Un Lazo Irrevocable La madrugada comenzaba a teñir el cielo con un tenue resplandor azul cuando Viviana despertó en la cabaña. Estaba envuelta en la calidez de una manta gruesa, y a su lado, Leonid permanecía despierto, observándola con esa intensidad que parecía devorarla cada vez que sus miradas se cruzaban. Su presencia era imponente incluso en el silencio; no había descanso en sus ojos, solo una determinación que rayaba en la obsesión. —No puedes seguir mirándome así, Leonid —susurró ella, su voz apenas un murmullo en la quietud. —¿Cómo? —preguntó él, inclinándose ligeramente hacia ella, su rostro a pocos centímetros del suyo. —Como si no supieras si besarme o encerrarme aquí para siempre —respondió, intentando añadir un toque de ligereza, aunque el calor en sus mejillas delataba q

