El despacho de James Brown estaba silencioso, iluminado por la tenue luz de la tarde que entraba a través de las altas ventanas. El humo de su puro flotaba perezoso, dibujando figuras abstractas en el aire. Sus dedos tamborileaban sobre la superficie del escritorio cuando Oliver ingresó, impecable como siempre, con un porte que mezclaba discreción y dominio. —Te pedí que vinieras porque necesito que tomes las riendas de la empresa durante unos días —dijo James sin rodeos, sin siquiera alzar la vista del informe que leía. Oliver se detuvo frente al escritorio. Su expresión no mostraba sorpresa. James Brown no pedía favores: los ordenaba con la firmeza de quien ha construido un imperio y no tolera grietas en sus muros. —Elijah no estará disponible por mucho tiempo. Confío en que sabrás ma

