Capitulo 7. Advertencia

3911 Palabras
- ¡Yo me quedo! – exclame. Mi abuelo se giró y me vio con los ojos entrecerrados. - ¿Aquí? – extendió los brazos alrededor en muestra de obviedad a su pregunta  - Si, volveré en un rato - ¿Caminando?  - No, en uno de esos vehículos que tienes – para este minuto otros dos autos habían llegado - ¿Segura no quieres cambiarte primero y luego volver?  - segura  Los que estaban en el auto más chico se bajaron y el conductor me arrojo la llave, la tome al vuelo y se la tire de vuelta. - Mejor me devuelvo caminando – le dije volteando mi cabeza en dirección a la carretera que se encontraba a lo lejos. De repente tenía unas infinitas energías de caminar o correr. - Son casi cien kilómetros hasta el hotel – moví mi cabeza de vuelta al chofer y extendí mi mano en su dirección. Éste entendió y me volvió a arrojar la llave. - Igual sabes que no te puedes quedar aquí, es zona de aterrizaje. - lo sé, iré a otro sitio  - Siempre haciendo lo que quieres – dijo mi abuelo mirando el camino  - Sin guardias – exigí apuntándoles a los hombres trajeados que se encontraban allí - Por lo menos uno  - Ninguno, y es mi última oferta  - Esa no es una oferta  - Ninguno – enfatice cruzándome de brazos – me durmieron y me ataron los pies  - Solo los sujetamos. Usted patea mucho señorita – debatió uno, mientras los otros volteaban la mirada e intentaban no reír. - Igual no debieron – acuse mirándoles con odio  - Calma pequeña. Está bien, llévate el auto, y sin guardias  - Perfecto te veo en unas horas abuelo  Me subí en el auto y pise el acelerador a fondo.  No sé en qué momento vi esta situación de forma calmada y no ofuscada, queriendo matar a todo el mundo a mi alrededor – ¡absurdo e innecesario susto! - Pero, lo hice. Después de tantos desconciertos con la televisora, la constante presencia inoportuna de los regalos de mi madre y la fatiga por el recuerdo de la noche en el club, concentrar mi mente en esa locura fue lo mejor. Contando también los raros encuentros con el idiota de Kley, con quien me debería disculpar. No todos los días puedes hacer que alguien casi muera electrocutado – exagero, lo sé - y salir diciendo, no pasó nada, y asunto zanjado. ¡Mi orgullo aún puede más que mi conciencia! Pero, eso no quiere decir que no me moleste, pensar de forma tan ligera. Todo me tiene cansada, fatigada, incluso harta. Ya casi no logro relajarme en el pequeño departamento, es otro paso apresurado en el camino. Un dolor más de cabeza. ¿En qué momento me convertí en un adulto responsable que solo piensa en los problemas de las empresas? ¡Ah! ¿Mi vida puede ser peor?  Un segundo, se convierte en una hora. Y horas se convierten en años. Ciclos enteros; repetitivos y aburridos. Carentes de emociones. Sentir como caes al vacío sin una red debajo de ti que pare tu caída, sabiendo que muchas cosas pueden salir mal; es una sensación insuperable: única, esporádica. Es sentirse libre por escasos segundos, sentir que puedes ir a la deriva, sin importar los resultados. Escapar de lo común, de lo lógico, es dejarse gobernar por un deseo y miedo tan arrollador que te insta a realizarlo con tanto ahínco que no dudas ni por un segundo en hacerlo. En estos cinco años nunca espere alejarme tanto de lo que disfruto más, de los lazos que me unen al ser que más quiero y extraño en el mundo.  Recuerdo haber venido aquí con anterioridad. A esta bella costa alzada al final del norte de la carretera principal. Escondida entre montañas y carreteras olvidadas. Mi abuela me trajo aquí, me llevo de la mano y me dijo que esas costas eran las únicas que ven a los valientes lanzarse sin dudar, que escuchan los gritos llenos de euforia y los ecos lejanos. Nos quedamos horas solo sintiendo el viento, y apenas alcanzando a ver pequeñas motas de n***o caer sin banda a tierra firme. A veces pienso que se comportaba más como mi madre que la que realmente lo es. Extraño sus locuras y sus risas, extraño que le haga la vida imposibles a mi abuelo. Extraño tantas cosas de ella. Todo mundo podría decir que el señor Agustín Bellmore – mi abuelo – es un hombre de ingenio obstinado y semblante duro. Sus decisiones