muevo como he aprendido para que la luz haga efecto en mis facciones y lograr mi cometido. Adam Kozlov; juez de distrito, me observa y se lame los labios carnosos que invitan a ser mordidos. —Eres tremenda… —Niega y se muerde el labio como si adivinara mis pensamientos mientras mira el cielo—. ¿Crees que pueda subir? —Entrecierra sus ojos y casi me atraganto por la risa. —No lo sé, ¿puedes? El ríe y parece fascinado, casi tanto como yo. Jugamos a seducirnos y llevamos dos horas intercambiando roces inocentes, sonrisas y frases con doble sentido, pero ninguno se ha lanzado del todo. —Podría… —dice fingiendo que es una decisión complicada—. ¿Eso ocasionaría que nos volviéramos a ver? —No lo sé, aún no decido si siquiera vale la pena darte mi número —respondo saliendo del auto. Él se sorprende y trata de seguirme, pero se enzarza en una lucha ridícula con el cinturón de su asiento, lo que me permite avanzar y pensar bien lo que estoy haciendo. Este es un juego divertido, pero para mí y el mundo en el que vivo siempre trae repercusiones. —¡Dione! Escuché su grito, pero sigo andando. Es atractivo e interesante, tiene una mirada aguda que me dice que estudia cada paso que da por mínimo que sea, pero también hay algo en esos ojos que no logro descifrar y eso no me agrada. Procuro rodearme de personas cristalinas, que muestran de buenas a primeras quienes son. Donde me desenvuelvo, debo cuidar mis espaldas y prefiero que los más cercanos vayan de frente conmigo; saber si es el dinero, la fama o el deseo, lo que los atrae de mí, porque es un hecho que he corroborado una y otra vez; todos quieren algo. Aprendí a la mala que solo así no me llevo decepciones innecesarias. Este hombre parece perfecto y los hombres así no existen. Distingo a Carlo, uno de mis elementos de seguridad moviéndose hacia el elevador para acompañarme a la puerta. Accedí a subir al auto de Adam, porque fue la única opción viable que encontré para salir de ese hotel sin un rasguño. Después de empaparlo con mi champaña me sonrió y se presentó como el hermano del cumpleañero. En resumen, mi boleto de escape caído del cielo. Al principio me encontraba tan nerviosa que no fui capaz de prestarle atención a lo que me dijo sobre él mismo, pero cuando mencionó que no solía relacionarse con su familia y que yo fui su excusa perfecta para desaparecer, me sentí aliviada y eso permitió que me fijara en él y me gustó lo que vi. —Mis disculpas… —dice Carlo. Elevo la una mano para que guarde silencio. —No dejes que suba —ordeno e impido que me acompañe. Si permito que se me acerque, le clavaré uno de mis tacones, por incompetente. El pavor que pasé en ese sitio, pensando que no podría salir con vida sigue taladrando mi pecho, a pesar de pretender olvidarlo junto al rubio que dejé abajo. Me atrae, pero acostumbro a dejarlos en ascuas, preguntándose qué hicieron mal para que los abandonase al finalizar la noche, cuando creen que han logrado anotar conmigo. Así, los obsequios son mejores, los arreglos florales más grandes y sus llamadas con ese tono desesperado y anhelante son más entretenidas. Sonrío ante mi reflejo en el espejo del ascensor y me preguntó cuánto tardará este. Abro la puerta de mi apartamento y Manila salta sobre el sofá antes de hacerme girar una y otra vez y recorrerme de pies a cabeza con ambas manos. —Suelta. —Me alejo de ella lo más que puedo. —¡Estás completa! ¡Mierda, Di! ¿No sabes para qué son los teléfonos? ¡Mira! —Me muestra sus manos antes de que logre alejarlas de mi rostro. Se ha comido las uñas de nuevo—. Al principio pensé que… pensé que… —Se cubre el rostro—. Te odio por hacerme pasar por esto —replica dándome la espalda, furiosa. —¡¿Hacerte pasar, a ti?! —pregunto casi fuera de mí. A ella sí que quiero golpearla—. Me abandonaron. Ese hombre me obligó a… —¡Uy…! —dice la morena con una sonrisa de oreja a oreja—. Cuéntamelo todo. ¿Sabe a miel, a piña o a limón? —Detesto su bipolaridad. Me hala al sillón, pero me resisto y me desvío hacia la cocina. Necesito una copa—. No lo