El amanecer llegó con una pálida luz dorada filtrándose por las cortinas de la habitación de Ailani. La ciudad, que nunca dormía por completo, murmuraba en el fondo con los sonidos lejanos del tráfico y las bocinas ocasionales. El aire fresco de la mañana contrastaba con el calor sofocante de la noche anterior, como si el mundo intentara limpiar los rastros de lo ocurrido.
Ailani abrió los ojos lentamente, sintiendo la pesadez en sus párpados y la opresión en su pecho. Se obligó a incorporarse, dejando que la brisa matutina acariciara su piel desnuda. La noche anterior había sido un torbellino de emociones, de miradas intensas y palabras no dichas. Trató de sacudirse la sensación de pérdida que la envolvía, como si pudiera borrar el eco de la presencia de Elijah en su mente.
Se levantó y caminó hacia el espejo. Su reflejo le devolvió una mirada cansada, pero también determinada. No podía permitirse seguir atrapada en lo que había pasado, en lo que pudo haber sido. Tenía un trabajo que hacer, una empresa que dirigir. Su vida no podía girar en torno a un hombre que, al final, había decidido alejarse.
Con movimientos mecánicos, se metió bajo la ducha, dejando que el agua caliente relajara sus músculos tensos. El vapor se arremolinaba a su alrededor, envolviéndola en una sensación momentánea de paz. Se lavó el rostro, como si así pudiera borrar la ansiedad que aún latía en su pecho. No, no iba a permitir que su mundo se derrumbara por alguien que no había tenido el valor de quedarse.
Salió del baño envuelto en una bata de seda, el cabello húmedo cayendo en ondas sobre sus hombros. Se vistió con precisión, eligiendo un conjunto elegante y sofisticado que ocultara cualquier vestigio de la turbulencia que la habitaba. Alisó la tela de su blusa, enderezó la espalda y se miró una vez más en el espejo.
Se sentó frente al tocador, observando su rostro con detenimiento. Bajo la luz matutina, su piel reflejaba el cansancio de una noche sin descanso, pero también una resolución silenciosa. No se permitiría mostrarse vulnerable.
Con precisión, tomó la base y la aplicó con movimientos suaves, borrando las huellas del insomnio. Un toque de corrector bajo los ojos disipó cualquier sombra persistente, y un trazo sutil de rubor devolvió el color a sus mejillas. Delineó sus labios con un tono profundo, un rojo que contrastaba con su expresión serena, un recordatorio de su propia fortaleza. Finalmente, perfiló sus ojos con un trazo n***o definido, dándoles un aire de determinación que combinaba con la mujer que debía ser.
Se levantó con elegancia y caminó hacia el vestidor. Sus dedos recorrieron la colección de bolsos alineados en el estante hasta detenerse en uno de cuero n***o con detalles dorados. Práctico, sofisticado, y lo suficientemente grande para llevar todo lo necesario. Lo tomó sin vacilar y deslizó dentro su teléfono, las llaves y un par de documentos.
Antes de salir, se detuvo un segundo en la puerta, respiró hondo y exhaló lentamente. No había tiempo para dudas ni nostalgias. Era hora de seguir adelante. Con pasos firmes, salió de la habitación, lista para enfrentar el día.
Mientras tanto, en otro rincón de la ciudad, Elijah despertó con un sobresalto. La luz matutina lo golpeó con una crudeza que no pudo ignorar. Se pasó una mano por el rostro, sintiendo el cansancio grabado en su piel. La noche anterior lo había dejado agotado, pero no físicamente, sino de una manera más profunda, más devastadora.
Se sentó en el borde de la cama, con los codos apoyados en las rodillas y las manos entrelazadas. Un suspiro pesado escapó de sus labios. La imagen de Ailani seguía tatuada en su mente, cada detalle de su rostro, la suavidad de su voz, la forma en que sus ojos lo habían buscado con un anhelo silencioso. Y él la había dejado ir.
La culpa lo consumía lentamente. Sabía que había tomado la decisión correcta, al menos según la lógica impuesta por el mismo. Pero entonces, ¿por qué sentía que había cometido el mayor error de su vida? Oliver tenía razón. No podía escapar de lo que sentía. No podía seguir mintiéndose a sí mismo.
Se levantó de golpe, caminando hacia la ventana de su apartamento. El horizonte se extendía ante él, la ciudad despertando con una energía vibrante. Pero él solo sentía vacío. Pasó una mano por su cabello desordenado y cerró los ojos por un momento.
Porque, por más que intentara negarlo, Ailani era más que un deseo pasajero. Ella era la tormenta que había llegado para cambiarlo todo.
