El sol de Italia no era tan tímido como el de París. Brillaba con descaro entre las nubes, reflejándose en los ventanales del aeropuerto con una calidez que contrastaba brutalmente con la nostalgia que Ailani llevaba en el pecho. El cielo tenía un azul más profundo, y la luz parecía envolverlo todo con una nitidez casi cruel, como si la ciudad misma no permitiera ocultar ninguna emoción. Al bajar del avión, un aire más seco y tibio le acarició el rostro como una bienvenida involuntaria. El aroma a café recién hecho, mezclado con los perfumes que flotaban desde las tiendas duty free, le provocó un nudo en la garganta. Sus tacones resonaron en el mármol pulido con una cadencia medida, firme, pero cada paso se sentía más pesado que el anterior. Arrastraba su maleta como si esta pesara más

