Londres no había cambiado en los días que siguieron al funeral, pero para Ailani, el mundo ya no era el mismo. Desde la ventana del apartamento que Elijah había dispuesto para ella, el cielo plomizo se estiraba como una manta pesada sobre los edificios antiguos. Las gotas de lluvia resbalaban con lentitud por el cristal, dibujando líneas que se desvanecían en cuanto el viento las tocaba. Era un paisaje apagado, silencioso, y sin embargo, perfecto para el duelo que le apretaba el pecho. Ailani llevaba tres días sin salir. Dormía poco, comía menos. El apartamento era amplio, moderno, con detalles cálidos que hablaban del buen gusto de Elijah, pero se sentía hueco. Como ella. Estaba sentada en el suelo de la sala, envuelta en una manta de lana, con una caja de fotos sobre las piernas. Habí

