La mansión Brown, imponente y serena, se había convertido en el escenario de una danza muda. Los días transcurrían como si todo estuviera perfectamente orquestado, y sin embargo, bajo esa aparente tranquilidad, latían emociones contenidas que amenazaban con romper la armonía. Oliver llegaba cada dos tardes con puntualidad británica. Entregaba informes, actualizaciones, documentos. A veces hablaba con James unos minutos, otras solo saludaba al personal antes de volver a marcharse. Pero cada vez que cruzaba el gran vestíbulo, ella estaba allí. Priscila. Como una sombra hermosa, una constante punzante. Caminaba por los pasillos sin mirarlo. Lo saludaba con un leve movimiento de cabeza, un formal "Señor Oliver", y luego continuaba su camino como si él no fuese más que una figura más en la d

