Zoe Miller
No aguanto más. Siento que en cualquier momento voy a colapsar.
Me duele la garganta de gritar y llorar a la vez. No dejo de moverme por la casa, buscando en cada escondite que recuerdo, desesperada por encontrar a mi hija.
«Sammy no puede haberse ido, ella no me haría esto», me trato de convencer, porque es mejor mantener la esperanza que tirarse al abandono.
Las náuseas me revuelven el estómago y no hay forma en que pueda controlarme. Llevo conmigo el teléfono por si recibo noticias de Sam o de los Riley, pero con cada segundo que pasa no dejo de mirar por la ventana más cercana, esperando que la nieve y la total oscuridad se retrasen el mayor tiempo posible.
Pero a quién quiero engañar, quedan minutos para que los alrededores se conviertan en una boca de lobo y para que la nieve cubra cada centímetro a su paso. El tiempo es oro y yo no sé qué hacer con cada segunda que pasa.
Me detengo en el medio del salón, mirando el árbol de Navidad recién decorado, y las lágrimas no dejan de caer por mis mejillas. Siento una opresión en el pecho que no soy capaz de aligerar, porque me está faltando mi motor, lo único y maravilloso que tengo en la vida.
«¿De qué forma puedo calmarme si Sammy es mi todo y ahora no está?».
Pero de repente escucho un ruido en la cocina y salgo corriendo. Mi corazón late apresurado ante la expectativa y cuando escucho el grito entusiasmado de mi pequeña, me dejo caer de rodillas y la recibo entre mis brazos.
Sammy está fría y sus ojos están llorosos, sus mejillas también se ven sonrosadas.
—Lo siento, mamá. Lamento haber salido sin decirte... —Su voz sale con un sollozo y yo cierro mis ojos para que no vea mi tormento.
La aprieto tanto y tan fuerte que no la dejo ir. Sammy no se resiste, se mantiene todo el tiempo que necesito en mis brazos, entendiendo que me dio el peor de los sustos.
No me atrevo a preguntar dónde estaba, pero siento la presencia de Sam y cuando reúno fuerzas para levantar la mirada, él me observa a unos pocos pasos, con lágrimas en sus ojos y también una pequeña huella de humedad en sus mejillas.
—Gracias —vocalizo, porque no sé qué hizo o hasta dónde fue, pero encontró a nuestra hija y eso para mí es el mayor regalo.
Sammy se separa un poco y nos miramos. Yo limpio sus lágrimas con mis dedos y le sonrío, no teniendo el valor para reprenderla por darme este susto. En algún momento me llenaré de fuerzas para decirle que no debe asustarme más así.
Sammy solo me mira y señala a su papá. Ella lo sabe, no tengo dudas.
—Mamá, ¿papá puede quedarse con nosotras?
Todo dentro de mí se sacude con esa pregunta. Un sollozo atorado en mi garganta hace su camino hasta mi boca y no puedo contenerlo antes de cubrirme.
Miro a mi pequeña con mil emociones siendo expuestas, ella solo me sonríe feliz.
—Tu príncipe está de regreso y ahora podremos ser más felices.
«Más felices, sí, pero, ¿cómo le digo que no puede ser así?».
Intento buscar las palabras para decirle a Sammy que no es tan sencillo, pero ella me mira como si tuviera todas las respuestas que yo necesito ahora.
Me sonríe emocionada.
—No te preocupes, mamita, yo lo arreglaré todo.
Las palabras de Sammy se escuchan como una promesa, me deja allí en el piso y deshace la distancia entre ella y su papá. Yo no puedo hacer más que verla, con la boca abierta de par en par.
Una vez ante él, lo abraza y Sam vuelve a mirarme.
—Quédate con nosotras, papá. Por favor...
Sam me dedica un gesto que me desarma. No puedo lidiar con él de esta manera con mi hija en medio.
«¿Qué se supone que Sammy va a arreglar?».
Sam asiente y le pide que lo espere un segundo, para avisar a sus abuelos que ya estamos en casa. Mi niña asiente con énfasis, pero no se separa de su padre.
Escucho la voz de Sam hablando con su madre y diciéndole que ya estamos todos juntos aquí. Escucho que Made le pide que vaya a buscar la cena y que luego pasemos la noche juntos, poniéndonos al día con todos los temas necesarios.
