Capítulo15: Una de tres

1211 Palabras
XV Doug seguía sin responderle a Rena. Ella empezaba a inquietarse con el golpear del tenedor en el plato, que él hacía cada vez más fuerte. La vio directo a los ojos, no quería meterla aún en lo nostálgica y sucia que podía ser su vida. —Es una mujer, a la que amé mucho. Pero no pudimos estar juntos. Rena se sintió conmovida con el cambio en el tono de la voz de Doug. Posó su mano sobre la de él, parecía necesitarlo en ese momento. —¿Por qué no pudiste estar con ella? ¿No hay nada que se pueda hacer? —preguntó la joven esposa, sintiendo suyo ese dolor. Douglas cambió su expresión y se concentró en la de Rena. ¿Por qué estaba tan preocupada? No debía siquiera importarle un poco, no obstante, eso parecía agobiarla. Entrelazó sus dedos con los de ella y sonrió, debía alejarla de toda esa podredumbre. —Porque si hubiera estado con ella, ahora mismo, no podría estar contigo… Rena se paralizó en ese momento, sintiendo como un aire frío le entraba por el pecho y la atravesaba hasta la espalda. Aquella respuesta fue demasiado para ella, no podía asimilarla, resolverla. Doug se levantó llevando los platos hasta el fregadero, algo hablaba, ella no lo escuchaba. ¿Por qué dijo eso? ¿Qué era lo que en verdad esperaba de ella? De ella, que no era prioridad de ningún hombre, ni siquiera del que estuvo a punto de hacerla su esposa. Era como si por primera vez alguien le dijese que era la número uno, incluso por encima de alguien mucho más importante. Algo se le deslizó por la mejilla, solo hasta parpadear un poco, supo que era una lágrima. Douglas Akerman pudo haber dicho aquello para salir del paso, no obstante, ignoraba el tremendo impacto que aquello causó en el corazón de su esposa. El móvil del hombre sonó, así entonces ella salió de su estupor. Se levantó y fue hasta la cocina, ella terminaría de lavar los platos. Se notaba que Doug no soportaba el desorden. La llamada al parecer era de trabajo, no se le estaba perdonando al CEO, escaparse aun sí tuviese muchos días libres acumulados. —Está bien, allá estaré, no te preocupes. Sí, mañana te cuento todo. Doug tendría que someterse al largo interrogatorio de su hermanastro, que ya sabía la noticia. Giró a ver a Rena que tenía el cabello recogido en una coleta. Se acercó y el cuello de la dama se le hizo irresistible. Tomó algo de aire y la rodeó con sus brazos, para plantarle un beso en la nuca. —¿Debes trabajar mañana? —Sí, hay un almuerzo con unos socios. Lo odio, yo dije que regresaría el martes, pero siempre todo es urgente, imprescindible. La caricia de Doug se hacía más intensa. Rena sentía que sus senos crecían al tener las manos de él tan cerca, rozándolos. Aun así, se mantuvo muy quieta. —Rena… ¿Hoy puede ser la primera de las tres veces a la semana? Ella suspiró un poco. Sin virar aún, tomó la mano enorme de su marido y la puso sobre su seno, necesitaba que él lo presionara y se lo tragara si se le daba la gana. Doug entendió y entonces fueron sus dos manos las que se cerraron en aquellas redondas montañas que lo estaban llamando para que las escalara. No soportó y la giró para besarla. Ella tuvo que ponerse de puntitas para alcanzarlo, cosa que él solucionó cargándola sobre el mesón. Le bajó de un tirón la parte superior del vestido, necesitaba esos pechos al aire, a su aire. Se relamió un poco para luego envenenarse con aquellos pezones que lo traían poseído. Rena jadeaba, tomándolo por el cabello, que era hermoso, suave. Abrió mucho las piernas, quería ese roce que su entrepierna le suplicaba y que solo podía venir de él. —Niña traviesa… —dijo el excitado esposo, metiendo su mano por en medio de las pantaletas—. Mira qué mojada estás… Rena se echó hacia atrás, cuando uno de esos largos dedos entró en su cuerpo y se movió presionando fuerte. Doug estaba como un toro en medio de su faena, esperando ser él quien la estocara. Se descontroló, se la cargó de nuevo en la cintura y la llevó hasta el sofá. No quería perder tiempo subiendo escaleras hasta la habitación, además que aún no ponía las nuevas sábanas. —Vamos a hacerlo en todas las esquinas de este sitio… —jadeó Douglas, quitándole la ropa. Rena sonrió y lo jaló un poco por el cabello para que la mirara. Ella, media desnuda, trajo de un sillón, las esposa que había encontrado. —Vamos a jugar, esposo… Doug se quitó la ropa a toda prisa. Solo que no se imaginaba que sería él quien terminaría esposado, cuando su mujer lo tiró al sofá y lo ató a una de las fisuras de la mesa auxiliar. Él estaba desnudo, con los brazos hacia arriba, a merced completa de esa dama. —Estás por explotar, ¿verdad? —¿Qué? No, Rena, no… ¡AH! —jadeó con fuerza cuando ella se metió su pene en la boca. Era sublime. Como si se hubiese drogado con algo. El corazón le iba a toda prisa y la impotencia de no poder tocarla lo mataba. La joven esposa no parecía querer detenerse, ella quería el dominio y subió su lengua por el abdomen y luego el pecho de su esposo, hasta lamer sus pezones también. —¡¡Basta!! ¡¡Quítame esto!! ¡¡Quiero tocarte!! —gritó. Parecía furioso. —Doug, un poco más… Ella se sentó bien en su abdomen, rozándose con su m*****o. Rena no estaba mejor que Doug, su cuerpo ardía, quería que él la rompiera por dentro, como su primera vez. Ella tenía un condón listo que le puso suavemente, enloqueciéndolo más. —¡¡BASTA!! Douglas rompió la cadena de las esposas y se lanzó sobre ella como un animal. Rena no tuvo tiempo de preocuparse por él y el daño que pudo haberse hecho, pues fue embestida por aquella bestia en celo que la dejó sin aliento. Estaba desesperado, la llamaba en cada gemido, Rena, Rena. Ella apenas se aferraba con las uñas a su espalda, sintiendo el vacío, de que si la soltaba caería muy profundo. —¡¡AHH!! ¡¡MÁS!! Doug no podía hacer más, aunque rogaba, que penetrarla como un demente fuera suficiente. ¿Quién era esa jovencita que le estaba exigiendo tanto a su cuerpo? ¿Ese maldito de Justin la había probado así? —¡¡Lo odio!! ¡¡Lo odio!! —gimió con fuerza. Rena no entendía a qué se refería, y no imaginaba que se trataba de su ex. Douglas, le levantó mucho las piernas, para penetrarla más duro, más rápido. Ella se aferraba del brazo del sofá, creyendo que no iba a lograrlo, su orgasmo la dejaba sin aire. Douglas siguió embistiendo un rato más, hasta que al fin terminó en un jadeo profundo, casi doloroso. Cayó sobre el cuerpo de su esposa, esa que no había escogido y que solo apareció para hacerlo feliz. *** Fin capítulo 15
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