El silencio reinaba en los pasillos de la mansión, roto apenas por el crujido leve de la madera bajo los pies de Ailani. La tensión tras el descubrimiento de esa mañana aún pesaba en su pecho. Elijah se había encerrado en su despacho, furioso, herido, traicionado. Y Ailani, con el alma revuelta, sabía que alguien tenía que hablar con Priscila. Se detuvo frente a la puerta de la joven. Dudó por un momento. El marco blanco y la manija de bronce parecían parte de un escenario demasiado inocente para el escándalo que había estallado. Respiró hondo y llamó suavemente. —Priscila, soy yo, Ailani. ¿Podemos hablar? Dentro hubo un silencio largo, denso. Finalmente, la puerta se abrió con lentitud, revelando a Priscila con el rostro pálido, los ojos hinchados de tanto llorar. Tenía puesta una bata

