¡Esos ojos! La mirada tan profunda y sosegada se había ido, en su lugar la ausencia se presentó. Vi por refilón como su mente se embargó y así se quedó.
Kley seguía mirándome, el dolor en mi brazo me anclo a la realidad, me aparto del abismo que significaba seguir en su iris. Respire hondo y manteniendo todo el autocontrol que podía le sostuve la mirada, corte la distancia que nos separaba y extendí mi mano hacia él. ¿Qué estaba haciendo? ¿Qué me detenía? Tenía tantos problemas encima y los que me faltaban por agregar a la lista, que pensar en permanecer allí un minuto más, me sorprendió a tal punto que me desconocí a mí misma. ¿La sensación de vorágine que me zarandeaba, era la causante?
- Kley, ¿estás bien? ¡Por qué lloras? – algo me decía que no quería escuchar su respuesta.
- Lo busque. Lo busque en cada rincón del departamento. Moví todo sin parar para hallarlo. Y no pude encontrarlo.
- ¿De qué hablas? – el espacio se redujo aún más y mi mano llego hasta la suya.
- De esto - ¿el cuadro? Lo que buscaba era el cuadro. ¿Por eso el departamento quedo así?
Mi sorpresa fue tan grande que mis ojos inspeccionaron con recelo todos los cristales que había recogido, los que ahora estaban en las bolsas negras detrás de nosotros.
- Me alegra haberla encontrado. Está en un punto bastante ciego, si me preguntas – no entiendo mis acciones y ahora no me explico por qué trato de animarle - ¡Es una mujer muy hermosa!
- Sí
Debe tener un gran valor sentimental si destrozó el lugar solo buscándolo. Me paso algo semejante cuando perdí a mi abuela, mi mundo se paralizo y sentí que ya no podría volver a respirar. Me la pase esos días después de su muerte mirando al vacío, queriendo aferrarme a los últimos recuerdos que guardaba de ella, mantenerla viva solo un poco más. El vació sofocante de mis padres y las personas que se me acercaban para darme su más sentido pésame me enfadaron, me molestaron a tal punto que les grite sin importarme quienes eran. Luego me fui, escape de casa por unos largos días. Corrí sin mirar atrás.
Me oculte con una amiga de la abuela que en cierta ocasión me había presentado, mis padres no la conocían, y a mí me pareció un excelente lugar para pasar mi duelo.
Fue mi abuelo quien me hallo, no me regaño ni me dijo, absolutamente nada: solo pasó sus manos por mis hombros, los apretó y me dijo con la mirada que debía dejarla ir. Recordarla y revivir sus aventuras, pero dejarla ir. La amiga de mi abuela me comento años después de eso que culparnos o aferrarnos a nuestro dolor no nos hacía bien. Nunca entendí sus palabras hasta que hice algo que siempre hacia con ella, y ahí estaba casi tan clara como en vida. Y fue suficiente para mí, fue el recuerdo que necesitaba mantener con vida. La paz que necesitaba recuperar, mi hogar eterno.
- No hay problema. Ven conmigo – sujete su brazo y le lleve hasta el sofá
- ¿Es alguien importante? – pregunte mirando el cuadro con curiosidad, mientras nos sentábamos.
- Es alguien que perdí – oh, ¡pero, que indiscreta!
- Lo siento mucho, no debí preguntar – el brazo me sigue escociendo, no es una herida profunda ¿no?.. ¡No! Me fije en que fuera lo suficientemente superficial para no preocuparme por ella.
- Está bien. Fue tan repentino que no logre decirle adiós. Ni estar cerca, le fallé – sus lágrimas cesaron, en su rostro solo quedo el rastro de éstas y el dolor que las habían causado. Las palabras se deslizaban con lentitud de sus labios.
- No es tu culpa. Nosotros no podemos prevenir el futuro.
- Pero, si lo es. ¡Es mi culpa! Si yo hubiese estado allí, no habría ocurrido – su tono calmado se había ido, en su lugar la rabia se habría paso.
