Capitulo 4

1729 Palabras
Las noches se habían convertido en una tortura para Ailani. Su mente estaba atrapada en recuerdos ardientes, en el roce de aquellas manos firmes explorando su cuerpo, en el fuego de aquellos labios que parecían haber sido hechos para devorarla. Se repetía que era solo deseo, una atracción intensa pero pasajera… Sin embargo, la verdad era más oscura. Lo quería. Lo necesitaba. Y lo peor era que no sabía casi nada de él. Cada noche que pasaba sin verlo era una batalla interna. Se decía a sí misma que no debía buscarlo, que su relación con aquel misterioso amante del club nocturno no tenía futuro, él solo era un gigoló, dispuesto a acostarse con cualquiera por dinero. Pero su cuerpo no le obedecía. Su piel anhelaba su tacto, su corazón palpitaba al imaginarlo cerca. Así que volvió al club, una y otra vez, esperando encontrarlo. La tercera noche consecutiva que fue en su búsqueda, Oliver Jones la encontró antes que él. Con su sonrisa socarrona y su mirada astuta, se acercó a ella en la barra. —Vaya, vaya… —musitó con diversión—. ¿Te has vuelto asidua a este lugar, señorita Rossi? Ailani levantó la barbilla con elegancia. —Tal vez me gusta la música —respondió con indiferencia, aunque sabía que Oliver no se creería su mentira. —¿La música? —Oliver soltó una carcajada—. ¿O será que buscas a alguien en particular? Antes de que Ailani pudiera responder, una presencia familiar se hizo notar detrás de ella. Un escalofrío recorrió su espalda cuando sintió una mano rozar levemente la parte baja de su espalda. Supo al instante que era él. —Oliver, siempre metiéndote donde no te llaman —dijo Elijah con voz grave, con un tono que solo Ailani pudo interpretar como advertencia. Ella giró lentamente, encontrándose con sus ojos azules, aquellos que la tenían cautiva desde la primera vez. Deseo verlo sin ese antifaz que le robaba la oportunidad de ver todo su rostro. No pudo evitar recorrer su rostro con la mirada, buscando alguna señal de que él también la había extrañado. —No te he visto en días —susurró ella, intentando sonar casual, aunque la vulnerabilidad en su voz la traicionó. Elijah tragó saliva, sintiendo su resolución tambalearse. No quería que esto pasara. No debía haber sentimientos involucrados. Sin embargo, verla allí, buscándolo con desesperación contenida, hizo que una oleada de culpabilidad y deseo lo golpeara. —No es prudente que estés aquí todas las noches —respondió en un intento fallido de alejarla. Ailani ladeó la cabeza y entrecerró los ojos. —¿Y si no me importa la prudencia? Elijah sintió que la lucha interna dentro de él se intensificaba. Cada vez que estaba con ella, la mentira que había construido se volvía más pesada. No era un simple bailarín, no era un gigoló. Era el hombre que debía tomar las riendas del imperio Brown, el nieto del magnate al que ella respetaba y admiraba. Y si ella supiera la verdad… ¿Qué haría? Pero en ese momento, ninguna de esas preguntas importaba. Porque cuando Ailani dio un paso hacia él, cuando sus dedos rozaron su muñeca con un gesto implícito, Elijah supo que estaba perdido otra vez. —Baila conmigo —pidió ella, su voz un susurro cargado de deseo. Él no pudo negarse. La música cambió a un ritmo sensual cuando llegaron a la pista de baile. Sus cuerpos se acoplaron de inmediato, como si hubieran sido hechos el uno para el otro. Ailani cerró los ojos cuando sintió las manos de Elijah recorrer su espalda con una delicadeza que contrastaba con la intensidad de su agarre en su cintura. —No sé qué me pasa contigo… —susurró ella, inclinando su cabeza hasta apoyar su frente contra su pecho. Elijah apretó los dientes. Él sí lo sabía. Se estaba enamorando de ella. El ambiente del club se volvió más denso mientras Ailani, perdida en el contacto de sus cuerpos y el calor de la música, alzó las manos hacia el antifaz que cubría los ojos de Elijah. Sus dedos temblaron ligeramente, como si la acción misma fuera una transgresión que deseaba cometer. Quería ver sus ojos, descubrir qué se escondía detrás de esa fachada de misterio. Quería saber quién era realmente el hombre que había despertado sus deseos más profundos. Elijah notó el movimiento en sus manos y, en un suspiro ahogado, las atrapó suavemente antes de que pudieran tocar el antifaz. La miró intensamente, los ojos ocultos tras la tela, pero su mirada parecía más penetrante que nunca. —No lo hagas —susurró con una voz grave, cargada de una advertencia sutil que la atravesó. Ailani detuvo su movimiento, sorprendida por la firmeza en su tono, pero no retrocedió. Su curiosidad la impulsaba a desafiar la barrera que él había levantado entre ellos. —¿Por qué? —preguntó en un susurro, desafiando sin palabras la incomodidad de la situación. Él inclinó ligeramente la cabeza, sintiendo que la tensión en su pecho aumentaba. —No es conveniente que sepas quién soy. —La respuesta fue tajante, sin lugar a dudas ni explicaciones