Roman le arrojó agua helada a Kirill contra el cuerpo desnudo, y Kirill despertó horrorizado. No le importó tanto la frialdad del agua, sino que el hombre que le arrojó el agua era su verdugo. Kirill sacudió la cabeza y el cabello se pegó a sus hombros y mejillas. Roman estaba ante él, vestido como el Papa, con el balde en sus manos y la mirada despreciable en Kirill. Roman arrojó la cubeta de metal y se limpió las manos. Todo en ese lugar era asqueroso, desde las cadenas recubiertas de sangre, hasta el piso con viejas manchas de heces, orina y sangre de sus víctimas. —¿Recuerdas la primera vez que estuvimos aquí? —preguntó Roman cuando Kirill abrió los ojos y los colocó sobre él. Kirill no movió un músculo. Estaba colgando de sus muñecas, y sus pies no tocaban el suelo. Apenas su dedo