- No hubieses podido hacer nada – le respondí tranquila, que se cree ¿Dios? No puede pretender echarse la culpa y decir que nada hubiese pasado estando él allí, eso es demasiado egoísta de su parte.
- ¿Qué sabes tú de mí para decir eso? ¡Ah, nada! No sabes nada, no pretendas conocerme – Kley se levantó y dejo el cuadro a un lado. Sus ojos cruzaron los míos y me sentí fatal. Yo no pretendo conocer su dolor ni mucho menos entenderlo. Solo quiero que descanse de esas sensaciones aplastantes.
- No puedes culparte – debe entender eso, apenas yo me logre oír.
- Debí estar allí – Kley caminaba de un lado para otro mirando todo y nada a la vez.
- Kley… - no sabía que decirle, existen dolores amargos y ocasiones tan inesperadas que te paralizan y te alteran. Yo se eso. La muerte de mi abuela, las mentiras de mis padres y ahora la muerte de Andrés me lo habían confirmado.
Te conviertes en un espectador cuando no sabes que es lo que debes hacer o decir. Dejas pasar tus emociones frente a tus ojos sin sentirlas, luego te arrepientes muchas veces por no haberlas detenido. Por no sujetarlas y dejarlas fluir. ¿Culpas? Se podría decir que todos somos culpables e inocentes a la vez. Porque bien pudimos estar en ese momento e impedirlo, como estar a cientos de kilómetros y no tener ni idea de lo que ocurre. ¿Cómo saberlo? ¡No podemos adivinar el futuro!
Me levante algo mareada, tomando toda mi fuerza de voluntad le detuve. Sujete sus hombros aguantando el ardor que se extendía por mi brazo, y le abrace. Con torpeza y dudas, le abrace; trace círculos en su espalda con mis manos suavemente mientras su cuerpo rígido me relajaba poco a poco entre mis brazos. Solo quiero alejar el dolor de su corazón.
- Lo siento – musite con voz ahogada – no te culpes.
- No puedo evitarlo, tenía tanto tiempo sin verle. Debía estar a su lado.
- No tenías forma de saberlo
- Pero, lo sospechaba y lo ignore. Solo por querer no ir hasta allí, lo ignore – separe mi rostro de su pecho y le mire detenidamente – solo por escapar lo ignore.
- Y qué esperabas hacer, ¿estar presente y cuando vieras que algo andaba mal, crear un escudo y detenerlo? ¡Salvarle! ¿Cómo? – ¿qué estoy haciendo? ¡Soy una tonta!
- ¡Tú no entiendes! – dijo esto zafándose de mi agarre y retrocediendo, ¿acaso planea escapar?
- Si entiendo, también lo viví. Hace muchos años, pero lo viví – mi mente era un revoltijo de emociones y mi voz ya se escuchaba más alta de lo que debería.
- ¡No es lo mismo! – Kley alzo la voz casi gritando.
- No te atrevas a decir eso – me sentía apenada, pero no retrocedería con mis palabras. Me enfrente a sus ojos y permanecimos así, mirándonos sin querer decir más. Sin saber cómo continuar.
De golpe una sensación extraña me invadió, mire a mí alrededor buscando algo – aunque no sabía que era lo que buscaba. Solo sabía que estaba allí – Imágenes borrosas irrumpieron mi entorno y no supe cómo reaccionar. Kley se convirtió en una sombra a lo lejos, una mancha fugaz frente a mis ojos, los cuales navegaban en un mar de fotografías antiguas. ¿Qué ocurre? Esas personas, mis padres y otros que no reconocí impregnaron mi memoria y la zarandearon.
¡Lo he vivido antes! Esta misma situación con personajes diferentes, pero lo he vivido o visto antes, Estoy segura.
- Vete Clara. ¡Ahora! Solo vete – la voz fría de Kley me saco de mis pensamientos y me hizo recordar todo lo amargo que quería olvidar. Me dio la espalda y se fue a su habitación.
- Como quieras – escupí con rabia. Estúpida de mi parte pensar que podría animarle. ¡Y pensar que sacrifique mi día de descanso y duelo por él!
Recorrí a grandes zancadas el espacio hasta la puerta, salí por ella sin mirar atrás y me fui.
