DAMIÁN JONES Cuando lo hice me quedé quieto. La que estaba debajo de mí no era Gia. Sus oscuros ojos abrazaron los míos. Era Ginebra. Me incliné y tomé su boca casi desesperado. Ella metió sus manos debajo de la camisa y logró quitármela. Bajé mi mano y acaricié una de sus piernas. Gimió levemente. Sentí como sus manos llegaban a mis pantalones. Me alejé apenas de su boca. —Ginebra… —susurré su nombre. Me detuve al darme cuenta de que la nombré. Entonces me alejé de ella para mirarla, y la imagen de Ginebra se esfumó en un segundo. La rubia era de nuevo la que estaba frente a mí. —No, no pasa nada. Continuemos, solo fue un… desliz —dijo agitada y se acercó de nuevo a mi boca y me volvió a besar —Solo quiero darte placer, Damián. Y estoy completamente segura de que tú puedes dármelo.