hagas, Di. —Su tono lastimero detiene mi mano sobre el decantador—. Tomaste tu medicamento. No dije nada delante de Max, pero sabes que no puedes. —Me recuerda. Estoy a punto de decirle que ya tengo varios tragos en mi sistema, pero no lo hago. Es la única que se preocupa por mí realmente. Apoyo mi cadera sobre la encimera y le cuento a grandes rasgos lo que ocurrió, pero en su mirada detecto algo de incredulidad. —¿Qué? —me quejo y ella ríe. —Se te mojaron las bragas al verlo, ¿verdad? —Mi expresión ofendida no la convence. —Te acabo de decir que estuvo a punto de secuestrarme y, ¿me preguntas eso? Además, está mejor el hermano —miento, aunque no del todo. —¡Claro! Fue evidente para mí cuando describiste al juez como «no está mal» y al otro, como «su mirada es penetrante, tiene un cabello oscuro, sedoso y su voz…». —Agitó su mano como si careciese de importancia y luego se acomodó mejor antes de sonreír como el gato de Cheshire[ El gato del libro Alicia en el país de las maravillas.]—. Max se volvió loco porque no le permitieron supervisar tu presentación y cuando nos dijeron que pediste que nos adelantáramos, casi arrancó los muebles empotrados de la estancia. —Manila se echó a reír, pero el sonido falso de su risa fue demasiado notorio—. Nunca lo vi tan celoso, pero tuve miedo… —Yo también… —admito al fin, acercándome con un solo tacón y abrazándonos las dos cuando se pone de pie. —Max me prometió que te buscará un nuevo apartamento. Uno más cálido… —Eso significa pequeño —digo divertida y ella asiente. Ambos se odian, pero han acordado soportarse por mí y agradezco el sacrificio, porque juntos son un equipo fantástico y no sería capaz de prescindir de ninguno. —Carlo llamó. —No me hables de ese idiota. Apareció hasta que ya venía a mitad de camino. Pudieron haberme desmembrado, Manila. —¡No digas esas cosas! —chilla persignándose y haciéndome reír, porque de religiosa no tiene nada—. Esta noche fue perturbadora. Solo espero que ese hombre no se haya obsesionado contigo y quiera contratarte de nuevo. —No lo creo. Me parece que obtuvo suficiente de mi canto envenenado de sirena. —Bromeo haciendo resoplar a mi amiga—. ¿Te quedas? —No, cariño. Mañana debo ir al instituto de Zoe. —¿Se metió en problemas de nuevo? Su hermana menor ha sido un dolor de cabeza desde que su madre falleció un par de años atrás. —No lo sé. No quisieron darme detalles por teléfono. ¿Crees que Santi se entere de algo si le pregunta a Cinthia? Ambas estudian en el mismo prestigioso instituto, aunque no se soportan. —Ni idea, pero puedo preguntar… —digo buscando mi teléfono, pero caigo en cuenta de que al salir del escenario no pude volver por él—. ¡Dejé mi bolso! —No, lo tengo yo. Se va hacia la habitación y me dejo caer en mi sofá. Estoy exhausta. Cierro los ojos y en mi mente se traza a la perfección la sonrisa petulante del hombre al que desprecié, pero de inmediato se transforma en un gesto de hostilidad que me obliga a abrirlos de golpe. El miedo ha vuelto de nuevo. Si es peligroso y por lo poco que vi y escuché, lo es, no creo que se tomara a bien mi huida del hotel y menos el que haya salido del brazo de su hermano. Sé que quería pasar la noche conmigo y ese tipo de sujetos no permiten negativas de nadie. Trago con fuerza y el nudo en mi garganta parece agigantarse y es hasta entonces que me pregunto quién demonios es Andrei Kozlov en realidad. Me muevo a mi pequeño estudio y enciendo mi computadora portátil para buscar noticias sobre él. Es obvio que es adinerado, debe ser empresario si tomo en cuenta todo el equipo de seguridad que le acompañaba y que resguardaba cada tramo del hotel. —Nada —susurro al escribir su nombre en r************* , en el portal de noticias financieras y en la guía telefónica—. No existe. —Miro incrédula la pantalla, notando que su apellido solo relaciona a Adam, su hermano y un tío, dueño de varios restaurantes. Adam en cambio, parece tener una vida social activa, en todas sus fotografías luce sonriente. Aparece una lista interminable de artículos