Pasaron tres días desde la despedida. Días en los que el tiempo parecía haberse detenido. Ailani apenas comía. Caminaba descalza por el apartamento, en silencio, con el rostro pálido y los ojos hundidos, como si su alma se hubiera quedado sentada en aquella habitación del hospital. Elijah respetaba su espacio, pero su mirada lo delataba: dolía verla así. Carla seguía acompañándola, con esa paciencia silenciosa que solo las mujeres que han llorado mucho saben tener. Esa mañana, el timbre sonó. El sonido metálico rompió la calma como un cristal al caer. —Deben ser las cosas de tu madre —murmuró Carla, al ver la expresión de Ailani endurecerse. Dos hombres subieron una caja de cartón, cerrada con cinta adhesiva y una etiqueta con el nombre de su madre en tinta negra. El olor a desinfect