Estando en mi pequeño departamento me deje caer sobre la encimera, desde hace horas mi estómago rugía con furia y ahora mi brazo se sumaba a la página. ¿Qué rayos pasa conmigo? ¿Dónde quedo mi pensamiento racional? Busque mi móvil y vi con asombro como tenía innumerables llamadas de Mia – no puede ser – le responderé más tarde.
Cuando me fui a parar unas nauseas atroces me atacaron, sujete mi estómago y me incline hacia adelante para detenerlas. Nuevamente imágenes golpearon el fondo de mi memoria haciéndome ver un sin número de imágenes al azar. Cogí el botiquín y lo lleve conmigo hasta mi cuarto, me senté con dificultad y busque curarme una vez más la herida en mi brazo.
¿Por qué esas imágenes se repiten en mi mente? ¿Por qué no me dejan? Con mis ojos bien abiertos aun puedo verlas, brumosas y como espejismos irreales frente a mí. Me equivoque con Kley no debí decir tantas tonterías, debí dejarle tranquilo en su dolor. Igual cada persona los sobrevive como puede, sé por experiencia que hay cosas que no podemos decir. Secretos que guardamos y protegemos con todo nuestro ser. Clara es uno de mis secretos, ese cuadro es uno de los suyos. Me siento terrible por haberle arrinconado de esa manera.
El dolor en mi brazo no desaparece, he vertido todo el antiséptico, el alcohol y las gasas que tenía en mi botiquín, ya no me queda nada y aun duele como el mismísimo infierno – ¿Tal vez una pastilla me alivie? -.
Alcance a tomar una y espere, espere y espere. Nada. Mi desesperación va en aumento y me siento como un costal de arena que está siendo golpeado, sin descanso, sin intermisión. Lo suave de la tela de la cama, es como un saco áspero y grueso. ¡Estoy tan confundida! La cabeza no para de darme vueltas.
Me levante tambaleante de la cama y me lancé sin miramientos al sofá, me recline en éste y trate con todas mis fuerzas calmarme, pero mi cabeza no quiere ceder, el dolor palpitante continuo y continuo. Una ligera llama se instaló en mí pecho, me encogí con el corazón agitado y me quede así. Temblando sin tener frio y esperando que termine.
Observe como el techo se meció una y otra vez, como se doblaba y se contorsionaba frente a mis ojos. ¿Esto es real? ¿Acaso estoy alucinando? Cerré mis parpados con vigor y forcé a mis labios a contar. Si cuento los números este dolor disminuirá, solo debo contar pausadamente.
Uno… Mi corazón palpita desbocado y mi cabeza parece a punto de estallar. Mi celular ¿Dónde está mi celular? ¿Dónde lo deje? ¡Debo llamar a alguien! Quizás debería ir donde Kley. Pero que le digo; que lo siento, que no era mi intención hablar tan descuidadamente. Que no tengo la cabeza en su sitio justo ahora. Esto me sobrepasa y no sé qué hacer. Kley, por favor.
Dos… Las sienes me palpitan sin cesar, en los segundos que han trascurrido me encogí todo lo que pude en un lado del sofá, junte mis piernas con mis brazos y trate de sujetar todo mi cuerpo. Hundí mi cabeza entre mis brazos y deje que mi pecho retumbe, que retumbe hasta que se canse y se calme.
Tres… las imágenes siguen sucediendo frente a mis ojos, ninguna clara. Todas están tan alejadas y difusas. Mi cuerpo al menos ha dejado de temblar, ahora solo quiero permanecer estática para que también se vaya mi dolor de cabeza, que desaparezca el quemor de mi pecho.
Cuatro…
Cinco…
Seis…
Siete… no sé qué hora es. Ni cuantos minutos han trascurrido.
Ocho… me siento más sosegada y tranquila. El cuerpo me pesa tanto que creo que cargo una gran roca encima. Con los parpados aun cerrados me deje llevar por el torrente de sueño que me azota. Dejo caer mis brazos agarrotados con calma y acomode mi posición. Dormir, solo quiero dormir.
