Capítulo 4: Un obsequio inesperado

1798 Palabras
Andrei La chica duerme en mi cama y a simple vista no luce herida, lo que podría servir a favor de no acabar con mi sobrino. Mis ojos se giran hacia los dos pequeños idiotas arrodillados frente a Sergey, quien los golpea con la punta de su nueve milímetros en la sien, siguiendo el ritmo de la canción juvenil que sale de su teléfono. Yo también estaría divirtiéndome con ellos, aunque debo admitir que no habría sido tan paciente y ya los tendría sangrando. —Un médico ya la revisó —dice uno de mis hombres y me entrega un trago con whisky—. Tiene hematomas en la parte interna de los muslos y le rompieron el labio. Y ya no es señorita. —¿Quién lo hizo? —le pregunto a mi sobrino. Este sonríe altanero y eso me invita a darle el primer puñetazo. Las lágrimas se anegan en sus ojos, pero sé que no es por dolor: es rabia. Iván me odia y el sentimiento es mutuo, pero ambos sabemos que solo nos tenemos el uno al otro, porque no hay nadie más que quiera lidiar con él desde que su padre prácticamente lo abandonó en nuestra casa cuando tenía solos unos cuantos meses de nacido. —Es una puta. Dijo que quería un trío. Tío, solo le di lo que la zorra pidió. —Mueve el labio a un costado en un intento de burla, pero se detiene al notar que no le sigo el juego. —¿Y por eso la golpeaste? ¿Tienes que lastimar a una chica para que se te abra de piernas, infeliz? ¿La tienes tan pequeña que no conoces otra forma de hacerlas ceder? —Sabes bien que no. A Tamara le encanta —dice petulante. Eso es verdad, ella se lo ha cogido varias veces y nunca me importó. —¿Y tú? ¿Quién eres? —Tomo asiento frente al pequeño gamberro que me mira directamente a los ojos. Tiene cojones y eso me gusta, pero no deja de ser otro idiota si se junta con Iván para hacer este tipo de cosas. —Santino Catalano —dice con esa voz que pretende sonar más dura de lo que en realidad es. —Eso no me dice nada. —Observo sus ojos oscuros igual que su lacio cabello que le cubre uno de los ojos. Lleva un piercing en el labio y tengo la intención de arrancárselo de un tirón solo para verlo llorar como niña—. ¿También eres un violador? —No, señor. Fue un error. Estuvimos en una fiesta, bebimos y perdimos el control, pero no fue una violación. —¿Sabes quién es ella? —El chico niega—. Es el coño más costoso que verás en tu vida. Su nombre es Saori Kobayashi y es hija de un jefe yakuza. ¿Sabes lo qué es un yakuza y lo que te puede hacer? —Agranda los ojos como un cervatillo. El primer indicio de que su actitud desafiante no es más que una careta—. Iván, ¿qué piensas hacer para resarcir el daño? —¿De qué hablas? Ella se nos ofreció. Casi nos arrastró a los baños y después se puso como loca. —¿Quién la golpeó, niño? —Le pregunto al pelinegro y este oprime los labios—. Habla —digo tomando el arma de Sergey y quitando el seguro al colocarla en su frente. Espero que se orine en los pantalones, pero en lugar de eso se yergue arrogante. —No soy un soplón —responde, pero su voz lo delata cuando se quiebra al final. Los cuatro adultos presentes nos reímos con deleite por su patética actuación, pero eso ha sido suficiente para darme cuenta cuál de los dos dirigía la función, así que giro hacia mi sobrino. —Fuiste tú, ¿verdad? Sabes que puedo enviarla a hacer exámenes para comprobarlo y si tus desechos están en ella, te aseguro que te entregaré a ellos sin pensármelo dos veces. —¡Somos familia! —¿Y? Si no puedes cagar veinte millones de euros, no me sirves. Tampoco me interesa tener un violador cerca de las mujeres de la familia. —Mi hermana tiene dinero. Puedo pagarte —asegura el otro chico con mirada esperanzadora. Me rio por su inocencia. —¿Y quién es tu hermana? —pregunto y finjo interés mientras me acomodo en el sillón, apoyando los codos en los brazos del mismo. —Es famosa. Ella canta. La conocen como Sirena de Fuego; es Dione Catalano, debes haberla escuchado. Todos los hombres importantes de esta ciudad saben quién es. Parece orgulloso, pero el que haya revelado su nombre con tanta facilidad y sobre todo, en una situación como esta, me dice dos cosas: la primera que no es tan astuto como cree o la segunda; que la hermana no le interesa ni un ápice. Es una desgracia que a una mujer como ella la rodee tanto cabrón, incluyendo el pelele ambicioso que la representa. —La vida es dadivosa… —digo poniéndome de pie para despertar a Saori y enterarme de su versión—. Seregey, llévalos a la otra estancia y dales un leve escarmiento antes de que vengan los japoneses por ellos, sin duda ya deben estar tras sus rastros