horas, y aquel imbécil no se incorporaba de esa postura que lo dibujaba horroroso.El abdomen era preponderante a expensas de un panículo adiposo extremo. Cuando por fin se despojó de aquella caperuza, dejó libre su extrema fealdad. Un enorme mostacho le otorgaba un toque de vulgaridad.Sus ojos parecieran que de un momento a otro iban a salir de sus cuencas. Pero lo más horroroso de todo ese berenjenal de fealdades, resultaba aquella boca torcida, la cual se iba en todas direcciones cada vez que se reía de una manea espeluznante. Cuando ya estaba próxima la llegada del alba, el hombrón decidió por fin ponerse de pie. Hacía un supremo esfuerzo tratando de hacerlo. Se asemejaba esa manera tosca de incorporarse, a los esfuerzos que realizan las tortugas cuando, por alguna extraña circunstancia

