El aroma dulzón del café con avellanas flotaba en el aire del área común, mezclado con el murmullo constante de teclas presionadas y zumbidos de impresoras trabajando sin tregua. Más allá de las cristaleras, el sol ya estaba en lo alto, iluminando la ciudad con un brillo casi cegador que hacía brillar las superficies metálicas del mobiliario moderno. La oficina respiraba eficiencia… pero en un rincón apartado, detrás de una pequeña sala de descanso acristalada, la conspiración tenía lugar. Carla miró de un lado a otro como si estuviera tramando un atraco, y luego jaló del brazo a Oliver, que apenas tenía tiempo de reaccionar. —¿Qué haces? ¡Estaba con los reportes de ventas! —protestó él, tropezando con su propio zapato mientras era arrastrado. —Eso puede esperar. Esto no —le dijo Carla