sobre sus triunfos profesionales, sus actividades filantrópicas y deportivas. Silbo con descaro cuando encuentro una fotografía suya en traje de baño, junto a otros perfectos espécimenes que parecen sobrenaturales. Es un grupo numeroso de hombres con demasiado atractivo como para pasar desapercibidos. Llego a un artículo de sociedad donde se menciona lo asediado que es y su posición de soltero codiciado y no lo dudo ni por un segundo. Su hoyuelo en la mejilla derecha invita a provocar muchas situaciones con él para que se forme con frecuencia y por un segundo, me arrepiento por no haberlo invitado a subir. La imagen de Max se me viene a la cabeza y recuerdo que no puedo cruzar la línea de la infidelidad. Me gusta juguetear, pero jamás le he traicionado, aunque sea difícil de creer en este ambiente. No podría, creo en la lealtad, aunque mi determinación se vio afectada esta noche, al recordar la mirada oscura del sujeto que parece haber salido de la nada. —¿Qué haces? —Manila me entrega el teléfono y se sienta a mi lado halando una de las sillas giratorias que uso cuando compongo mis canciones. Según ella, tengo demasiadas. —¿A nombre de quién salió la contratación de esta noche? —pregunto antes de ponerme de pie para llamar a Santi. Timbra dos veces y salta al buzón—. Lo intentaré en un rato. Mamá debe estar histérica. —Ella ya es histérica —se burla con descaro. Ambas se repelen. Mi madre es una enferma racista y Manila detesta sus ínfulas de aristócrata que menciona a la menor oportunidad, una supuesta procedencia de un linaje de emperadores que jamás ha podido demostrar. Eso sin contar cada vez que se entera de que me ha pedido dinero. Se acomoda en el asiento que yo tenía antes y entra a su correo electrónico, me mira con el ceño plegado y sigue tecleando, esta vez con más concentración. —¿Sucede algo? —Aguarda… —Sigue escribiendo y creo que está a punto de romper el teclado por la rapidez y la presión que ejerce al formar cada palabra. Toma su teléfono y marca, pero al parecer no obtiene respuesta y envía un mensaje de texto, pero resopla después de unos segundos y esta vez envía un mensaje de voz—: Si no me das una respuesta en cinco minutos te voy a denunciar, hijo de puta. —¿Qué pasa? —pregunto sin entender nada. Manila me mira por un buen rato sin cambiar su expresión ceñuda. Suspira, se sacude los rizos indomables que usa sueltos todo el tiempo y que le dan un aspecto de audacia y frescura envidiable, que por lo general acompaña con una sonrisa permanente, pero que en este momento brilla por su ausencia. —Max te está robando —suelta como si nada. Su voz es firme, su mirada retadora, lo que significa que está segura y dispuesta a defender su postura. —¿Cómo lo sabes? —Es lo único que se me ocurre decir. Hay algo dentro de mí que me dice que es verdad y no pretendo cuestionarla, pero debo conocer los pormenores para pensar qué debo hacer a continuación, aunque hay otra pequeña parte que está eufórica, por tener al fin una excusa perfecta para separarme de él. —Ven… Hace que me acerque a la pantalla y me muestra el informe de cada evento. Admito que sé poco o nada de los detalles financieros de mi vida. Max y ella son los que manejan eso y lo prefiero así, pero a su vez hace que me percate de que he cometido un error. —Aquí está. —Pero no noto nada y ella me señala varias líneas con el dedo como si fuese obvio, aunque para mí no lo es—. Él no hizo ningún depósito esta semana y sé que este evento estaba programado y cancelado en efectivo desde el lunes. Cuando tenemos una entrada importante como esta, sale a celebrar con su grupo de inadaptados y, te avisó, ¿recuerdas cuándo? —No. Solo mencionó que era un hombre importante y que no me preocupara. Sabes que no me entrometo, que no hablamos de dinero. —Me fulmina con sus ojos oscuros, lo que me enfurece—. ¡Para eso los tengo a ambos! —Así es y por eso haré que te devuelva hasta el último centavo. ¡Ese infeliz! Mañana iremos juntas al banco para cambiar las firmas autorizadas y no le vas a decir