Yo ya no creo que tenga el control de la situación. ¿En qué momento lo perdí todo?
Cuando corta la llamada, Sammy chilla y toma a su padre de la mano para traerlo hasta donde yo estoy. Me mira con esa expresión que hace cuando está por soltar una de sus ideas.
—Mamá, ¿podemos mostrarle a papi los videos que hiciste para él?
Me quedo sin aire de la impresión y Sam se ahoga con su propia respiración. Mis ojos se llenan de lágrimas y ya no puedo contenerlas. No sé si estoy emocionada o superada por todo esto.
—¿Grabaste videos para mí? —pregunta Sam cuando se recupera de la sorpresa.
Yo siento un nudo en la garganga que no me deja hablar y solo por eso, al notar mi silencio, Sammy decide tomar el control de la situación.
—Desde que nací. Hay videos de todas las fechas importantes y en cada uno, te dedica unas palabras. Estábamos esperando por ti y ya estás aquí, tenemos que verlos.
Mis mejillas se encienden con vergüenza. Los ojos de Sam no se despegan de los míos y comienzo a pensar que no podré superar esto nunca más. No cuando me observa de esta manera, como si quisiera deshacer la distancia entre los dos y besarme hasta quitarme la razón. Como si pudiera luchar contra el tiempo solo para regresar y hacerlo todo de nuevo, aunque bien esta vez.
—¿Para mí?
Asiento, con mis ojos empañados.
—Todos y cada uno de ellos...
Él asiente también, pero puedo ver en su rostro que no es capaz de articular palabra. Está emocionado.
—Voy a...voy a buscar...la cena. Ya regreso —afirma y mira a Sammy, que a su vez no deja de mirarlo, como si estuviera asegurándose de que es real.
Yo asiento y lo veo salir. Mi corazón no se calma hasta que volvemos a estar solas.
Sammy llama mi atención de repente, tomando su mano con la mía.
—Lo siento, mamá. ¿Me disculpas?
Miro a mi hija y le sonrío. Coloco un mechón de cabello detrás de su oreja y disfruto de ese parecido a Sam que me ha acompañado por estos diez años.
—Te disculpo, cariño. Solo, por favor, no me des más sustos así. —Ella asiente muchas veces y se lanza sobre mí para abrazarme por la cintura—. ¿Estás feliz?
Sammy levanta su cabecita sin separarse de mí, me mira desde abajo y sonríe como nunca antes lo ha hecho. Y eso es decir mucho, porque siempre le encargué de hacerla sonreír.
Pero este es el efecto de tener a Sam en su vida y saber qué es para ella.
—Mucho —asegura y vuelve a abrazarme con fuerza.
—¿Buscamos los videos? —le pregunto, peinando los cabellos revueltos en su cabeza.
—¿Y si mejor buscamos la cámara? —propone mi pequeña, sonriendo otra vez.
Por un momento dudo, pero no puedo decirle que no. No, cuando Sammy se siente completa por primera vez.
—Sí, ve, está en mi armario, en el primer cajón —le doy permiso y al instante sale corriendo y chillando, más feliz de lo que nunca la he visto, dejándome el pecho apretado y unas ganas inmensas de llorar.
No puedo moverme por lo que parece una eternidad. No creo tener fuerzas y si doy un paso, me desplomo. Sam regresa y entra por la puerta trasera. Al verme, me sonríe y me mira como solía hacerlo.
Como si yo fuera el centro de su mundo.
Levanta unas bolsas, para mostrarme todo lo que trajo.
—Traje la cena, el postre, galletas, leche y...un regalo.
Me sorprende lo último. Las primeras cosas ya las esperaba, Made no dejaría que mos quedáramos sin cenar sus delicadas culinarias.
—¿Regalo? —Casi que me ahogo al hablar. Todavía me siento como en shock.
Sam asiente con la cabeza, deja las cosas sobre la encimera y viene a por mí.
—Un regalo para Sammy. Algo que sé que le va a encantar.
Mis ojos vuelven a empañarse. Sam deshace la distancia.
—¿Viste la alegría en sus ojos? —pregunta y yo asiento—. Quiero verla todos los días de mi vida, Zoly. Y quiero que esté acompañada de la tuya.
