El avión aterrizó en Londres entre nubes grises y gotas de lluvia dispersas que golpeaban las ventanillas como un preludio del encierro que le esperaba. Priscila observó el cielo opaco y suspiró con exageración. No había ni un rastro del sol mediterráneo, ni del bullicio de los clubes nocturnos de Ibiza, ni de los perfumes caros que la habían rodeado en las últimas semanas. Lo único que tenía era una maleta rosa neón, unas gafas de sol absurdamente grandes y un castigo impuesto por sus propios padres: "Una temporada con tu padrino. Sin fiestas. Sin escapadas. Sin excusas." La limusina enviada por la familia Brown la esperaba en la salida del aeropuerto. El conductor ni siquiera preguntó su nombre. Simplemente abrió la puerta con una reverencia silenciosa y la dejó deslizarse al interior d