Nueve…
Mis ojos se abrieron y vi con asombro que ya no estaba en mi cama, era un cine, repleto de sillas vacías, predispuestas para muchas personas que no se encuentran allí. Mire a mi alrededor preguntándome cómo es que llegue hasta ahí, recuerde estar caminando de casa de Kley a mi departamento. ¿No debería estar dormida? ¡Es un sueño! ¿Estoy soñando ahora? ¿Por qué le sé y me doy cuenta? Un haz de luz interrumpe mis pensamientos, pasa por encima de mi cabeza y llega hasta la pared del fondo. Imágenes sucesivas se reparten sin parar, me quedo estática contemplándolas todas, una de ellas se detiene y se amplía abarcando todo el espacio blanco. En la gran pantalla la figura de una niña se muestra, ésta camina de la mano de una persona a quién no le pasan el rostro, la niña se ve feliz, tranquila. ¡Soy yo!
La persona que me tiene sujeta es mi abuela, caminamos sin parar hasta ver al fondo una bella cabaña: alta, con grandes ventanales y rodeada de un hermoso bosque. Se escucha el sonido de una conversación de adultos y las risas de unos niños. Mi abuela y yo seguimos caminando hasta detenernos en la entrada, ella me da un pequeño regalo y yo lo guardo tras mi espalda soltando una sonrisa cómplice. – No recuerdo esa cabaña, ¿esto sucedió realmente? ¿Es un recuerdo? – la imagen se interrumpe, millones empiezan a reproducirse al mismo tiempo, hasta que una se detiene y se vuelve a ampliar en toda la pantalla. No entiendo ¿son recuerdos?
En la imagen estoy sentada en el tronco de un árbol caído, en mis manos tengo un emparedado y me lo estoy comiendo muy animadamente, de la nada un niño cae a mi lado; se sacude las manos con estruendo y camina a toda prisa hacia el camino de más adelante. Yo me le quede observando, pero no le llame ni dije nada, solo seguí comiendo. Minutos después el mismo niño llego corriendo de nuevo. Se sentó a mi lado y saco una pequeña botella de agua. ¿Por qué su cara no se muestra? Me imagino que así verán aquellas personas que tiene la vista mala cuando pierden sus lentes.
- Toma – dijo tendiéndome la botella
- Gracias, mamá me está buscando y la abuela dice que nos iremos mañana – musite con una voz un poco triste.
- Lo sé, escuche a mi padre hablando con el tuyo.
- ¿Dónde está?
- Volvió a casa, verte comer le dio hambre.
- ¿Por qué no me dijo? Le hubiese dado la mitad
- Pero, te veías muy feliz con tu emparedado. No te podía decir.
- ¿Por qué no? – pregunte enfrentándole
- Porque me enfadaría, él no quiso traer el suyo, no tiene por qué quitarte el tuyo.
- Eres demasiado estricto, mi abuela está de acuerdo conmigo
- Si como sea. Vamos Lina la hora de la cena está cerca.
- ¿Cómo lo sabes?
- Porque lo sé
- Esa no es una respuesta.
- Claro que lo es
- No lo es
- Solo, vamos ¿quieres?
- No quiero – respondí cruzándome de brazos. Es una escena bastante antigua, antes de la muerte de mi abuela, antes de siquiera yo cumplir los siete años. Pero, no recuerdo quien es el niño que estoy viendo.
- Lina no seas terca. ¡Vamos!
¿En qué momento ocurrió eso? Yo no… no recuerdo
La imagen se fue y otras aparecieron igual a ella, en todas; el niño se encontraba allí. ¿Por qué? No reconocí ninguna ¿estoy alucinando? ¿Es posible?
Me di cuenta que en las imágenes yo crecía, los años pasaban, retrocedían casi a cuando tenía cuatro y de la nada volvían a mis siete años, sucesivamente. Más allá de esa edad las imágenes intentaban ampliarse, pero no podían. Retrocedían y seguían pasando. Un dolor se empezó a instalar nuevamente en mi pecho, cada vez que una imagen retrocedía y se iba mi corazón se agitaba sin control. Me acerque a la pantalla con las palmas de mis manos sudando sin parar. Las imágenes cesaron, todas se fueron sin dejar rastro. Dejando solo la luz blanca reflejada en la pared. Caí de rodillas sin poder contenerme más y llore, no sé por qué, pero llore.
¿Qué hay en mi memoria? ¿Qué he olvidado? ¿Quién era ese niño?
Me agite nuevamente y sentí la pesadez de mi cuerpo otra vez alcanzarme.
Desperté agitada mientras intentaba controlar la respiración, mire a los lados y me percate que estaba donde me quede dormida, el dolor de cabeza se había disipado y el dolor en mi pecho desaparecido. Solo las gotas de sudor que escurrían de mi frente y los flashes de lo que vi, me recodaban el sueño. Me levante casi igual de cansada que cuando me recosté, pase mis manos por mi rostro y lo frote sin parar. Las paredes parecían venírseme encima, camine como un animal enjaulado de un lado a otro del departamento, iba a la cocina y regresaba sin saber qué era lo que estaba haciendo. ¡Aire! Necesito aire.
Tome mi abrigo de la percha y salí por la puerta, casi a la carrera llegue al ascensor y me subí en él sin dudar.
Una gran agitación me envolvía. Sentía que me devoraba. Salí a la calle y camine sin un rumbo muy claro en la mente. Las calles se encontraban sumamente desiertas, como una gran boca de lobo. No me importo.
Minutos, quizás horas transcurrieron, mis pies empezaban a dolerme. El cielo seguía tan oscuro como cuando deje el departamento. Eleve mi mirada al cielo y suspire. ¡Por fin! El sosiego llego hasta mí, contemple las pocas estrellas que iluminaban aquel manto casi n***o. ¿Por qué corrí? ¿Por qué el aire me falto?
En un instante que me pareció una revelación, caí en cuenta que no tenía idea de donde me encontraba, mis ojos inspeccionaron el lugar con escepticismo. En mi vida había visto estas calles. Retrocedí unos pasos asustada y me sujete los brazos con mis manos. - ¡Tanto camine! - Un pizca de temor se instaló en mi estómago, gire sobre mis talones y me devolví por donde creí había llegado. Busque con ahínco mi celular, no lo encontré. No llevo nada encima: ni celular, ni identificación, ni dinero. Las calles están solitarias y las pocas luces de algunas casas son las únicas que están iluminando la oscura noche.
- ¿Qué haces por aquí tan sola, preciosa? – una voz ronca llego a mí por la espalda.
- ¿No quieres compañía? – otra voz igual de ronca y lánguida escuché.
Me di la vuelta lentamente y vi con profundo terror a dos hombres parados a una distancia – para mi temor – no tan larga. Trague saliva con disimulo y endurecí mi mirada. ¡Tengo que salir de aquí! Ignore sus miradas lascivas y con el corazón azarado di media vuelta y arranque a correr sin tregua en dirección opuesta a la suya.
- Oye, alto ahí – un jalón en mi ropa me hizo trastabillar y caer al suelo. Un sabor a sangre invadió mi boca ¿Por qué a mí?
La fuerza del tirón fue tanta que en el proceso me rompí el labio y se reabrió la herida del brazo, sentí la sangre escurrirse por mi piel. Me puse en pie todo lo rápido que pude y tambaleante coloque mis manos frente a mi cuerpo. Trataba en el proceso; ignorar como retumbaban mis latidos en mis oídos.
La muñeca quiere defenderse – escupió uno de ellos con sorda y una sonrisa retorcida en su cara.
- No creo que eso te sirva de mucho – acoto el otro.
- Déjenme en paz. ¡Váyanse! – exclame aguantando mis ganas de llorar.
- Acaso no quieres compañía. Estoy seguro que lo disfrutaras tanto como nosotros – me llego un olor a alcohol a mi nariz, sus ojos se encontrabas inyectados en sangre.
Ellos avanzaron en mi dirección y yo retrocedí asustada. Las piernas no querían responderme. Sentía el corazón a punto de abandonar mi pecho. ¿Qué hago ahora?