Lo lamento

767 Palabras
"¿Qué? ¡Espera, me estás hablando en serio?" "Así es, y no sé qué hacer. Es igual, es como tener nuevamente a Leonardo frente a mí." "Ay, cariño. Necesito saberlo, al principio me desmayé cuando abrí la puerta." "Es entendible, amiga." "Y cuando abrí los ojos nuevamente, ahí estaba, era como una sombra, como el reflejo de mi esposo difunto. Incluso le pregunté si era Leonardo. ¡Qué ilusa fui!" "¿Y cómo se llama?" "No lo sé", encogió los hombros. "¿Cómo no vas a saber su nombre?", preguntó Julieta. "Le dije que no era importante", comentó encogiéndose de hombros, y Julieta suspiró. "Tienes que preguntarle, digo, no le vas a decir 'el gemelo de tu esposo'". "Pues no sé, el que vivía ahí". "Espera, ¿vivía ahí contigo ahora, de verdad?", dijo Julieta dejando caer su espalda hacia atrás, mirándola con curiosidad. "¿Me traes un balde de agua para arrojarme? Intento encontrar una explicación lógica de por qué tu amiga dejaría vivir al gemelo de su esposo fallecido". "Es que segun él…. no tenía dónde vivir y me dijo que su hermano siempre lo ayudaría. Pues, ¿qué le iba a decir?", explicó. "Julieta, ¿me puedes explicar?". "Que no, obviamente", dijo Julieta encogiendo los hombros, y su amiga suspiró. "Me dio pena. Además, dijo que él siempre había contado con Leonardo y no quería faltarle el respeto a su memoria. Por eso lo dejé entrar". "¡Ay, amiga! ¿Y cómo podrá soportar la tentación?", preguntó Julieta, mirándola más de cerca con una media sonrisa. Luego se levantó, se acercó a la pava, la llenó de agua y encendió la estufa. Volvió a sentarse frente a su amiga, como buscando palabras para responder. "No lo sé", dijo ella, suspirando. "¿No lo sabes?", preguntó Julieta, terminando la malcomida, suspirando y mirándola a los ojos. "Es que sí, ¿qué quieres que haga? ¿A ver, explícame?". "Si tienes dinero, cómprale una casa". "No, no lo sé. Quizás le dé esa casa del...". "¿Qué, bromeas? ¿Verdad que tienes tus plantas? ¡Cómo has estado molestando con esos árboles durante años! Mira, ¿qué vas a desechar la casa así?". "Me siento responsable con el hermano", comentó pensativa. "Y más", añadió Julieta negando con la cabeza. "Mira, tú puedes hacer lo que quieras. Pero, ¿de verdad vas a dar algo que amas tanto?". "Tienes razón, mi casa es muy preciada para mí". "Entonces, ¿qué harás?", preguntó Julieta, y ella suspiró. Estaban buscando formas de deshacerse de ese inquilino molesto y curioso. Sin embargo, Annie se sentía culpable de planearlo siquiera. Sabía que quizás su esposo hubiera deseado que su hermano no quedara en la calle. Se sintió culpable al buscar la manera de echarlo de allí. Pronto decidió volver a casa y al llegar, escuchó música fuerte, pero no simplemente fuerte, sino muy fuerte. La desconcertó, así que aceleró sus pasos dirigiéndose hacia las escaleras. Subió de dos en dos los peldaños hasta llegar a la planta alta, atravesando un largo pasillo, el sonido de sus tacones amortiguado por la alfombra, aunque eso no la detuvo. Avanzó corriendo con enojo y molestia. Pero esos sentimientos se pausaron al abrir la puerta y encontrarse al chico con el torso desnudo. Se quedó perpleja, él lucía mucho más musculoso que su esposo, quien era delgado y carecía de músculos. El chico parecía haberse ejercitado, y ella se quedó mirándolo baboseando durante unos segundos hasta que volvió en sí. El muchacho, confundido al sentirse observado, sonrió al verla. "Hola, no sabía que estabas en casa", dijo él. "¿Se puede saber...?" comenzó a decir ella, pero se sintió un tanto conmocionada al verlo con el torso desnudo, decidió cambiar de tema. "¿Por qué hay música tan alta?” “Lo lamento, pensé que no había nadie", comentó encogiéndose de hombros. "Bueno, ahora sí hay alguien, yo", respondió molesta con ese giro. La música se suavizó, suspiró aliviada al no escucharla más. Se tocó el pecho, y la imagen de sus músculos aparecía de vez en cuando en su mente. Ni ella comprendía por qué. Decidió cerrar los ojos y morderse los labios. Iba de un lado a otro con la mente. Quizás era la abstinencia la que la tenía así, no lo sabía, pero tampoco quería averiguarlo. Comenzó a prepararse una taza de té, apoyando la mitad de su cuerpo en la barra, pensativa. Tal vez la mejor manera de esquivar al hermano de su esposo era intentar no estar tanto en casa.
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