XII
Los ojos de Rena se abrieron mucho al tomar entre sus dedos una prenda íntima tipo hilo, que en verdad no cubriría, solo adornaría. La habitación era un desastre. Había ropa, joyas, zapatos por todas partes, todo perteneciente a una chica, claramente. Ella podía ver el oro y los brillantes, reflejarse en su rostro.
—¡Ah! ¡Maldita sea! —espetó Doug al ver aquel desastre. No debió permitir que Rena fuera primero.
—Parece que tuviste una despedida de soltero bastante agitada —habló ella muy divertida.
La risa se convirtió en cara de asco, al ver también en el piso, condones y juguetillos sexuales que ni siquiera sabía para qué servían o donde se ponían. Reconoció, eso sí, esposas, y uno que otro vibrador.
—Yo te ayudaré a limpiar, pero no pienso tocar tus… preservativos. ¡Iugh!
Rena levantó unas esposas que Doug se apresuró a quitarle de las manos. Con dificultad le explicó que había dejado que uno de sus amigos usara su casa en lo que él estaba de viaje. Solo que no esperaba que ese bastardo ni se tomara la molestia de limpiar.
—Por favor, te lo juro, nada de esto es mío…
—¡Cálmate! —replicó su esposa, riendo—. Si es tuyo este desorden, asumo que tuviste una muy apasionada noche. Eso sí, no vas a usar nada de esas cosas conmigo… tal vez las esposas.
Douglas, que estaba muy sonrojado, solo tomó las joyas que estaban sobre la cama, aquello sí era de su departamento, las que regaló a Meredith. Parecía ser que ella aún no pasaba a recoger nada.
—Ni siquiera parece darse cuenta de que me he casado contigo. Vaya prometida la que tuve.
Doug se sentó en la cama, algo decepcionado. No estaba triste, o desconsolado, solo quería fastidiarla, y ni eso logró. Rena, en cambio, creyó que estaba muy abatido, así que se subió al desastre de somier y lo abrazó por la espalda.
—No me malinterpretes, la verdad ya no me importa lo que piense.
—Pero… debería importarte. Fue por eso que hicimos esto, para fastidiar a nuestros ex, ¿recuerdas?
No, Douglas Akerman no recordaba aquello. Por extraño que pareciera, estaba feliz con esa situación, como si de verdad su tiempo con Rena no estuviera limitado por ese documento y la conociera de hacía mucho tiempo. Vio su mano, con ese diamante rojo y su argolla de matrimonio, muy sencilla. La tomó y le dio un beso.
—Tienes razón, aún es pronto para que se haya enterado. Supongo que querrá sus cosas, las voy a empacar, como tú hiciste con las de Justin. La verdad no son muchas. Al menos acá sí me dio mi despedida como dices. Luego escapamos a esa isla a casarnos.
—Es decir, tuvieron sexo y ella te propuso hacer algo así de loco… ah, qué risa. Tú y yo pudimos despedirnos igual.
Rena había dicho ese comentario al azar, no obstante la mente de Doug empezó a turbarse. Le estaba confesando que durmió con su prometido, quizás solo unas horas antes de dormir con él. De nuevo ese sentimiento en el pecho, ese ardor que no lo dejaba respirar bien.
—¿Tú dormiste con Justin, antes de casarte? Quiero decir, ¿en la isla?
—No, en la isla no. Yo estaba atareada dejando todo listo… y ya sabes el resto. Antes de irnos de viaje sí lo hicimos, parecía tan entusiasta por nuestra boda y mira como terminó todo.
Doug no dijo nada. Rena lo observó, le daba la espalda. Ya había notado lo frágil de su ego, y el de todos los hombres en general, así que solo con decirle la verdad de seguro le alegraría lo que quedaba del día.
—Quien diría que sí me casé con ese amante tan voraz que soñé siempre…
Douglas se detuvo de inmediato y la buscó con sus ojos, solo que esta vez era ella la que le daba la espalda. Él sonrió, poco a poco se estaba acostumbrando a esas repentinas muestras de afecto, al menos así quería llamarlas. Rena era tan diferente a todas las mujeres que había conocido, y tenía miedo de lo profundo que estaba excavando esa jovencita en su muy enterrado corazón.