y me extraña que aún no haya recibido ninguna llamada. Ignoro sus gritos y el pequeño forcejeo que hacen pues es inútil, jamás podrían escapar de mis hombres a menos que así lo quieran, pero evalúo con curiosidad la resistencia de Santino. Sin embargo, descarto la idea tan pronto como se me presenta, así que me siento sobre la orilla del colchón, me acerco a la chica y le doy un par de palmadas en la mejilla. Esta se remueve y al abrir los ojos, luce aturdida, pero al instante sonríe y extiende sus brazos para rodear mi cuello e intenta besarme. Me hala del cabello e introduce la lengua en mi boca con pericia, pero con la misma rapidez me aparta y salta de la cama. Sé lo que busca, Sergey ya le ha colocado una papelera cerca, así que la aproximo y el hedor inunda mis fosas nasales. —Lo lamento… —susurra la chica, sin valor de mirarme a la cara. Le entrego una copa con agua y ella la bebe de inmediato—. ¿Me trajiste aquí? —No, preciosa. Necesitamos hablar. —Guardo mi distancia. No quiero estar cerca de su fetidez—. Mi sobrino se aprovechó de ti… —Ella duda, desvía la mirada y eso llama mi atención—, ¿no es así? —Fue consensuado —musita con las mejillas rojas. —Con ambos. —Lo fue —asegura con la cabeza, aunque no me mira. —Ya no eres virgen. —Sé que es obvio y ella me hace sentir un imbécil cuando oscila los ojos y resopla divertida antes de mirarme esta vez—. ¿Conoces las implicaciones de tu nueva situación? La nueva actitud de esta chica que conozco desde niña y que apenas ha rozado la adultez, cobra vida. Se pone de pie, toma una menta de un recipiente metálico que extrajo de un bolso infantil y estira el escote del vestido rojo que lleva, mostrándome sus pequeños y bien formados senos. Sonríe de una forma que jamás noté antes e introduce su mano dentro de sus bragas y luego saca sus dedos y los lame sin dejar de mirarme. Lejos de lo que espera, me pongo de pie y niego. —Lo planeaste —concluyo mientras voy por mi vaso y bebo el resto del whisky. —No deseo casarme con Takeo. Es viejo y no debe estar tan dotado como tú. —¡Oh, Dios! —respondo riendo, sin podérmelo creer—. Si esperas que ponga el pecho por tus desvaríos y me ofrezca en sacrificio por Iván, estás fuera de ti, niña. —El apelativo la ofende, pero es lo que quiero. Mi padre siempre tuvo razón al decirme que no hay ser más temerario que una mujer—. Si tu padre no lo descuartiza, lo hará contigo, eso no lo dudes. No quiero pensar lo que haría tu prometido si se entera. —Si le dices que me quieres para ti… —Eso no sucederá. Eres una niña. —Tengo veinte años y solo me llevas diez. —No estoy interesado. ¿Quién te golpeó? —Ella me mira horrorizada y se acaricia el labio. Finge no saber de qué hablo, mira hacia abajo y comienza a temblar, su mirada se humedece y grita como si le estuviesen haciendo daño—. ¡Que me lleve el infierno! —exclamo, harto de su parodia. Me acerco y ella enmudece, su barbilla tiembla. Debo reconocer que es una maravillosa actriz. Le doy un beso en la frente y se pone de puntillas en espera de un beso, pero me alejo a tiempo y la sujeto de las muñecas con suavidad—. Traeré a tu padre y le vas a decir la verdad. —Los matará. —Quedará en tu conciencia. Tú decidiste usarlos. —Encojo los hombros y avanzo hasta la habitación donde están los demás mientras la escucho llorar desconsolada—. Bajaremos a la fiesta y ubícame a Kobayashi—le digo a Yuri. —Él no está en la fiesta, se encuentra con su padre en la reunión que han organizado para usted. Ya han llamado varias veces preguntando en qué momento se va a presentar. —Ve allí y sácalo con cualquier excusa. ¿Takeo vino con él? —Sí y vinieron los dos hermanos de la chica. —Maldición. Sé discreto, Yuri. No quiero que mi padre intervenga en esto, ¿entendido? —Así será. ¿Qué hacemos con ella? —Dile a alguien que se asegure de que esté presentable cuando regrese con su padre y para estos dos, que consigan una cinta de regalo para envolvérselos al japonés. Varios de mis hombres niegan y ríen por lo bajo, pero no es una broma y mi seriedad lo avala, así que uno de ellos sale con prisa de la habitación sin chistar. —Señor, me avisaron que la señorita Catalano se marchó con su hermano. Alguien pagará por ello —Yuri se apresura a decir—, se lo aseguro. Volteo hacia los dos inútiles que lloran en el piso como dos nenas y declaro convencido: —No te preocupes, sé qué hacer para que acepte una cita sin oponerse. —¿Una cita? —Una cita, que acepte ser mía, qué más da. No habrá ninguna diferencia. Hará lo que se me antoje.
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