La Caza Silenciosa
El eco de la fiesta se desvanecía a lo lejos, pero Viviana apenas lo notaba. Sus pasos apresurados resonaban en el frío aire nocturno, mientras se alejaba de la casa del molino. Su respiración era entrecortada, y el latido de su corazón golpeaba con fuerza en sus sienes. No podía quedarse allí un segundo más. Había visto algo que nadie más parecía notar. Él estaba allí.
Carla la había mirado con preocupación cuando salió corriendo, pero Viviana no se detuvo a explicar. Ni siquiera podría haberlo hecho si lo intentara. ¿Cómo explicar ese miedo visceral, esa certeza de que él la estaba observando?
La carretera rural que conducía al molino estaba desierta, bordeada de árboles altos que parecían cerrarse sobre ella. La oscuridad era densa, y la única luz que la guiaba era la luna, pálida y distante. A cada paso, sentía como si algo invisible la siguiera, como si el aire mismo se volviera más pesado a su alrededor.
No era paranoia. Lo sabía.
Viviana giró la cabeza, su vista recorriendo los árboles, pero no vio nada. Sin embargo, lo sentía. Ese frío en la nuca. Esa sensación de estar siendo observada con una intensidad que la hacía temblar. El peso de su miedo era casi tangible. Algo o alguien estaba acechándola, moviéndose entre las sombras, fuera de su vista.
Cada crujido de las hojas bajo sus pies era como un recordatorio de su vulnerabilidad. Estaba sola. Sus amigos estaban lejos, y cualquier rastro de la fiesta se había quedado atrás. El aire nocturno se llenaba de una calma inquietante, como el momento justo antes de que algo terrible suceda.
—¿Por qué lo estoy viendo otra vez? —susurró para sí misma, tratando de calmar su mente que ahora estaba al borde del pánico. Pero sus palabras se desvanecieron en el viento.
Entonces lo escuchó. Un susurro apenas perceptible, como una respiración cercana. Se detuvo en seco, su cuerpo congelado por el miedo. Giró lentamente la cabeza, y allí, entre los árboles, vio una figura. Él.
La máscara blanca emergía de las sombras como un espectro, brillante bajo la luz de la luna. Estaba quieto, observándola desde la distancia, pero su sola presencia hizo que su sangre se helara en las venas. Él no se movía, solo la miraba con esa calma perturbadora, como un depredador evaluando a su presa.
Viviana dio un paso hacia atrás, su cuerpo temblando. El terror la envolvía por completo, paralizándola. Y entonces, en un movimiento lento y deliberado, él dio un paso adelante, acortando la distancia entre ellos.
—No… —murmuró ella, retrocediendo otro paso. No podía dejar que la alcanzara.
El tiempo pareció detenerse mientras ambos permanecían en ese extraño enfrentamiento silencioso. Pero en un destello de instinto, Viviana rompió el hechizo que la mantenía inmóvil y comenzó a correr, como si su vida dependiera de ello. El sonido de sus propios pasos era lo único que podía oír mientras corría hacia el bosque, adentrándose más en la oscuridad, intentando perderlo.
El camino era irregular, las ramas la golpeaban en el rostro, y sus pies tropezaban con las raíces del suelo, pero no podía detenerse. El miedo la impulsaba a seguir corriendo. Él estaba detrás de ella.
Aunque no podía oír sus pasos, sabía que él la seguía. Lo sentía, como una sombra, siempre cerca, siempre observándola. Siempre allí.
Los árboles se volvieron cada vez más densos, y Viviana no podía ver con claridad. De repente, su pie tropezó con una roca, y cayó al suelo con un grito ahogado. El dolor se apoderó de su tobillo, pero no tuvo tiempo de procesarlo. Tenía que levantarse.
El frío aire nocturno le quemaba los pulmones mientras intentaba ponerse de pie, pero sus piernas no le respondían. Era inútil. El dolor la paralizaba, y antes de que pudiera siquiera moverse, sintió una presencia a su lado.
Con el corazón desbocado, levantó la mirada, y allí estaba él, de pie a pocos metros. La máscara blanca la miraba fijamente, como si hubiera estado esperando ese momento.
Viviana sintió una mezcla de terror y desesperación. Sabía que no podía escapar. Estaba sola, herida y atrapada. No tenía a dónde ir.
—¿Por qué haces esto? —susurró, su voz temblando. Sabía que no recibiría respuesta, pero la pregunta salió de sus labios antes de que pudiera detenerse.
Él no respondió. En lugar de eso, avanzó lentamente, su figura corpulenta emergiendo de entre las sombras, imponente. Y entonces, cuando estuvo lo suficientemente cerca, se agachó frente a ella. Su respiración era calmada, controlada.
Viviana sintió sus manos, grandes y frías, envolviendo su rostro, y su miedo aumentó al notar el contraste entre su toque y la violencia que sabía que él era capaz de desatar. Con un gesto sorprendentemente suave, él inclinó la cabeza, observándola en silencio.
Sus ojos se encontraron, aunque la máscara seguía ocultando su rostro, sus intenciones seguían siendo un misterio. Era como si la estuviera probando, evaluando su resistencia, su miedo.
El mundo parecía desvanecerse a su alrededor, hasta que solo quedaban ellos dos, atrapados en ese extraño e inquietante momento. El cazador y su presa.
Viviana sabía que este era solo el comienzo.