Dos días después, y a nada de irme de viaje junto a mis amigas, ese vacío que había dejado en ambos encuentros seguía pesando. La paz que sentí inicialmente dio paso a un tipo de nostalgia, como si extrañara la intensidad, las emociones a flor de piel… incluso los momentos absurdos que cada uno me había dado. Sin embargo, sabía que había hecho lo correcto. Al tercer día de haberme despedido de ellos, recibí un mensaje de Alejandro. Directo, como siempre: “¿Tomamos un café?” Sonreí. Era típico de Alejandro no dar explicaciones, no justificar sus motivos. Y, aunque en otra ocasión me hubiera frustrado, en ese momento lo valoré. La sutileza era un nuevo matiz en él. Nos encontramos en una cafetería elegante, a la que solía ir a menudo. Cuando llegué, él ya estaba ahí, con una taza entre la