adicionales. Ailani lo miró en silencio, su corazón latiendo desbocado. Algo en su voz, en su actitud, la retó, como si estuviera cruzando una línea peligrosa. En lugar de alejarse, de desvanecerse ante su negativa, su mirada se suavizó un poco, y en un impulso irrefrenable, se acercó más a él. Sin previo aviso, sus labios robaron un beso corto, provocador, que no dejaba lugar a malentendidos. Fue un roce rápido, pero cargado de intenciones que él no podía ignorar. Su lengua rozó apenas la suya, como si quisiera probar algo más que la frustración que ambos compartían, algo más que la incertidumbre de lo que no podían ser. Elijah se quedó inmóvil por un segundo, atónito, pero luego un leve estremecimiento recorrió su cuerpo. Intentó controlarse, resistir la necesidad que sentía de dejarse llevar, de sucumbir a lo que ambos sabían que había entre ellos. Pero en ese instante, Ailani ya se había adueñado de su mente, y lo peor de todo era que no podía impedir que su corazón empezara a seguir el mismo ritmo alocado. —No es el momento —dijo él, casi en un murmullo, sus dedos presionando delicadamente su cintura, intentando mantener la distancia, aunque en su rostro se reflejaba la lucha interna que lo desgarraba. Ailani no respondió, pero en su mirada había algo más que deseo; había una pregunta sin resolver, un desafío en silencio que dejaba claro que no iba a rendirse tan fácilmente. La tensión seguía flotando en el aire, pesando sobre ellos, mientras la música continuaba envolviéndolos, cómplices de un juego peligroso que ninguno de los dos quería abandonar. El aroma a licor dulce y perfume maderado impregnaba el aire del club nocturno mientras las luces danzaban en destellos dorados y carmesíes sobre la pista de baile. Ailani sintió el calor de los cuerpos moviéndose al ritmo de la música, pero su atención solo estaba en él. Elijah. Su piel aún hormigueaba por el contacto reciente, por la presión de sus dedos sobre su cintura. Pero algo en su mirada la mantenía inquieta. Un muro invisible se interponía entre ellos, una barrera que él se negaba a dejar caer. Respiró hondo, tratando de calmar la tormenta en su pecho. Decidió preguntar lo que tanto le atormentaba, lo que la mantenía despierta en las noches en vela. —Dímelo de una vez —susurró, sin apartar los ojos de los suyos—. ¿Hay alguien más? Elijah parpadeó, visiblemente sorprendido. La tensión en su mandíbula se intensificó por un instante antes de que exhalara, su aliento cálido rozando la piel de Ailani. La miró con una intensidad casi insoportable, y por primera vez, ella notó un destello de dolor en su expresión. —No —respondió con firmeza—. No hay nadie más. El alivio debería haberla invadido, pero la frialdad en su tono la dejó con un vacío aún más profundo. Ailani se humedeció los labios, buscando fuerzas para preguntar lo que venía a continuación. —Entonces, ¿por qué te empeñas en mantenerme lejos? ¿Por qué sientes la necesidad de alejarte cada vez que me acerco? Elijah desvió la mirada por un segundo, como si luchara consigo mismo. Luego, regresó a ella con una vulnerabilidad que rara vez permitía ver. —Porque tú mereces algo mejor que un gigoló —dijo, cada palabra cayendo entre ellos como una confesión amarga. El silencio que siguió fue ensordecedor. Ailani sintió un nudo en la garganta, una punzada de frustración que le oprimió el pecho. Sus manos temblaron levemente antes de que las cerrara en puños a los costados. —¿Eso es lo que piensas? —susurró, su voz temblorosa—. ¿Que yo no soy capaz de decidir lo que quiero? Él entrecerró los ojos, como si su pregunta le doliera más de lo que esperaba. —No es eso, Ailani… —Entonces, ¿qué es? —Lo interrumpió con un tono cargado de frustración. Sus pupilas brillaban con una mezcla de rabia y tristeza—. ¿Por qué no podemos simplemente… ser? Elijah apretó los labios, incapaz de responderle con algo que no fuera otra barrera, otra excusa. No podía decirle la verdad. No aún. Y eso lo desgarraba por dentro. Ailani suspiró con resignación. Sintió que su lucha contra él era como un barco a la deriva, siempre al borde del naufragio, sin una orilla a la cual aferrarse. No podía seguir persiguiendo sombras. —Está bien —murmuró finalmente, con una pequeña sonrisa triste—. Si eso es lo que quieres, no insistiré más. Elijah sintió que su pecho se contraía con fuerza al escucharla decir eso. Su instinto gritó que la detuviera, que no la dejara ir. Pero sus pies permanecieron inmóviles mientras la veía dar un paso atrás, alejándose de él poco a poco, como si cada movimiento fuera una despedida silenciosa. El ambiente del club siguió vibrando con la música, con las luces titilantes y la multitud celebrando la noche. Pero para ellos, todo se sintió más frío, más lejano. Ailani giró sobre sus talones y desapareció entre la multitud, dejando tras de sí un vacío que Elijah supo que nunca podría llenar.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR