Capitulo 6

1886 Palabras
El tráfico matutino de la ciudad se extendía como un río interminable de luces y bocinas mientras Ailani avanzaba en su automóvil hacia la sede de Brown Enterprises. Su mente intentaba centrarse en la agenda del día, en las reuniones y estrategias que debía coordinar, pero una sombra persistente se aferraba a su conciencia: la silueta de Elijah, su voz resonando en su memoria como un eco imposible de acallar. Cuando llegó al imponente rascacielos de vidrio y acero, respiró hondo antes de bajar del coche. Su porte era impecable, la imagen perfecta de una mujer fuerte y decidida. Cruzó el vestíbulo con pasos seguros, saludando con una leve inclinación de cabeza a los empleados que la reconocían. El ascensor la llevó hasta el último piso, donde la esperaban los desafíos del día. Nada más salir, la asistente personal de James Brown, el fundador de la empresa, se acercó con una expresión expectante. —El señor Brown la espera en su despacho, señorita Ailani. Asintió con profesionalismo y se dirigió a la amplia oficina con ventanales que dominaban la ciudad. James Brown la esperaba de pie junto a su escritorio de caoba, su presencia imponente y sus ojos afilados analizando cada detalle de su comportamiento. —Ailani —la saludó con una sonrisa, ofreciéndole asiento—. Me alegra verte tan puntual como siempre. —Gracias, señor Brown —respondió ella con cortesía, acomodándose con elegancia. —Te he dicho que no me llames así. Dime solo James. —Lo are —Hablo Ailani con una sonrisa. James entrelazó los dedos sobre el escritorio, observándola con interés. —Voy a ir al grano. Esta tarde vendrá mi nieto, Elijah, a la empresa. Quiero que trabajen juntos en el nuevo proyecto de expansión. Será una gran oportunidad para demostrar lo que pueden lograr como equipo. —Creía que ya tomaría las riendas de la empresa. —Elijah tiene sus empresas, y es difícil que acepte manejar estás, lo que le corresponde como mi inuco heredero. —Confeso el viejo, caminando al gran ventanal. Ailani sintió un pequeño nudo en el estómago, pero su expresión se mantuvo serena. Deseaba que el nieto de James tomara el control y así, ella poder regresar a Italia y recuperar lo que su padre perdió. Aún no olvidaba la noche anterior, no después de que su gigoló la hubiera dejado con más preguntas que respuestas. Sin embargo, su autocontrol era impecable. —Ten un poco de paciencia. Elijah es un hombre muy controlador con los negocios. —Está bien, James —respondió con firmeza—. Trabajaré con él en lo que sea necesario para el beneficio de la empresa. James asintió con aprobación. —Esa es la actitud que esperaba de ti. Confío en su capacidad, Ailani. No me ha decepcionado hasta ahora. —Y no lo haré —aseguró ella con convicción. James esbozó una media sonrisa antes de levantarse. —Eso espero. Ahora, continúa con tu trabajo. Le avisaré cuando Elijah llegue. Ailani se puso de pie, sintiendo la mirada perspicaz del hombre sobre ella mientras salía de la oficina. Mientras caminaba hacia su despacho, su mente bullía con pensamientos encontrados. Sabía que tenía que mantener la compostura, que Elijah no podía convertirse en una distracción. Pero algo dentro de ella le decía que la tarde sería mucho más complicada de lo que imaginaba. Al llegar a su oficina, encontró a su secretaria, Carla, esperándola con una expresión radiante y los ojos brillando de emoción. Ailani apenas cruzó la puerta cuando ya sabía lo que vendría. Rodó los ojos con una sonrisa irónica antes de que Carla pudiera abrir la boca. —Déjame adivinar —dijo, dejando su bolso sobre el escritorio—. Ya te enteraste de que el nieto de James vendrá esta tarde. Carla aplaudió con entusiasmo, completamente ajena al tono de fastidio de su jefa. —¡Por supuesto que me enteré! ¿Cómo no iba a hacerlo? Es el hombre más misterioso y codiciado del círculo empresarial. ¡Esto es un evento histórico! Ailani suspiró y la miró con fingida severidad. —Contrólate, Carla, o te van a echar a la calle por acoso corporativo. Carla puso una mano en su pecho, fingiendo indignación. —¡Yo no haría nada inapropiado! Solo observaré… desde una distancia prudente, claro. Ailani no pudo evitar reírse mientras se sentaba en su silla y sacaba unos documentos. —Seguro es un hombre feo y sin gracia. Ya verás, Carla, no vale la pena tanto alboroto. Carla la miró horrorizada. —¡¿Feo y sin gracia?! ¡Por favor, Ailani! He visto fotos. Es alto, con una mandíbula que podría cortar diamantes y una mirada de esas que hacen que se te doblen las rodillas. Dicen que su carisma es irresistible. Ailani arqueó una ceja, sin dejarse impresionar. —Aun así, eso no significa que vaya a prestarme atención. No todas caemos rendidas ante un rostro bonito. Carla suspiró dramáticamente y levantó las manos en señal de rendición. —Está bien, está bien, no insistiré… por ahora. Pero te advierto que caerás en sus encantos. Es inevitable. —Claro, claro —respondió Ailani con sorna, moviendo la mano para despedirla—. Vuelve a tu puesto antes de que empieces a desmayarte de la emoción. Carla resopló, pero obedeció, alejándose con pasos teatrales y una sonrisa traviesa. Ailani negó con la cabeza y se concentró en sus papeles, pero una pequeña sonrisa seguía danzando en sus labios. A pesar de todo, la tarde prometía ser… interesante. Ailani exhaló despacio, con la mirada perdida en los documentos que tenía sobre el escritorio. No leía nada en realidad. Su mente la traicionaba, sumergiéndola en recuerdos que preferiría