—Ah, son hermosísimas… —suspiró Rena levantando un collar con una piedra azul.
—Yo te compraré las que tú quieras… —respondió Doug, con angustia.
Rena lo miró sorprendida. Más por su actitud que por el hecho de que él le comprara o no alguna cosa. Creía entender que así era que él mostraba su interés, a través de regalos, claro que podía hacerlo. Entonces quizás todas las mujeres lo buscaban por ese motivo.
—No tienes que darme nada. Que yo admire las joyas, no significa más que eso.
Doug hizo un puchero y siguió recogiendo. Ya estaban por terminar, y él iba a golpear al idiota de su amigo que ni se había tomado la molestia de limpiar un poco, confiado en la servidumbre.
La primera impresión de Rena, al entrar al pent-house en el que vivía su ahora esposo, fue de estupor. El espacio era gigante, casi rayando en lo exagerado. Venía entonces el otro lado de la moneda, la escasez de muebles y alegría.
Parecía de esos sitios que se usaban de alquiler de ejecutivos de muy alto nivel. Tanto fue el impacto en lo simple, que le preguntó si se había mudado hacía poco, y la respuesta fue negativa. Doug vivía ahí desde hacía años.
—Doug, prepararé algo para cenar…
Rena no pudo seguir hablando, una llamada entró de nuevo. Toda la tarde estuvo respondiendo a sus amigos, que por poco se desmayan al saber por boca de la joven embarazada, que ella sí se había casado. Ellos regresaron en el vuelo planeado y se lamentaron mucho de dejarla, pues de verdad pensaban que arreglarían las cosas con Justin.
—Sí, es él mismo… —respondió Rena.
Claro que habían googleado a Doug y el único que aparecía con el apellido Akerman, de ascendencia alemana, era el esposo de Rena.
—Cuando ese imbécil de tu ex lo sepa… —le dijo el chico que la había llamado—. ¿Cuándo lo podremos ver? ¡Queremos conocerlo!
—Es que es algo complicado… hablaremos el martes en el trabajo, ¿te parece?
Doug sabía que hablaban de él. Se le hizo simpático el hecho de saber que ella tenía tantas amistades, no como él, que solo tenía idiotas que lo usaban.
Al fin en la cocina, luego de que incluso el dueño tirara las sábanas de su cama, Rena, con lo poco que encontró, preparaba la comida. Esa cocina se llenaba de aromas que le gustaban. Casi siempre su comida estaba guardada en el refrigerador, esperando a que él la pusiera en un microondas en la noche.
—Huele exquisito —dijo Doug, acercándose a su esposa—. Gracias.
Rena se sonrojó a más no poder, a pesar de ser una simple pasta con carnes, él le agradecía como si se tratara de algo muy gourmet.
La situación era tan extraña, tan descabellada, que ninguno se atrevía a mencionarlo. Ellos se estaban ciñendo al documento que hicieron, aun así, esa sensación de confort y seguridad que se producían, los asustaba, porque en tres meses más todo acabaría.
Rena sirvió la comida, mientras Douglas destapaba un vino. A pesar de lo tranquila que ella se veía, algo le pesaba en la cabeza. Esa noche de fiebre, luego de aquel exquisito sexo, él decía cosas que le indicaban que extrañaba a alguien.
—Douglas… ¿Puedo hacerte una pregunta?
—Claro, la que quieras.
Doug echó algo de queso a su plato y luego envolvió el tenedor. Sabía tal como olía, exquisito. Rena, en cambio, golpeaba el tenedor en el finísimo y blanquecino plato. Lo miró directo a los ojos, tenía que saberlo.
—¿Quién es Serena?
Doug empezó a masticar más despacio. Cerró ambos puños, y bajó la cabeza como si lo acabaran de reprender. Rena no supo que hacer, no creyó que la pregunta lo agobiara tanto. Esa mujer era entonces su punto de inflexión.
***
Fin capítulo 12