El reloj marcaba las nueve de la mañana cuando un leve golpeteo resonó en la puerta del apartamento. Elijah se incorporó del sofá sin soltar a Ailani, que dormía con la cabeza apoyada en su pecho, exhausta tras una noche de llanto. Se movió con cuidado, dejando una manta sobre sus hombros, y caminó hacia la puerta con pasos medidos. Al abrirla. Frente a él estaban Carla y Oliver, ambos con rostros serios y ojos preocupados. —¿Cómo está? —preguntó Carla en voz baja, abrazando su bolso con fuerza. —Mal —respondió Elijah con franqueza, abriéndoles paso—. Pero logró dormir un poco. Oliver asintió en silencio, entrando detrás de Carla. Sus pasos resonaron sobre el suelo de madera clara. Había algo solemne en el ambiente, algo que ni el moderno diseño del apartamento ni la luz suave de la ma

