Atados en la Oscuridad Viviana despertó en la penumbra de la cabaña, con la luz del amanecer apenas colándose entre las persianas. Sintió el peso de un brazo alrededor de su cintura, firme y posesivo. Leonid la mantenía atrapada contra él, como si temiera que se escapara en cualquier momento. Había algo en su mirada, un destello oscuro, casi animal, que dejaba entrever la intensidad de sus sentimientos. Los labios de Leonid rozaron su frente, luego su mejilla, avanzando lentamente hasta sus labios, donde se detuvo, mirándola a los ojos. En ese instante, Viviana sintió que estaba ante un abismo, uno que la llamaba con fuerza. El calor que emanaba de él la envolvía, su necesidad por ella parecía ir más allá de lo físico, como si fuera una necesidad primaria, incontrolable. —Eres mía, Vivi

