El crujido de la puerta al cerrarse dejó tras de sí una estela de vacío. Ailani se quedó de pie unos segundos en medio del salón, abrazándose a sí misma, sintiendo el peso de la confesión de James y el eco de sus propias palabras. El silencio volvió a envolver la villa, interrumpido solo por el tic-tac del antiguo reloj sobre la repisa de mármol y el murmullo constante de la lluvia. Se dejó caer lentamente sobre el sofá, sintiendo como si el alma le pesara más que el cuerpo. El calor de la taza aún humeante la reconfortó apenas cuando volvió a sostenerla, pero ya no tenía sabor. Todo en ese momento le parecía insípido, distante, ajeno. —¿Cómo pudo hacerlo? —susurró para sí, con la voz quebrada—. ¿Cómo pudo ser él… todo este tiempo? Sus pensamientos volvían una y otra vez a ese rostro qu