nada, ¿entendido? —Asiento sin dudar—. Ni siquiera encuentro el contrato entre las digitalizaciones. Para cualquier auditor, este evento ni siquiera sucedió. ¿Quieres saber quién es ese hombre? —Vuelvo a asentir y esta vez ella se ríe. Está loca—. Llamaré a Simon. —¡No! —digo arrebatándole el teléfono a tiempo—. Le debo una cita a tu hermano y si le pides un favor para mí, querrá cobrarlo. Mejor déjalo así. —¿Desde cuándo le tienes miedo a una cita con mi hermano mayor? —No es miedo, es respeto. Si supieras lo que me dijo la última vez que nos vimos, estarías horrorizada. —No es un secreto para nadie que lo traes loco. Él te esperaría toda la vida de ser necesario, Dione. —No me causa gracia, Manila. Con él, no… —¡Ah, ya sé!, porque ambos son igual de pervertidos, por eso le tienes miedo. Sabes que no saldrá corriendo si le propones cosas sucias —se burla y yo siento mi rostro encendido. —Eres una enferma. —Me rio, pero evito mirarla, porque tiene razón.4 ¿Cuál es el problema? Que el hombre de casi dos metros y aspecto de luchador es policía y no se juega con el corazón de un sujeto que tiene a la ley de su lado. Ya lo experimenté y me fue muy mal. Además, es su hermano y no lo veo de esa forma, aunque sea todo lo atractivo que puede ser un moreno de esas características y unos ojos tan azules como el cielo en verano. Es un peligro ambulante y enemigo declarado de Max. Para evitar su discurso de siempre, vendiéndome a su hermano, decido llamar a Santi y salgo riendo de allí. Manila no tiene remedio. Puede llevarme sin problema de un estado de conmoción a la diversión absoluta. Me afecta que Max me haya puesto en peligro por dinero, pero tengo tantos años de vivir anestesiada de todo, que sé que de una u otra forma saldré adelante sin él. Escucho que el teléfono timbra varias veces y decido esperar hasta que ese mocoso me responda, no me interesa si ya son las tres de la mañana. —Que pequeño es el mundo... —Por mi columna dorsal se desliza un estremecimiento al escuchar esa voz. —¿Quién habla? —pregunto sin poderme creer que del otro lado haya una voz como la suya y que vuelva a sentirla tan cerca, como si se deslizara por mi piel causando una enorme conmoción en mi cuerpo. —Sabes quién soy, mi sirena ardiente… Y claro que lo sé, pero mi cabeza está a punto de estallar al caer en cuenta. —Este es el número de mi hermano. Comuníqueme con Santino —demando con las manos temblorosas. Mi boca se torna pastosa y se me dificulta tragar. —Lo sé. Tu hermano ha tenido la deferencia de visitar mis dominios para felicitarme. Guardo silencio y él ríe como si fuese gracioso. Mi cabeza trabaja a mil por hora, pero no se me ocurre qué hacer o decir. —¿Él, se encuentra bien? —pregunto con temor. —¡Oh, sí! Hmm, para serte sincero, no tanto, aunque no creo que pueda atenderte en este momento. ¿Santino? —pregunta con un tono de voz cordial, pero un segundo después escucho a alguien gimotear. ¡Es él! ¡Mi pequeño! Me desespero y corro por mis tacones. Tengo que ir por él. Lo escucho llorar y eso me pone peor. Escucho a Manila gritar detrás de mí, pero no le presto atención. Todo mi ser está enfocado en los sonidos de sufrimiento que emergen de su garganta herida, con la que me pide que vaya por él y que no lo deje solo. Me giro hacia la puerta, pero un hombre que reconozco como el que me obstaculizó el paso al finalizar mi presentación, tiene a Carlo sometido con un arma en la cabeza. Mi guardia de seguridad luce molesto y frustrado, pero mantiene los brazos en alto. —Necesito que me acompañe, si es tan amable —dice el sujeto, su calma me frustra. Miro a Manila que tiene los ojos desorbitados y hace el intento de moverse a la cocina, pero la determinación de ese hombre es aterradora y niego con disimulo para que se detenga. —¿Qué es lo quiere tu amo? —pregunto con repulsión. El hombre reacciona divertido y me recorre de pies a cabeza con su mirada gélida antes de responder: —A usted. Y el Zar siempre obtiene lo que desea.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR