XIV
Escuchó el estampido de cosas contra las paredes, el piso, los cristales de las ventanas. Nadie sabía qué sucedía con Akerman padre; parecía una muy mala noche.
Doug abandonaba la adolescencia, pronto terminaría la escuela y empezaría la universidad. Él tenía ya planeada su vida y en estos, Serena era la protagonista, aun ahora que solo la veía brevemente una vez al año.
—¿Sabes qué le pasa? —le preguntó Gilbert, algo asustado.
—No tengo idea. Él es una bóveda de acero, jamás dice nada.
Gilb, como lo llamaba ahora, bajó su cabeza, acongojado. Ese hombre que enloquecía, nunca había sido un padre. Muchas veces no pasaron de un saludo, o de darse la mano. De no ser por su madre, la vida hubiese sido bastante gris. ¿Cómo lograba Doug superar algo así?
El hijo mayor entró a la sala donde su padre se encontraba. Cerró la puerta tras de sí, sin decir una palabra, y sin moverse de su sitio. La escena lo removió del piso, jamás esperó ver aquello: su padre, con una botella en la mano, llorando frente a la fotografía de su madre muerta. Le suplicaba perdón y le suplicaba lo imposible, que regresara.
Doug sintió cómo se le rompía el corazón, al verlo así. Él jamás había llorado su partida en público, sin embargo, en privado, sufría como cualquier hombre que perdía a alguien amado.
Se acercó hasta él y de manera tierna le acarició los cabellos que ya estaban muy canos. Entonces, se unió a su feria de tristezas y empezó a llorar con él, como debió suceder doce años atrás. Los dos se abrazaron, por fin podía compartir el dolor infinito de perder a la mujer que más amaron. Su padre estaba ebrio, por supuesto, pero estaba más herido, destrozado. Por fin logró hacer que se durmiera en el sofá del lugar. Claro estaba, la vida al día siguiente siguió igual, como si ese momento, padre e hijo, jamás hubiera sucedido.
Doug se convirtió en un hombre tremendamente atractivo, su mirada distante lo hacía más apetecible a los ojos de todos, que deseaban un Akerman en sus familias. Ese aire alemán de frialdad junto a su porte de caballero lo convertían en una presa irresistible.
Pese a que las chicas se le ofrecían casi de manera literal, él se había sometido al celibato voluntario, hasta no lograr estar con su Serena para siempre.
Ese verano estaba todo decidido. Iba a comprometerse con ella como fuera. Jamás decía nada de sus planes, aun así, su padre los adivinó y le dio una cajita negra con un hilillo de oro en el centro. Era la sortija de compromiso de su madre, el gesto más grande que jamás hubiera esperado. Cuando la vio, era sencilla, de un vistoso diamante, era ella, su mamá.
La idea, por supuesto, no era la de casarse de inmediato, tendría que estudiar, trabajar muy duro para ganarse su puesto en la empresa y luego, hacer su familia. Ya lograba la primera meta de graduarse de la escuela como uno de los mejores.
Serena llegó, lo sorprendente, fue lo diferente que estaba. Sus senos eran más grandes, sus caderas anchas, su piel delicada, sus labios más gruesos. Su cabello era un tanto más oscuro, era hermosa, sensual. No pudo dejar de excitarse mucho Doug, eso que tanto había leído, se hacía realidad con ella.
—Queremos decirles a todos, que Serena se ha comprometido con un noble de…
La tierra bajo Doug, se hizo pedazos y le cercenó las piernas. El padre de Serena anunciaba aquello, porque era un gran acontecimiento. Gilbert sintió como propio el dolor de Doug, él era el único que sabía lo mucho que la amaba.
—Mi hijo Douglas, también desea a la joven Serena como su esposa. ¿Podría considerarlo?
El padre Akerman dejó a todos con la boca abierta. Él jamás había dicho una palabra de la familia de su segunda esposa. Aun así, Doug esperaba que aquel ofrecimiento también ayudara.
—Dios, esto es muy repentino —habló el padre de Serena. Ella no se atrevía a levantar la cabeza—. Verá usted, jamás pensamos que su hijo la viese de esa manera, además, ella y su prometido han sido novios casi desde niños… Serena, ¿sabías de los afectos del joven Douglas?
Era el momento de dejar todo en claro, por fin entonces, ella diría que lo amaba y sería su prometida. La jovencita, dos años mayor, levantó sus ojos de princesa y sonrió.
—Él y yo, solo somos amigos. Me regala una joya siempre antes de que marche a mi país, pero jamás me dio a entender nada sobre un futuro juntos. Es mi otro primo.
Mentira. Douglas le había dicho de todas las formas posibles que quería hacerla su esposa, una vez fuera mayor de edad. La tierra siguió succionando a Doug, hasta dejar solo su cabeza, para que la siguieran pisoteando. De manera muy educada se despidió de todos en la sala, debía conservar algo de su orgullo.
Gilbert miró a Serena, ella no mentía, aunque tampoco decía toda la verdad. La confrontó una vez a solas, y la respuesta fue la de cualquier jovencita a su edad, sus padres la obligaban, era un noble después de todo y Douglas jamás ostentaría un título así.
Aturdido, esa misma tarde quiso devolver la argolla de su madre, a su papá. El hombre lo vio desde arriba con esa fría y distante cortesía.
—Ella no es la única mujer en el mundo. Esa sortija llegará a la mano correcta.
Salió como siempre, sin despedirse ni desearle un buen día. Doug, desconsolado, fue hasta su habitación y la puso en un cofre con sus cosas importantes, ahora sería más el recuerdo de su madre que otra cosa.
No salió mucho de su habitación en días. La visita seguía como siempre, él quería ser invisible. No lo logró. Una noche notó que todos se iba, tenían una cena en algún costoso lugar y luego una fiesta. Fue cuando se sintió en libertad de andar por la mansión y no toparse con ella. Falló, pues la escuchó en el cuarto de huéspedes. Lo malo no fue eso, lo horrible es que estaba llorando, desconsolada.
Doug entró, no podía soportar sus lágrimas y no lo haría con las de ninguna mujer. Se acercó y la acarició por los cabellos, era preciso llevarla al doctor si algo le dolía.
—Doug… yo quiero estar contigo, pero mis padres ya me obligaron a estar con él. Te juro que solo serán un par de años y entonces, seré tuya…
—Serena, no digas eso. Si lo amas, debes estar con él. Yo voy a morirme poco a poco, pero un día… ya te olvidaré.
Dentro de la joven, algo no estuvo bien. ¿La iba a olvidar? Eso no iba a permitírselo. Lo atrapó entonces como una serpiente y esa misma noche, se entregó a él, su virginidad, para así disipar su veneno en él.
Douglas fue el hombre más feliz del mundo, siendo el primero en irrumpir en su cuerpo. Pudo deleitar sus labios en esos senos tan bellos y blancos, pudo derramarse dentro, con la esperanza de que ella quedara en cinta y ahí sí, reclamarla como suya. Nada sucedió. Pero él sería el primero y ese lugar no iban a quitárselo.
Ella se fue y se casó. Él entonces solo esperaría a que ella cumpliera su promesa, cosa que no sucedió. Lo que sí hizo la mujer, fue tenerlo de amante, durante mucho tiempo, cuando a ella se le diera la gana, cuando el cuerpo le ganaba. Doug intentaba resistirse, no obstante era más la esperanza.
Un día, se cansó de aquello y Douglas Akerman voló de aquella trampa, para buscar a alguien que lo amara, como Serena decía hacerlo. No halló a nadie para estar atado, eso sí, cada cuerpo lo convertía en un magnífico amante. Serena regresaba una vez al año para robarle el alma; él no se negaba, hasta que conoció a Meredith, que no era la mejor mujer, pero al menos parecía serle fiel. Pobre ingenuo.
Ahora, quedaba poco para que Serena regresara a ese único encuentro al año que tenían, solo que esta vez… él llevaba, con orgullo y miedo, una argolla que lo comprometía y ataba a Rena, que poco a poco y sin que él se diera cuenta, ganaba un rincón en su corazón.
***
Fin capítulo 14