enterrar. La mirada de ese hombre. Oscura, intensa, peligrosa. Esa mirada que, por un instante, la hizo sentir vulnerable, frágil como una figura de cristal. Esa misma mirada que había despertado en ella un deseo inexplicable, sofocante. Se humedeció los labios sin darse cuenta, recordando la forma en que la había sostenido, la caricia de sus dedos sobre su piel, la intensidad con la que la había poseído y luego… el frío con el que la alejó. ¿Qué había esperado realmente? ¿Qué se quedara? Era un pensamiento absurdo. Él era un hombre acostumbrado a entregarse a cualquiera que pudiera pagar su tiempo, su cuerpo. No había exclusividad en su mundo, ni promesas, ni futuro. Y sin embargo, había algo en él, en la manera en que sus ojos la devoraban, que hacía que su cuerpo reaccionara incluso ahora, sentada en su elegante oficina con las luces de la ciudad reflejándose en los ventanales. Apretó la mandíbula y se obligó a enderezarse en su asiento. No tenía tiempo para distracciones, mucho menos para pensamientos sin sentido sobre un hombre que no volvería a ver. Respiró hondo, sintiendo la frialdad del aire acondicionado acariciar su piel. La luz del sol filtrándose a través de los enormes ventanales bañaba la habitación con un tono dorado, proyectando sombras largas sobre el suelo de madera pulida. Tomó una pluma y comenzó a firmar documentos, sumergiéndose en la rutina conocida, en la seguridad de los números y estrategias que dominaba con maestría. El sonido de su teclado resonaba acompasado con el leve murmullo de la ciudad allá afuera. De vez en cuando, Carla entraba con informes o para recordarle alguna reunión importante. La mayoría del tiempo, su secretaria la observaba con una expresión divertida, como si esperara el momento exacto en que su predicción sobre Elijah se hiciera realidad. Ailani ignoraba sus miradas y comentarios encubiertos con sonrisas mal disimuladas. Se mantuvo firme en su trabajo, enfocada en sus pendientes, en los correos, en las llamadas con inversores. Cada minuto que pasaba, se sentía más tranquila, más segura, más alejada de esos pensamientos perturbadores. Hasta que llegó la tarde. Y con ella, la presencia que nadie en la empresa podía ignorar. Elijah se reclinó en el asiento trasero del automóvil n***o mientras observaba la imponente estructura de Brown Enterprises a través del vidrio tintado. Sus dedos tamborileaban con impaciencia sobre su muslo, y su mandíbula estaba tensa. Afuera, la ciudad se movía con su ritmo frenético, pero en su interior, solo había un caos contenido. —Señor, ya es hora —dijo Oliver, su asistente y amigo de confianza, desde el asiento del copiloto. Su tono tenía un matiz de diversión mal disimulada—. Vamos, entra de una vez y enfrenta a la mujer que te tiene loco. Elijah exhaló por la nariz, sin apartar la vista del edificio. —No digas estupideces —respondió con su voz grave y controlada. Oliver soltó una risa baja y burlona. —Claro, claro. No te afecta en absoluto. Por eso llevas cinco minutos aquí afuera en lugar de entrar como lo harías en cualquier otra reunión. Elijah no le contestó. Simplemente abrió la puerta del coche y salió con un movimiento fluido y decidido. Desde el momento en que sus zapatos italianos tocaron el pavimento, las miradas comenzaron a posarse en él. Era imposible ignorarlo. Alto, con una postura imponente, su traje perfectamente ajustado a su atlética figura y esa expresión indescifrable que hacía que todos se preguntaran en qué pensaba. Su cabello oscuro estaba ligeramente despeinado con un aire de descuido perfectamente calculado, y sus ojos, de un azul intenso y penetrante, parecían diseccionar todo lo que lo rodeaba. En cuanto cruzó las puertas de cristal del vestíbulo, los murmullos comenzaron. —¿Ese es Elijah Brown? —No puede ser… Es incluso más guapo en persona. —Mira esa mandíbula. Santo cielo. Elijah estaba acostumbrado a esas reacciones. Las ignoró con la facilidad de quien las ha experimentado toda su vida y se dirigió directamente al ascensor, donde un par de empleadas intentaron disimular su nerviosismo al verlo acercarse. Al entrar, marcó el último piso sin siquiera mirarlas. Ellas apenas respiraban. Carla se apresuró a su oficina, más agitada de lo normal. —Está aquí —susurró, como si anunciara la llegada de la realeza. Ailani no levantó la vista de sus papeles. —¿Y? —¡Y es mucho más guapo en persona! Dios mío, Ailani, no estás preparada para esto. Ailani rodó los ojos, pero en su interior sintió una punzada de curiosidad. A pesar de sí misma, de todo lo que había dicho y pensado, su corazón dio un ligero vuelco. —Cálmate, Carla. Es solo un hombre. —Oh, no, querida. No es solo un hombre. Es… —Carla se interrumpió, enderezándose de golpe. Su expresión cambió a una de sorpresa contenida. Ailani siguió la dirección de su mirada y su estómago se contrajo. Cuando el ascensor se abrió con un suave sonido y salió Elijah salió sin vacilar. Justo frente a él, saliendo de una oficina, estaba Ailani. Su corazón dio un vuelco, pero su rostro se mantuvo imperturbable. Ella también se quedó quieta. Sus ojos, de un tono profundo y lleno de determinación, se clavaron en los suyos, y en ese instante, solo se imaginó a su gigoló. Porque los ojos de Elijah eran los mismos que tenía si gigoló. Los mismos que la habían devorado en la oscuridad, que habían explorado cada centímetro de su piel con deseo. Ailani se quedó sin aire. Su mente tardó en reaccionar.
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