Miro sus ojos hermosos y azules. La verdad es que quiero perderme en ellos, no sé si es que después del susto me siento vulnerable o simplemente necesito esto después de tanto tiempo. Lo que sea, no puedo resistirme. No alcanzo a hacerlo.
Y termino dejando que sus brazos me tomen y me lleven a su pecho.
—Dame al menos la oportunidad de pasarme una vida entera pidiéndote perdón, mi Zoly. No lo merezco, pero te prometo que no habrá segundo en el que no sepas lo dispuesto que estoy a todo por ti.
Me aferro más a él y dejo salir un sollozo.
—Sam, no me hagas esto. No ahora...
—¿Por qué, Zoe? ¿Cuándo? Ahora vuelvo a tenerte, quiero luchar por ti, hacer todo lo que sea por recuperarte. Siempre soñé con tenerte, mi Zoly, con que formáramos una familia. Podemos tener eso, nos lo merecemos.
Pego mi mejilla en su pecho y escucho el latido de su corazón. Está acelerado. Quiero poder decirle que sí, ser lo suficientemente valiente y decirle que me arriesgo, que lo sigo amando como hace diez años atrás. Pero no puedo hacerlo justo ahora.
Todavía no asimilo que vuelve a estar en mi vida, que Sammy tendrá a su padre y que al fin tendrá la familia que merece.
Escuchamos los pasos de Sammy bajando las escaleras y solo entonces nos separamos. Al instante siento el frío de su ausencia.
Avanzo para ver lo que hay en las bolsas en el mismo instante que Sammy entra a la cocina llevando la cámara que he usado todos estos años para guardar sus mejores recuerdos.
—Papá, vamos a filmar nuestra primera Navidad —exclama entusiasmada en cuanto ve a Sam y se lanza a sus brazos—. ¿Empezamos?
Yo les digo que vayan preparando todo en lo que acomodo la comida sobre la mesa. Todo está caliente todavía y es mejor aprovecharlo.
Los escucho en el salón, hablándole a la cámara y presentándose el uno al otro. Los veo enfocar el árbol y también las pocas decoraciones. Escucho cuando Sam le promete a Sammy que la Navidad siguiente todo estará lleno de guirnaldas, luces y bolas de colores. No puedo hacer más que sonreír y limpiarme las lágrimas que caen sin control por mis mejillas.
Los llamo cuando todo está listo y cuando regresan al comedor, vienen con la cámara encendida.
—Mamá, sonríe a la cámara, tenemos que recordar siempre esta Navidad...
La emoción de Sammy es tan intensa que casi puedo saborearla. Asiento con los ojos llenos de lágrimas, siendo imposible contenerme.
—La recordaremos siempre, cariño, tenlo por seguro.
Sammy asiente con énfasis, se despide frente a la cámara y la apaga.
Nos sentamos a comer y hay algo tan mágico y especial en este momento, que no se siente raro, extraño, inusual. Es como si estos años no los hubiéramos pasado separados, una muestra de lo que somos juntos a pesar de las circunstancias.
Acabamos con la cena y mientras Sammy y Sam recogen los platos y lo friegan todo, yo voy en busca del USB donde están todos los videos, para ir preparando el TV del salón.
Minutos después, estoy sentada en el sofá y mirando la pantalla donde una Sammy bebé ríe con entusiasmo. Mi niña está a mi lado, entre Sam y yo, mientras que el brazo de él está sobre el respaldo del sofá y me roza el hombro de forma despreocupada de vez en cuando, haciendo que toda mi piel se erice en consecuencia.
Vemos todos los videos. Le explico a Sam cada uno de los momentos, con una sonrisa, porque al menos sé que le puedo entregar esto. Una vida pasada, que no regresará, pero que puede ver cada vez que sienta la necesidad.
Son cerca de las doce de la noche cuando Sam recuerda su regalo y lo va a buscar a la cocina. Sammy lleva mucho rato bostezando, porque está completamente fuera de su horario, pero teniendo en cuenta todo lo que está sucediendo, no podía mandarla a dormir.
—¿Qué crees que me regale papá? —pregunta, con los ojos marchitos por el sueño, pero brillantes de emoción.
Le sonrío y le acaricio la mejilla.
—No lo sé, cariño, pero estoy segura que va a gustarte. Sam siemore fue bueno para los regalos.
El mencionado regresa al salón con una sonrisa emocionada y se deja caer al lado de Sammy, mostrándole una bolsa de regalo dorada con decorados rojos. Dentro, hay una caja.