respecto a la corporación Cielo siempre han estado prioritarias a las de la familia. Pero, eso solo le haría justicia al pasado; a los días cuando mi abuela se la pasaba quejándose con él – nunca fueron reales sus palabras -. Ella solía decir, que una vergüenza de vez en cuando, no hace daño. Por supuesto que las navidades, reuniones de ejecutivos y alguna que otra junta importante, para ella era el lugar idóneo para reclamarle estar más pendiente del trabajo que de la familia. ¡Pobre abuelo! Ella siempre salía de eso riéndose muy fuerte y abandonando el lugar, horas después nos enterábamos que se había ido de viaje. Mientras él pacíficamente decía una y otra vez “¿Iras de nuevo de viaje, querida? No olvides cuidarte y volver sana y a salvo”. Sus vidas siempre me parecieron historias sacadas de algún escambroso libro.  A mis doce años mi padre asumió el cargo ejecutivo. Para esa época mi abuela ya había muerto, una condición cardiaca le arrebato la vida de improvisto - condición cardiaca de la cual nunca supimos nada -. Mi abuelo abandono el cargo en la corporación y se dispuso a hacer los viajes que realizaba la abuela cada tanto. Se por mi padre y los pocos recuerdos que rondan mi mente, que era una mujer hermosa y fuerte. Se arriesgaba a intentar con su edad cualquier cosa – tranquila o extrema – que le llamase la atención o le conquistase. Se podría decir que buscaba la adrenalina cada cierto tiempo. Pese a ser la esposa de un importante empresario, se desaparecía durante días o incluso semanas. Sin importarle más nada que el momento que vivía.  En cierta navidad no estuvo con nosotros. Sus viajes de ensueño la llevaron a surcar las montañas nevadas y perderse en ellas. Mi abuelo se fue en víspera de navidad a buscarla, pero ninguno de los dos apareció hasta pasados mediados de enero. Lo más cómico fue, que mi abuelo tenía una cara de querer arrancar cabezas: los labios en una línea recta, las cejas casi juntas y la mirada más dura que en mi vida le había visto. Mientras que mi querida abuela mostraba una alegría casi tan palpable que podías mirarla a su alrededor, eso aparte de la mano fracturada y varios moretones en los brazos y cara. Me parece que ese último detalle fue la causa del mal humor del abuelo y del hecho que tardaran tanto en volver. Por mi parte ver la mueca tan alegre y vivaz en su rostro me hacía completamente feliz, aunque hubiese pasado navidad lejos de mí. Siempre pensamos que las personas tan aventureras son eternas, que viven de los momentos y disfrutan que así sea. Esperan que los inmortalicen en algún lugar lejano y hermoso. Tras la muerta de la abuela, mi abuelo se volcó en sentir que era aquello que la abuela tanto anhelaba y disfrutaba. Tanto así que pago por diversas clases, lo cómico fue encontrarme con él en algunas de ellas. De ser mi mentor en los negocios, añadió también ser mi compañero de locuras.  El ocaso está muy próximo, me devuelvo al auto y me dirijo al hotel. Un par de horas en carretera terminaran de drenar las malas vibras. ¡Ahora parezco una mala copia de las personas bohemias! Las horas han trascurrido. Ha paso ligero me dirijo al salón principal del hotel, ya aseada y con la presencia adecuada de la nieta del señor Bellmore. Camino hasta el comedor principal y una joven estilizada de pies a cabeza me recibe con una habitual sonrisa en su rostro.  - ¿Señorita Bellmore?  - Así es - Por aquí por favor  Sigo a la joven a través de pasillos y pasamos de largo todas las mesas del lugar. Acostumbrada a ello no digo nada y solo camino a la par de ella. A los minutos nos adentramos en la zona privada del restaurante. Mi abuelo me recibe con un corto abrazo y me indica la silla frente a él.  - ¿Sé que esto fue repentino?.. – comenzó a decir - E increíblemente innecesario. Aunque gracias – dije tomando de mi copa - Me gusta compartir con mi nieta de vez en cuando. ¿No estás de acuerdo? - Primero llámame y luego nos ponemos de acuerdo como las personas normales  - Como quieras – término este – Te busque porque necesito advertirte de algo, que si no estoy mal informado, ocurrirá pronto. - ¿Qué es ese algo? – pregunte dándole toda mi atención  - ¿Es de tu conocimiento las acciones de la televisora? – pregunto alzando una ceja - Por razones extrañas y no por boca de mis padres, ni tuya, soy consciente de las acciones. Y del poder de decisión sobre ella. - Bien, eso me facilita la explicación  - No el hecho de querer escondérmelo todo este tiempo. No, con eso igual duermen tranquilos ustedes  - ¿Si no hubieses sabido de las acciones de la televisora, que habría pasado en esa reunión? - Nada supongo  - ¿Supones? ¿Por qué supones? – indago colocando sus manos sobre la mesa.  - Muy bien, no supongo; estoy segura. Aunque no hubiese sabido de las acciones, jamás cedería el poder de dirección en alguien más. Menos si desconozco en totalidad a la persona – respondí tajante  - No me pase horas enseñándote para nada Catalina. Supieras o no de las acciones, tu decisión debió ser la misma. - Ya entendí – ahora me regañan. A la edad que tengo y sigo siendo regañada por mi abuelo. - Sabes además de la estrecha relación entre los Bellmore y los Morgan.  - ¿Por qué me lo recuerdas?  - Porque fue Andrés Morgan quien impidió que te doliera tanto la cabeza  - ¿Y entonces…? - Es posible que en un futuro cercano, muy cercano – enfatizo con el ceño fruncido y una mirada perdida, que no supe cómo identificar - Corporación Alveolo ya no esté al mando del muchacho. - ¿Qué? ¿Por qué? – esto tenía que ser una broma, acaso retomaría el mando su padre o algún socio. No, el asunto de la televisora se apaciguo porque Andrés me da todo el apoyo de las acciones. Y el mando a mí, como en el contrato.   - Por razones que ya descubrirás. Es una noticia que verá la luz posiblemente mañana. - ¿Qué noticia? ¿La de su retiro? Esto no tiene sentido abuelo. Es joven y sabe lo que hace, a mantenido muy bien a Alveolo. No solo puede retirarse ¿o sí? - ¿Por ello es que no pasaban mis llamadas de la secretaria? ¿Qué pasaba por su mente? - No lo hace porque quiere. Ese no es el asunto que quería comentarte. - Ah no. ¿Y cuál es? – me estallara la cabeza en este momento. No dure en calma ni un segundo. - Sin la presencia de Andrés, ni su apoyo, varias de las asociaciones entre las Corporaciones Alveolo y Cielo se verán comprometidas. Esto incluye a la editorial - ¿Qué quieres decir? – indague. La preocupación seguro ya era algo que adornaba mi rostro. - Sin el apoyo de las acciones de Alveolo en la televisora a favor tuyo. Pueden fácilmente debatir quien asumirá realmente el mando de esta. - Es decir, que pueden quitarme el mando. Ahora que descubrí que la manejo a libertad me la pueden quitar. - Sí. Las acciones se dividieron de tal forma que la suma de las acciones de Alveolo con cualquiera de los otros dos socios diera la mayoría de estas. Como existe una estrecha relación entre Los Morgan y Los Bellmore nunca hubo necesidad de debatir quien la dirigía, ya que la editorial aporta un cuarenta por ciento de la totalidad de los temas televisados. Por ende caso y la amistad entre las familias, siempre se cedió el mando a los Bellmore.  - Pero si alguien más toma el mando y está en desacuerdo con ello. Puede fácilmente darle el control al tercer socio ¿no es así? – termine por él - Efectivamente pequeña. La editorial no puede darse el lujo de perder la televisora. ¿Ahora entiendes el problema? - Lo entiendo, pero no se puede hacer nada hasta saber quién tomara el mando de Alveolo. - Necesitas prepararte por si la persona que asume el mando está en desacuerdo.  - Comprendo, me pondré en ello inmediatamente. Sin duda esta situación amerita un salto de avión – dije esto último soltando una risa irónica. Siento el aire muy espeso a mí alrededor. Tendré que pelear por las acciones o ganarme al nuevo socio ¡Jesús Bendito! - Necesito que además de eso mantengas tus ojos y tus oídos atentos a cualquier cosa - Eso es un hecho. ¿Ahora me dejas comer? Necesitare combustible para lo que se viene. - Tu madre está algo interesada últimamente en jóvenes atractivos. Me imagino que serán para ti y no para ella.  - Prefiero que sean para ella – debatí con la boca llena. Estamos en un reservado puedo comer como quiera – Padre vera como los espanta.  - ¿Ya decidiste que vestido de tantos que te envía tu madre usaras? ¡Dios! Tenía que recordarme a cada rato que no había un detalle que se perdiera de su vista. - No, pretendo asistir en traje de salto. - Eso enorgullecería a tu abuela – menciono riendo a carcajadas  - Si, lo sé – dije, también riéndome como nunca  El tiempo paso volando, decidí volver a casa. El vuelo de regreso paso tranquilo, revise todas las llamadas y mensajes de Mia. Eran muchos. La llame y le explique que todo estaba bien. Que luego hablaría con ella y Benjamín de algo importante. No quería enfrentarme a más realidad tan pronto, le pedí al chofer de mi abuelo que me llevara al pequeño departamento. Cambiada como Clara por supuesto. Me dirigí al ascensor y espere a que llegara a planta baja. Cuando las puertas estaban a punto de cerrarse un muchacho con cara aburrida entro al ascensor – no lo había visto allí antes - ¿Quién era? Espere a llegar a mi piso y baje. El muchacho también bajo del ascensor ¿no es posible, o si?  - ¿Eres el nuevo inquilino? – pregunte girando mi rostro a él - Sí, me mude ayer a este edifico – respondió tranquilo mirándome cansado ¿Y a este que le paso? ¡No soy la única desdichada de este mundo! - ¿Te gusta la música? O ¿Escucharla? – pregunte deteniéndome frente a su puerta y bloqueándole el paso. Mejor prevenir que lamentar. Mia está a solo una llamada de distancia. - Más te vale que le respondas que no – Kley se suma a la contienda. Hoy se ve más desaliñado que de costumbre, tiene unas ojeras tan profundas que parece que abarcan la mayoría de su rostro. - ¿Y ti qué te paso? – Indague viéndole de arriba abajo – te electrocutaste sin mi ayuda – una risa escapo de mis labios  - Nadie pidió tu opinión. Veo que intersectar personas delante de sus casas es una costumbre. - Estoy preguntándole algo importante – gire mi rostro con lentitud hacia el nuevo delante de mí - Yo también estoy esperando que responda – dijo Kley adoptando la misma postura que yo  - Ah, no se a que se refieren – que voz tan tranquila y abatida.  - A la música ¿te gusta la música? – pregunto impaciente Kley pasando sus manos por su rostro. - No estoy interesado en unirme a una banda. De hecho no se tocar ningún instrumento. Me dejan pasar a mi departamento, por favor. - Oh, eso es magnífico. Bienvenido – le dije extendiéndole la mano – Mi nombre es Clara y el antipático a mi lado es Kley. Aunque olvida su nombre, no le gusta mezclarse con personas – Kley viro los ojos  - Soy Henry, un gusto. Si no les molesta entrare ahora a mi departamento. - Discúlpala no sabe cómo comportarse con personas normales – menciono Kley haciéndose a un lado y llevándome con él. Cabe mencionar que enfatizo mucho la última palabra. - Supéralo  Adam hizo un asentimiento casi imperceptible de cabeza y se despidió de nosotros con un ademán minúsculo de su mano derecha. Me vire hacia Kley y me zafé de su agarre. - Invadiendo el espacio vital de las demás personas sin su consentimiento. Eso no se hace joven Kley – mofarme de él alegra mi día. - Me sentí en la necesidad de rescatar al pobre hombre de ti - ¿Pobre hombre? ¡No te has visto en un espejo! Pareces un c*****r  - No es nada que te incumba – a pesar de sus frías palabras, sus ojos se veían apagados y vacíos. ¿Qué le habrá pasado? Hasta parece que no ha probado bocado en todo el día. No es me interese en lo más mínimo, pero se ve muy mal. - ¿No has comido? – pregunte buscando su mirada. Antes de que pudiera decir cualquier cosa. Seguramente un, no te importa; le dije – Porque yo tampoco, al menos no la cena y tengo hambre. Pero, ese no el problema.  - ¿Cuál es? – voltio a mirarme con los ojos entrecerrados. Seguramente no sabe a qué viene todo esto. - No sé dónde… comprar comida. Tu entiendes – me avergüenza admitir que nunca he comprado sola. - No entiendo. En la tienda, lo “normal” – se está riendo de mí - Ya basta.  - Déjame a ver si entiendo. No sabes dónde hay un supermercado o algo. ¿Te estas burlando de mí?- Se aproximó peligrosamente a mi rostro - ¿Por qué te vez apenada? - Compro todo por envió, incluso la comida. Pero estoy algo fuera de base en estos días y lo olvide – que bueno que soy buena inventando mentiras en el momento – me dirás dónde puede ir. Oye no seas así y ayúdame. Mi nutricionista me dijo que debo comer saludable, estoy intentándolo. - ¿Nutricionista?  - Sí, ¿algún problema? Tengo unos deficientes alimenticios. Mucha comida no sana  - No parece – me siento torpe, no lo puede aceptar y ya. Junte mis manos atrás de mi espalda y patee una piedra invisible. Esto fue realmente patético, si mi madre me viera en este momento se estaría muriendo de un infarto. Debería haber aprendido bien las técnicas de seducción que quiso enseñarme con tantas ganas. No es que intente seducirle, pero tampoco quiero llorar de la pena que estoy pasando. Cuando me disponía ir a mi puerta, un agarre suave en mi muñeca me detiene. - está bien te acompañare – dijo mirándome con lastima, como lo odio - Que amble de tu parte. Pero… - ¿Pero? - ¿Piensas ir así? En serio pareces zombi – lo escuche suspirar y retroceder elevando su rostro al cielo - Me cambio y vamos ¿feliz? - Supongo. Kley entro a su departamento y yo le seguí, este me miro con una expresión de absoluto terror a lo que yo solo me encogí de hombros. Luego avanzo hasta la que supongo es su habitación. Me senté en uno de los taburetes de la cocina a esperarle, no iba a curiosear nada. Ganas no me faltaban, pero no quería verme como alguien irrespetuoso. Después de como veinte minutos le vi salir cambiado y perfumado, el cabello aun lo tenía mojado, tomo su celular de la encimera y lo reviso, arrugo la nariz y lo estampo contra la mesa. Brinque en mi lugar y ahogue un jadeo. ¿Qué está mal?  El pareció reparar en mí y se tranquilizó. Pasó sus manos por su cabello y se fue a sentar en el sofá. Dude si acercarme o huir, opte por lo primero, parecía realmente mal. Con sutileza me acerque a la nevera y busque cualquier cosa, encontré una comida congelada - es mejor que nada -. La lance al microondas y espere a que se calentara. Serví un vaso con agua y tome la comida caliente. Me aproxime al sofá y le deje encima de la mesita del centro.  - Antes que digas nada, necesitas comer. Sé que es tu comida, por eso dejare que comas tranquilo y me iré – explique lo más rápido que pude cuando sus ojos se abrieron del asombro y sus labios se separaron para decirme algo. - Come tú también, es suficiente para los dos – me dijo con una pequeña sonrisa. Me senté junto a él y tome el agua ¿eso no era para mí? - No, la comida sí. - Tengo sed - Estás en tu casa, pasa con confianza y búscatela tú mismo – estoy comportándome amable, más le vale no abusar de mi gentileza. - Me lo debes  - No te lo debo – si se lo debo. No lo admitiré en voz alta – Está bien, ten este - Ya tomaste de ahí - No importa es solo un vaso.  Kley agarro el vaso con un suspiro y se lo tomo de un trago, luego procedió a comer poco a poco. No quería molestarle, aun así me lanzaba de vez en cuando miradas fugaces. Y me rodaba el plato en mi dirección para que yo también comiese. No tenía mucha hambre, el restaurante que visite con mi abuelo me dejo llena. Comía un bocado y rodaba el plato de regreso, así estuvimos un largo rato hasta que se terminó todo.  - Debimos ir al super, esto solo abrió mi apetito – dijo Kley sobándose el estómago. Mira que es tonto.  - Pero, ya es tarde. ¿Tal vez comida a domicilio? – sugerí dejando mis ojos en blanco. - Pizza será – decreto levantándose y llamando desde el fijo.  Mientras yo me levante del sofá y lleve el plato a la cocina.  - Olvide que no tengo línea, me prestas tu móvil. El mío tengo que repararlo – vaya giro de las circunstancias Le di mi móvil y me fui a sentar de vuelta en el sofá, me recosté del respaldo y suspire. Si mi abuelo esta en lo cierto – seguro lo está – no dormiré en los próximos días. Escuche como Kley hablaba con alguien y hacía el pedido, yo me acomode lo mejor que pude y cerré mis ojos para respirar tranquilamente. Siento el cuerpo tan cansado y pesado.  - oye no te quedes dormida ahí – escuche lejana la voz de Kley, como un eco pacifico que te arrulla. - No lo estoy haciendo – debatí con los ojos cerrados y la voz apagada, antes de dejar vencerme en la inconsciencia.
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