Ecos de Sombras
Los días previos al 31 de octubre pasaron como un sueño inquieto, y cada noche, Viviana sentía la misma presión en el pecho. No lo había vuelto a ver directamente, pero su presencia la envolvía como una sombra. Podía sentirlo, como si el aire a su alrededor se tornara denso, lleno de peligro. Cada pequeño ruido la sobresaltaba, cada crujido del suelo hacía que su corazón latiera con fuerza.
Esa tarde, mientras intentaba distraerse con un libro, su teléfono sonó. El nombre de Carla, su mejor amiga, apareció en la pantalla, y por un momento dudó en contestar. Desde el primer encuentro con el hombre enmascarado, Viviana había evitado hablar con ella. ¿Cómo le explicaría lo que había visto sin parecer una loca? Pero algo en su interior la impulsó a responder.
—Viv, ¿qué estás haciendo esta noche? —preguntó Carla con su entusiasmo habitual—. ¡Tenemos que salir! No puedes quedarte en casa sola, especialmente en Halloween. Las chicas y yo vamos a la fiesta en la casa abandonada del viejo molino. Va a ser épico, todo el mundo estará allí.
Viviana intentó reprimir la ansiedad que se apoderaba de ella al pensar en salir. Sabía que debía hacer algo, cualquier cosa, para mantener su mente lejos de él. Pero esa fiesta, en un lugar tan oscuro y desolado, solo intensificaba su miedo. ¿Y si él estaba esperando el momento adecuado? Un lugar apartado como ese sería el escenario perfecto para que actuara.
—No sé, Carla… no me siento muy bien. Creo que me quedaré en casa esta noche —respondió, con la esperanza de que su amiga no insistiera.
—¡Vamos! Es solo una noche. Además, estarás segura con nosotros. ¡Nada malo puede pasar rodeada de tanta gente!
Esas palabras hicieron eco en su mente. "Nada malo puede pasar." Pero Viviana sabía que eso no era verdad. Desde aquella primera mirada en la ventana, todo había cambiado. Sus miedos ya no eran racionales, eran como cuchillos afilados que rasgaban su realidad. Sin embargo, una parte de ella sabía que Carla tenía razón. Quedarse sola en casa solo la haría caer más profundamente en su paranoia.
Suspiró. —Está bien, pero no pienso quedarme mucho.
—¡Perfecto! Pasa por mi casa en una hora y vamos juntas.
Cuando colgó, Viviana miró su reflejo en el espejo del pasillo. Sus ojos oscuros estaban hundidos, rodeados por sombras. Parecía como si la realidad misma la estuviera consumiendo, lenta y cruelmente.
La noche cayó rápido, y la oscuridad envolvió las calles como un manto impenetrable. Las risas y los gritos de niños pidiendo dulces resonaban a lo lejos mientras Viviana caminaba hacia la casa de Carla. Cada paso era pesado, y aunque intentaba convencerse de que todo estaba en su mente, no podía evitar voltear continuamente, buscando la silueta familiar entre las sombras.
Al llegar a la casa de Carla, una sensación de alivio la envolvió brevemente. Estar rodeada de amigos, incluso si era solo por unas horas, la ayudaría a calmarse. Pero apenas cruzó la puerta, sintió una punzada de inquietud. La casa abandonada del molino... No podía evitar la sensación de que algo oscuro estaba por suceder.
—¡Viv! —Carla la abrazó con entusiasmo—. Me alegra tanto que vinieras. Esta noche va a ser legendaria.
Mientras subían al coche y se dirigían al molino, la conversación en el vehículo estaba llena de risas y emoción por la fiesta, pero Viviana apenas podía concentrarse. Los árboles se volvían más densos a medida que se adentraban en el camino rural, y la luz de la luna apenas penetraba entre las ramas. Sentía su corazón acelerarse con cada kilómetro que se acercaban al molino.
Finalmente, el coche se detuvo frente a la imponente estructura abandonada. La casa del molino, decrépita y envuelta en telarañas, se erguía como un esqueleto olvidado. Las luces de la fiesta y la música que salía del interior no podían borrar el aire inquietante que rodeaba el lugar. Viviana tragó saliva, recordando la promesa que se había hecho a sí misma: solo un par de horas y luego me iré.
Dentro, la fiesta era un caos de disfraces, luces intermitentes y cuerpos en movimiento. Pero a pesar del bullicio, Viviana no podía sacudirse la sensación de estar observada. Cada rincón oscuro parecía susurrarle advertencias. Cada sombra que se deslizaba por las paredes la hacía girar la cabeza.
Entonces lo sintió. Una mirada penetrante.
Levantó la vista y, a través de la multitud, lo vio. No había cómo confundirlo. La máscara blanca, el contorno corpulento, esa presencia que había sentido días atrás. Estaba allí, observándola desde una esquina oscura de la habitación, inmóvil como una estatua entre las sombras.
El aire se volvió espeso, sofocante. Su respiración se volvió errática. Carla estaba riendo y hablando con alguien, completamente ajena al pánico que comenzaba a apoderarse de Viviana. Él había venido por ella.
Quiso moverse, pero sus pies estaban pegados al suelo. Quiso gritar, pero su voz se atascó en su garganta. Y entonces, en un movimiento lento y deliberado, él levantó una mano, señalándola. El gesto fue claro, directo. Ella era suya.
El miedo creció dentro de ella como una tormenta desatada. Dio un paso atrás, tambaleándose, y entonces sintió una mano en su hombro. Giró bruscamente, pero solo era Carla, mirándola con preocupación.
—¿Estás bien, Viv? Estás pálida.
—Yo... —no pudo terminar la frase. Su mirada se dirigió nuevamente al rincón donde lo había visto, pero ya no estaba allí.
Desaparecido. Como si nunca hubiera estado.
Pero Viviana lo sabía mejor. Él estaba cerca. La cacería había comenzado.