Una caja que reconozco.
Sam se arrodilla a los pies de Sammy cuando saca la bola de nieve de su estuche. Mis ojos se llenan de lágrimas.
—Mi pequeña, esta bola de nieve me la regaló tu mamá cuando teníamos diez años. Desde entonces, la consideré el mejor regalo de mi vida. Lleva conmigo todo este tiempo y te cuento un secreto... —se acerca a ella y baja la voz—, y es mágica.
Dejo salir una risita, porque es increíble que tanto tiempo después yo también recuerde que le dije esas mismas palabras.
Sammy toma la bola con devoción, la mira con los ojos brillantes y la mueve con entusiasmo para ver la nieve caer. Se queda viéndola tan ensimismada, que no puedo evitar mirar a Sam. Él ya me espera y cuando nuestros ojos se cruzan, un estremecimiento me recorre. Como si mi cuerpo se sintiera inevitablemente atraído hacia él, como si todas las piezas encajaran en su lugar.
—Es hermosa, papá, gracias —susurra Sammy y se rompe el momento más extraño de todos.
Ambos miramos a la niña que, pocos minutos después, vuelve a bostezar hasta casi caer contra el sofá.
—Vamos, cariño, es hora de dormir. Despídete de papá y ve a tu cuarto.
Sammy asiente, me deja la bola para que la sostenga y se lanza a los brazos de su papá. Le dice algo al oído que no alcanzo a escuchar. Luego me da un beso de buenas noches y sube a su cuarto.
—¿Qué te dijo? —pregunto y Sam me sonríe.
—¿Me regalas unas galletas? —devuelve en su lugar y aunque no me ds buena espina, acepto.
Nos levantamos y tomamos rumbo a la cocina. Solo que, cuando pasamos por la puerta donde está el muérdago, Sam se detiene, me toma de la mano y me pega a su pecho. Su mano sube a mi barbilla y hace que lo mire a los ojos.
En este punto, solo tengo ojos para los suyos, para el ruego en su mirada.
—Me dirás loco, no me creerás, negarás que esto está pasando...puedes hacer y pensar todo lo que quieras, Zoly, pero hay una verdad que no puedo negarme, ni negártela a ti. Te amo. Nunca dejé de hacerlo, por más que el tiempo pasó y todo tomó su curso diferente. En todos estos años jamás sentí lo que hoy me provoca ver a tus ojos otra vez. No te pido que me perdones ahora, pero sí te dejaré claro que estaré luchando por ti de manera incansable. Y que esta noche...me tocará volver a pedirte disculpas...
—¿Por qué? —susurro, con tono ronco y emocionada por todo lo que él acaba de confesarme.
—Porque voy a besarte aquí y ahora, una vez más, para que comience nuestra historia. Por segunda vez y para siempre.
Deshace la distancia y sus labios se presionan contra los míos. Todo mi cuerpo se sacude y colapsa, pero no me separo. Al contrario, abro más mi boca y nos fundimos en un beso que ya no tiene pausa.
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NARRADOR
Sammy coloca la bola de nieve encima de su mesa de noche antes de acostarse a dormir. No puede dejar de sonreír y se siente tan plena, que no cabe en sí de gozo.
Al fin tiene a su papá. Al príncipe que su mamá extraña y que las hará felices.
Mira su regalo una vez más y se pregunta si su papá tendrá razón.
«¿Será mágico de verdad?», se pregunta, escéptica, porque con solo diez años sabe que hay cosas que son puro invento. Aunque no lo sea, así es como se siente. Es el reflejo de las mejores emociones que provoca la Navidad.
Y solo por eso le dan ganas de pedir un deseo. Ese que según su mamá se pide a medianoche. Aunque Sammy ahora mismo no tiene idea de qué hora es.
Quizás sea una pérdida de tiempo, pero siente la necesidad de satisfacer su idea, de llevarla a cabo. Sentada en la cama toma de regreso la bola y la mira, la acaricia, le presta atención a todos loa detalles.
«Deseo que mi mamá sea feliz. Deseo que mi papá forme parte de nuestras vidas. Deseo ver esos videos con mi familia cada año, para poder acordarnos que nos falta mucho por documentar».
—Deseo que mis padres siempre hayan sido felices.