Elijah caminaba por el pasillo del apartamento, las luces tenues proyectando sombras alargadas en las paredes blancas. Las puertas de vidrio se deslizaban suavemente a su paso, pero él no veía nada. Su mente estaba en otra parte, en la conversación que había tenido con Oliver, su amigo y confidente.
Estaba sintiendo la presión de las expectativas familiares y su propio instinto de huir. Se apoyó contra la pared, cerrando los ojos por un momento, dejando que el sonido distante de la ciudad llegara hasta él, un murmullo sordo que acompañaba su agitación interna.
La imagen de Ailani seguía fresca en su mente. Su rostro, iluminado por la luz de los neones en el club, los ojos brillantes, llenos de preguntas sin respuesta. Su cuerpo, tan cerca, tan vulnerable a su toque… Pero en su cabeza resonaban las palabras de su abuelo. Ella es la protegida, el destino de la familia Brown no puede verse manchado por un juego de deseos fugaces. ¿Y si algo salía mal? ¿Y si ella se rompía por todo esto?
Oliver lo había conocido bien, lo había leído en sus ojos. Después de todo, no era la primera vez que Elijah se enfrentaba a un dilema de este tipo. Pero con Ailani, las cosas eran diferentes. No podía ser tan simple como antes.
Recordó claramente la conversación de la noche anterior, cuando Oliver había llegado a su departamento sin previo aviso, con una sonrisa cínica y una copa de whisky en la mano. Había lanzado una mirada cargada de ironía antes de hablar.
—Te vi anoche con ella —había comenzado, sin rodeos, como siempre.
Elijah se había quedado en silencio un momento, con una pesadez creciente en el pecho.
—No va a haber más de esto —respondió él con firmeza, aunque en su interior sentía una punzada de duda. —Ailani es la protegida de mi abuelo. No puedo permitirme ese tipo de distracción.
Oliver había soltado una risa baja, como si la respuesta le resultara absurda.
—¿De verdad crees que puedes alejarte de ella? —preguntó, con el tono de quien ya conocía la respuesta antes de formular la pregunta. —Mira, Elijah, puede que intentes negar lo que sientes, pero el deseo es un fuego que no se apaga tan fácilmente. Si no te das cuenta ahora, lo harás tarde o temprano.
Elijah había apretado los puños, la tensión acumulándose en su cuerpo.
—Lo sé, pero lo que sea que sienta no tiene importancia. Ella no está en mi mundo. No puedo arrastrarla a esto.
Oliver había levantado una ceja, bebiendo un trago largo antes de dejar la copa sobre la mesa, mirando a Elijah fijamente.
—¿Crees que ella se va a conformar con un "no puedo"? El deseo, el amor… esas cosas no se controlan, Elijah. Al final, terminas cayendo. Y tú… tú no vas a resistirlo. Nadie puede hacerlo.
Elijah había desviado la mirada, odiando la verdad en las palabras de Oliver. Sabía que no podía perder más tiempo, que sus decisiones ahora debían basarse en la razón, en lo que era correcto, pero una parte de él sabía que no iba a ser tan fácil.
—No quiero que ella se haga daño —respondió, la voz grave, pero con un tono de preocupación que no había querido admitir en su interior. —Si se involucra conmigo, va a salir herida. Y lo peor de todo es que no quiero ser el que cause eso.
Oliver había soltado una carcajada amarga.
—¿Herida? —dijo, negando con la cabeza. —No entiendes nada. En el amor y en el deseo no hay salida fácil, amigo. Tú puedes decir que vas a dejarla ir, pero no va a ser así. Ninguno de los dos va a salir indemne. El deseo entre ustedes es un camino de ida, sin regreso. Tienes miedo de lo que podrías llegar a sentir, y eso te hace querer huir, pero créeme, huir no sirve.
Elijah había dado un paso atrás, su mirada fija en el vacío. Oliver tenía razón, lo odiaba por tener razón, pero en el fondo sabía que se estaba mintiendo a sí mismo. No podía luchar contra lo que sentía. No podía vivir con el peso de la mentira por mucho más tiempo.
—Es lo mejor —había susurrado él, como si repitiera un mantra que ni él mismo creía. —Lo mejor para los dos.
Oliver había tomado un trago más, sin quitarle los ojos de encima.
—No seas idiota —había dicho en voz baja, con una sonrisa torcida—. No puedes controlar lo que sientes. Ni tú ni ella. Ya es demasiado tarde, amigo.
Elijah se apartó de la pared y se dirigió al sofá, su mente aturdida por la pesadez de sus propios pensamientos. Oliver tenía razón. No podía seguir huyendo de lo que sentía. Ailani lo había atrapado sin que él lo quisiera, y ya no importaba cuánto intentara apartarse. Cada vez que la veía, cada vez que sus miradas se encontraban, el mundo que él había tratado de construir para sí mismo se desmoronaba.