Capítulo 18: Diosa

1157 Palabras
XVIII Casi podía escuchar los murmullos como un cántico de guerra, de una que había ganado. Las arpas y las espadas se tenían de hacer ver, porque frente a todos estaba aquella por la que se debían incendiar naciones y matar legiones. Nadie podía dejar de verla, con su precioso traje y su tocado en la cabeza, ramas de laurel muy doradas. —Dios Santo… —se escuchó que susurró el desconfiado hermanastro. Corrió hasta donde aún seguía sentado como un alma en pena, a contarle lo que sucedía, ya que él no se daba por enterado de la conmoción. Lo tomó de un brazo y no le dio tiempo de reaccionar, solo hasta que hizo parte del cortejo, pudo abrir sus ojos lo suficiente, al igual que su boca, para exhalar con fuerza. —¿Ella no es tu esposa? —preguntó Gilbert como si fuese un secreto terrible. —No lo sé… —respondió Douglas Akerman, en un hilo de voz. La dama lo encontró entre los cientos de ojos curiosos e inclinó un poco la cabeza para saludarlo. Aún parecía muy molesta, no obstante lo estaba acompañando y de qué manera. Doug se abrió paso entre los curiosos y llegó hasta su mujer, que reencarnaba toda la belleza de la temática «Roma», de aquella velada. La tomó por la mano del compromiso y le dio un tierno beso. Los invitados supieron entonces que no era mentira lo de su matrimonio sorpresa, con una desconocida para ellos. —Si vienes acá para matarme, lo estás logrando. Eres la mujer más bella que he visto jamás. —Estoy acá porque fui invitada. Después de todo, soy la señora Akerman. Doug sonrió ampliamente y la enganchó en su brazo. Era ahora imposible escapar de los curiosos que querían saludar a la dama de vestido de velos hasta el piso, de esos zapatos divinos que imitaban las sandalias cruzadas que usaban los antiguos romanos y ese tocado pequeño de tres hojas de laurel. —Doug, joven travieso, ¿cómo mantuviste oculta a esta preciosidad? —dijo uno de sus clientes, golpeándolo en un hombro—. Dama hermosa, es un honor que nos acompañe esta noche. Rena sonrió, y tuvo que aguantar las preguntas, miradas morbosas, además de quienes la cuestionaban por su tocado, que era más de origen griego, pero ella iba preparada y sabía que Roma también lo usó en sus más privilegiados gobernantes. Claro, todo lo que Rena sobreviviera a esa fiesta, no serían más que pruebas a su carácter. No soltó ni un segundo el brazo de su esposo, ahora entendía lo fuerte que podía ser la corriente en su mundo. Douglas la llevó a una pequeña mesa solo para dos personas, aunque esa no era la que le habían asignado. No le importaba nada, solo quería estar con esa mujer que semanas atrás era una desconocida, una sencilla chica, gerente de una tienda de departamentos. Trabajadora, honesta con la fortaleza de una guerrera. —Gracias por venir. Lo que sucedió fue muy malo… —Ahora no quiero hablar de eso. La verdad lo único que quiero es comer algo, me muerdo de hambre… Doug sonrió feliz, la verdad él también tenía algo de hambre. Pidió a unos meseros les llevaran algo del bufete, cosas que disfrutaran sin tanto protocolo. Claro que no ignoraban que estaban como en medio de la arena, rodeados de espectadores. Quién era ella, cuanto costaba su ropa, si era hija de algún inversionista, socio, amigo de su padre, tenía que ser alguien de sangre azul, no podía ser tan bonita y ser una doña nadie. —Con que es ella… De lejos, Serena, que era otra diosa, los observaba. Jamás había visto a Douglas así de animado y feliz. También tan angustiado por su futuro. Cerró sus preciosos y delicados puños, no le parecía justo que ahora todo el sacrificio que había hecho, se iba a la basura por una extraña. Rena no había tenido que añorar año tras año para poder ver el amanecer del verano y tratar de recobrar en los brazos de Douglas lo que el cerdo de su marido le quitaba. Serena solo vivía esa semana, el resto de sus días, era solo un hermoso trofeo, que nadie se tomaba el tiempo de limpiar y brillar un poco. —Vamos a ver qué pasa, cuando sepas quién es Douglas, en realidad —susurró para ella. La gala siguió, para lo que era, recolectar fondos y así lavar consciencias. Rena era el centro de atención, todo giraba en torno a la joven esposa de uno de los hombres más ricos y cotizados del salón. No se habían levantado de la pequeña mesa, hasta qué claro, Rena tuvo que preguntar. —¿Está ella acá? ¿Ya la viste? Doug tragó su comida como si llevara cianuro. Movió su cabeza afirmando todo. Rena tomó aire muy fuerte, «ella» había sido la causante de esa tremenda pelea que casi termina con el convenio. —Solo fue un saludo. Luego me alejé, me fui a la mesa de la empresa y… llegaste tú. —Espero que eso lo digas como algo bueno, no como que desbaraté tus planes. —¡Por Dios, Rena! ¿Qué más tengo que decirte para que me creas? Te lo juro. Ahora, yo te pertenezco… Rena cambió su expresión por una de nostalgia. Doug la tomó por una mano, pero no pudo verlo a los ojos. —Por tres meses, como le dijiste a ella. Douglas se mordió un poco los labios y bajó la cabeza. Retiró su mano, ya no supo qué responder. Sintió como dentro de su pecho el corazón le crujió, ya al parecer con Rena no había palabras. —Todavía estoy muy, muy molesta. Celosa incluso. Sin embargo, mis amigos me hicieron ver la realidad. Somos solo socios, no debo planear contigo un futuro, porque dejamos claro que no lo tendríamos y además, agradezco eso que le respondiste. Intentas respetarme, mientras este matrimonio dure. Douglas frunció el ceño, su mujer en definitiva no iba a entender razones. No dijo nada, se levantó de prisa y extendió su mano a Rena. —Bailemos un poco. Será lo más cerca que esté de ti, de tu cuerpo y de tus senos que amo. Rena se sonrojó, rogando porque nadie lo hubiese escuchado. Ella tomó su mano y él la llevó hasta la pista, donde la abrazó por la espalda muy fuerte, para luego bajar su mano, justo rozando una de sus nalgas. Quería levantarle el vestido, eso era lo que quería. Ella lo miró, luego le acarició por la mejilla. ¿Cómo habían terminado en una pelea? Esa noche, en que él llegó apesadumbrado por romper el recipiente de vidrio en que llevó por primera vez comida en su vida, derivó en una semana de dolores, todos, por un pasado que se los quería tragar a los dos. *** Fin capítulo 18
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